Bajo el Imperio de Moreau

Capítulo 23 |Tarjetas negras, suegros y su majestad la editora

Elena

La mudanza oficial al penthouse de Lucien fue un evento que desafió las leyes de la física y de la estética.

Cuando llegué el lunes por la noche, un equipo de profesionales ya había desempacado mi vida entera. El inmenso apartamento, que antes parecía un museo minimalista de tonos negros, grises y acero frío, ahora tenía... intervenciones. Mi taza de pato amarillo descansaba orgullosamente junto a la máquina de espresso de cinco mil euros de Lucien. Gertrudis, mi planta, estaba ubicada estratégicamente en el centro de la isla de mármol negro de la cocina. Y en el inmenso vestidor, mi ropa de colores vibrantes chocaba visualmente contra la interminable fila de trajes oscuros de mi marido.

Pero lo más surrealista de todo era ver a Milo durmiendo desparramado en una cama ortopédica para perros que Lucien le había comprado, la cual costaba más que mi primer auto.

A la mañana siguiente, me desperté sola en la cama inmensa (Lucien se había ido temprano para una reunión con el departamento legal), pero el lado de sus sábanas todavía conservaba su olor a sándalo. Me vestí con un traje sastre azul cobalto, me puse mi anillo de diamantes —que seguía sintiéndose irrealmente pesado en mi dedo— y me fui a la oficina.

A media mañana, el estrés de los manuscritos me golpeó de frente. Necesitaba azúcar. Urgente.

Bajé a la cafetería de lujo que estaba en la planta baja del edificio corporativo. Pedí mi café con doble vainilla y la caja más grande de galletas artesanales de macadamia y chocolate que tenían en la vitrina.

Cuando llegó el momento de pagar, dudé. Abrí mi bolso y vi el tarjetero negro que Lucien me había dado.

«Todo lo mío es tuyo», me había dicho con esa voz que me derretía las rodillas.

Con un suspiro, saqué la tarjeta American Express Centurion y la deslicé por el datáfono. La cajera abrió mucho los ojos al ver el metal negro, pero no dijo nada.

Mientras esperaba el ascensor de vuelta al piso treinta y uno, escuché los murmullos. Tres editoras de no-ficción estaban paradas cerca de las puertas, hablando en voz baja pero lo suficientemente alto para que mi radar se encendiera.

—Escuché que el Diablo viaja a París esta misma tarde —dijo una, mirando su teléfono—. El equipo legal de Francia pidió que estuviera allá en persona para firmar unos documentos de una adquisición enorme.
—Pobre de la empresa que haya comprado —se burló la otra—. Dicen que va a desmantelarla pedazo a pedazo. ¿Cuánto tiempo se va?
—No sé, pero la de recursos humanos dijo que canceló sus juntas en Milán para el resto de la semana.

Las puertas del ascensor se abrieron y las tres mujeres se callaron de golpe al verme. Les di una sonrisa tensa, entré al cubículo de metal y apreté los puños.

¿A París? ¿Se iba a París a desmantelar una empresa?

Mi corazón dio un salto mortal. Julien.

No esperé a llegar a mi escritorio. Apenas el ascensor paró en mi piso, volví a presionar el botón, esta vez usando mi tarjeta de acceso para subir directamente al piso treinta y dos.

Irrumpí en la recepción ejecutiva. Camille me miró, sonrió amablemente y asintió hacia las puertas dobles. Ni siquiera me anunció. Ya tenía pase libre absoluto.

Empujé la caoba y entré.

Lucien estaba sentado detrás de su escritorio, con el teléfono en la oreja. Cuando me vio entrar, su postura rígida se relajó al instante. Una sonrisa arrogante, oscura y absolutamente fascinada curvó sus labios. Terminó la llamada con un rápido comando en francés, colgó y me miró.

—Catorce euros con cincuenta centavos en la cafetería del primer piso —fue lo primero que dijo, levantando su celular para mostrarme la pantalla de notificaciones—. Veo que por fin decidiste usar mi tarjeta, esposa mía.

Sentí que el color me subía a las mejillas. Levanté la bolsa de papel de la cafetería.
—Tenía una emergencia de azúcar. Y me obligaste a aceptar esa tarjeta.

—Y fue la notificación más satisfactoria que he recibido en todo el trimestre —Lucien dejó el teléfono sobre la mesa, cruzando las manos sobre su estómago—. ¿Las galletas estaban buenas? Podría comprar la cafetería entera si quieres el suministro ilimitado.

Solté una carcajada incrédula, caminando hacia su escritorio.
—Lucien, por favor, no compres la cafetería. Escucha... acabo de escuchar un rumor en la planta baja. Dicen que te vas a París hoy mismo. A firmar una adquisición.

La sonrisa de Lucien se desvaneció, reemplazada por la máscara del Diablo estratega. Sus ojos se oscurecieron.

—Así es. Mi vuelo sale en cuatro horas.

Me apoyé en el borde de su escritorio, sintiendo cómo mis manos temblaban un poco.
—¿Es la agencia de Julien? ¿La compraste?

Lucien se puso de pie, rodeó el escritorio y se detuvo justo frente a mí. Sus manos encontraron mi cintura, atrayéndome hacia él con esa posesividad protectora que me hacía sentir invencible.

—Compré la empresa matriz a través de un fondo de inversión privado —Su voz era un ronroneo letal, bajo y sin piedad—. Ya tengo el control mayoritario. Mis auditores entraron a sus oficinas en Montmartre esta misma mañana. Encontraron los desvíos de fondos, las firmas falsificadas y las cuentas en el extranjero. Todo lo que el infeliz usó para incriminarte.

El aire se atascó en mis pulmones.
—¿Todo?

—Todo —afirmó él, besando mi frente—. Voy a París a entregarle personalmente los resultados de la auditoría a las autoridades francesas. Exonerarán a las chicas que fueron despedidas. Y luego, me voy a sentar en la junta directiva a ver cómo la policía se lleva a Julien esposado. Voy a quemar su mundo hasta los cimientos, mi amor. Y él va a saber exactamente quién lo hizo.

Un escalofrío me recorrió la espina dorsal. Estaba ejecutando su venganza con una precisión quirúrgica, y lo estaba haciendo por mí. Lo abracé por el cuello, escondiendo mi rostro en su pecho, sintiendo una gratitud y un alivio tan inmensos que me dejaron sin palabras.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.