Bajo el Imperio de Moreau

Capítulo 24 | Llamadas de madrugada, reverencias y el secreto de Jane Austen

Elena

La semana que Lucien pasó en París fue, paradójicamente, la más larga y la más rápida de mi vida.

En la oficina de Milán, las cosas se habían salido de control gracias a Matteo. Desde que mi mejor amigo descubrió la alianza de diamantes en mi dedo, había decidido que su nueva misión en la vida era tratarme como si yo fuera la realeza europea.

—Su Majestad, su latte macchiato con leche de almendras y temperatura a 75 grados, tal como exige la corona —anunció Matteo el miércoles por la mañana, haciendo una reverencia exagerada al dejar la taza sobre mi escritorio.

Solté una carcajada, tirándole un bolígrafo.
—¡Matteo, basta! La gente nos está mirando. ¡Van a pensar que me volví loca de poder!

—Eres la dueña de Noir Éditions, Elena. Si quieres, puedes ordenar que todos trabajemos vestidos de amarillo canario —Matteo le hizo una mueca a Milo, que le gruñó desde su camita ortopédica—. Y dile al heredero al trono peludo que deje de mirarme como si fuera un plebeyo.

La comedia de Matteo era lo único que me mantenía cuerda, porque las noches... las noches eran una tortura de extrañar a Lucien.

Nuestra única conexión eran las videollamadas de madrugada. Yo me acostaba en la inmensa cama de su penthouse con Milo a mis pies, y él me llamaba desde su despacho en París, con la corbata deshecha, el cabello alborotado y una copa de coñac en la mano.

—Las cuentas de Julien eran un chiste —me dijo Lucien el jueves por la madrugada a través de la pantalla del iPad. Su voz ronca por el cansancio me ponía la piel de gallina—. Mis auditores encontraron las firmas falsas en dos días. Entregué el expediente a la policía financiera francesa esta tarde.

*—¿Qué va a pasar con él? —*pregunté, abrazando una de sus almohadas que todavía olía a sándalo.

—Está arruinado, mi amor —La sonrisa de Lucien fue letal, oscura y profundamente satisfactoria—. Sus cuentas están congeladas. La empresa matriz lo despidió sin indemnización, y enfrenta cargos por fraude corporativo y suplantación de identidad. Se enfrenta a diez años de prisión. El monstruo está muerto, Elena. Ya nadie puede tocarte.

Lloré de alivio esa noche. Lloré mientras él, a través de la pantalla, me miraba con una devoción tan intensa que casi podía sentir sus manos secando mis lágrimas.

Pero el viernes por la tarde, la melancolía se evaporó.

Roberto, el chófer, me llevó a la pista privada del aeropuerto de Linate. Estaba temblando de los nervios. Llevaba un vestido ajustado color burdeos y un abrigo negro. El jet de Noir Éditions aterrizó con la elegancia de un halcón, y cuando las puertas se abrieron, mi corazón se detuvo.

Lucien apareció en la cima de la escalerilla. Verlo en persona después de cinco días fue como un choque eléctrico. Bajó los escalones con esa zancada larga y depredadora, y yo no aguanté la compostura corporativa.

Corrí hacia él en la pista.

Lucien tiró su maletín al suelo, me atrapó en el aire por la cintura y me levantó, estrellando su boca contra la mía con una urgencia que me dejó sin aliento. Me besó como si llevara un año sin oxígeno, sus manos apretándome contra su cuerpo duro, saboreándome con una posesividad que me hizo gemir contra sus labios.

—Te extrañé como un maldito loco —gruñó él contra mi boca, bajándome lentamente pero sin soltarme la cintura.

—Yo también, mi Diablo —susurré, acariciando su nuca—. Te extrañé cada segundo.

Lucien sonrió, una sonrisa deslumbrante que rara vez mostraba. Se inclinó para recoger su maletín, lo abrió y sacó dos paquetes envueltos en papel negro brillante.

—Para ti —dijo, entregándome el primero. Lo abrí con manos temblorosas. Era una primera edición rarísima, con bordes dorados, de una novela de Harding—. Y esto... es para la bestia devoradora de zapatos.

Me entregó una caja alargada de una marca de lujo para mascotas. Adentro había un hueso de goma ultra resistente que probablemente costaba más que mi alquiler anterior.

Me reí a carcajadas.
—Milo te va a amar aún más, si es que eso es posible.

Estaba a punto de besarlo de nuevo para agradecerle, cuando un carraspeo elegante e inconfundible sonó desde la escalerilla del jet.

—Si nos hubieran avisado que la pista de aterrizaje era el escenario de una luna de miel, habríamos esperado dentro del avión tomando champán.

Me quedé de piedra.

Lucien soltó un suspiro resignado y se giró. Yo me asomé por detrás de su brazo, sintiendo que la cara me ardía de pura vergüenza.

Bajando los escalones venían Armand Moreau y su esposa, Geneviève. Armand era la viva imagen de Lucien pero con el cabello plateado y un aura de intimidación aún mayor. Geneviève, por otro lado, era una mujer espectacular, vestida de Chanel de pies a cabeza, con una sonrisa afilada pero cálida.

—Papá. Mamá —saludó Lucien, entrelazando su mano con la mía, mostrando nuestras alianzas de platino y diamantes a la luz del atardecer—. Les presento a Elena. Mi esposa.

Geneviève bajó el último escalón, me miró de arriba abajo y, de repente, me abrazó rompiendo todo protocolo.

—¡Al fin! —exclamó la mujer, con un acento francés elegantísimo—. Creí que este niño iba a morir casado con sus hojas de cálculo. Eres preciosa, querida. Y tienes un gusto excelente para los abrigos.

Armand se acercó, me tomó la mano y depositó un beso caballeroso en mis nudillos, aunque sus ojos eran analíticos. —Bienvenida a la familia, Elena. Se necesita a una mujer extraordinaria para domar a este tirano.

—Gracias, señor Moreau —logré articular, respirando aliviada. ¡Eran humanos!

Una hora más tarde, estábamos en el penthouse.

Roberto había traído la cena de uno de los mejores restaurantes de Milán. Estábamos sentados en la inmensa mesa del comedor de caoba. Milo, demostrando ser el peor perro guardián del mundo, estaba dormido con la cabeza apoyada en el zapato de Armand Moreau, quien sorprendentemente no lo había apartado.




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