Bajo el Imperio de Moreau

Capítulo 25 | Castigos de madrugada, secretos revelados y bienes raíces

Elena

El "castigo" de Lucien por haberme burlado de él frente a sus padres no fue un chiste.

Apenas Armand y Geneviève cruzaron la puerta del penthouse hacia su hotel esa noche, mi esposo me levantó en peso, me arrinconó contra las puertas de cristal del balcón y me demostró con una fiereza devastadora, posesiva y absolutamente deliciosa por qué él era mil veces mejor que cualquier protagonista de Jane Austen.

A la mañana siguiente, me desperté con el cuerpo adolorido de la mejor manera posible, una marca oscura en el lado izquierdo de mi cuello que iba a tener que tapar con maquillaje, y la certeza absoluta de que estaba casada con un loco obsesivo.

Estaba en la inmensa cocina de mármol negro, preparando café en bata, mientras Milo mordía un zapato viejo que Lucien le había "donado" a regañadientes, cuando mi teléfono vibró sobre la isla.

Era un mensaje de WhatsApp.

Sofía (08:15 a.m.): ¡AMIIX! ¡Sorpresa! Pedí unos días libres en el trabajo. ¡Llego a Milán mañana por la noche! Prepara tu sofá cama, el vino y los chismes, porque necesitamos hablar de cómo va todo con el jefe amargado.

El teléfono casi se me resbala de las manos.

¡Sofía! ¡Venía a Milán! Mi mejor amiga, la mujer que me había salvado de la depresión en París, estaba a punto de aterrizar... y yo llevaba una semana casada con el "jefe amargado", viviendo en su penthouse de lujo y criando a un Golden Retriever. ¡No le había contado absolutamente nada!

—¡Lucien! —grité, el pánico apoderándose de mí, corriendo hacia el pasillo descalza—. ¡Lucien, emergencia!

Lucien salió del inmenso vestidor. Llevaba los pantalones del traje de diseñador y estaba terminando de abotonarse una camisa blanca impecable. El contraste entre su elegancia fría y el cabello ligeramente desordenado me cortó la respiración por un segundo, pero el pánico era mayor.

—¿Qué pasa? —preguntó, su instinto protector encendiéndose de inmediato al ver mi cara—. ¿Julien? ¿Alguien de la oficina?

—¡Peor! —jadeé, agitando el teléfono—. ¡Sofía viene mañana! ¡Viene a quedarse en mi apartamento! ¡Ese apartamento ya no tiene ni un solo mueble mío, Lucien! Y no le he contado nada... ¡No le he dicho que me casé! ¡No sabe lo del perro!

Lucien suspiró, claramente aliviado de que no fuera una amenaza real, y terminó de ajustarse los puños. Caminó hacia mí con esa calma exasperante que lo caracterizaba.

—Tranquilízate, mi amor. Es tu amiga, no la Interpol. Le cuentas cuando llegue y ya está.

—¡Lucien, va a matarme! —Me pasé las manos por el pelo—. Necesito preparar el cuarto de invitados de aquí. Voy a decirle que me mudé contigo y...

—No.

La palabra fue un bloque de hielo seco. Corta. Definitiva.

Parpadeé, confundida.
—¿No qué?

Lucien me tomó por la cintura, acercándome a él, y me miró con una intensidad oscura y territorial que no admitía negociaciones.

—Tu amiga me cae bien, Elena. Es leal y te protegió. Pero no va a dormir en mi casa. Esta es nuestra casa. El único refugio que tenemos lejos de la editorial, del mundo y del caos. Mi espacio sagrado somos nosotros dos y, lamentablemente, la bestia peluda que muerde mis zapatos. Nadie más duerme aquí. Sofía se quedará en tu antiguo apartamento.

Me quedé con la boca abierta.
—¡Pero te acabo de decir que mi apartamento está vacío! ¡Entregué las llaves cuando los de la mudanza empacaron mis cosas!

Una sonrisa lenta, arrogante y ligeramente retorcida curvó los labios de mi esposo.

—No lo entregaste, chérie. Tu contrato de arrendamiento fue cancelado, sí. Porque yo compré el apartamento.

El silencio en el pasillo fue absoluto. Milo soltó un pequeño ladrido en la cocina, ajeno a mi colapso mental.

—¿Tú... tú qué? —susurré.

—Compré tu apartamento, Elena. Con todo y el edificio, para ser exactos —Lucien se encogió de hombros, como si estuviera hablando de comprar el pan—. Lo hice la misma semana que llegaste a Milán huyendo de París. Lo mandé a amueblar con piezas de diseño hace tres días. Sofía tendrá sábanas de hilo egipcio y servicio de conserjería veinticuatro horas. Estará perfecta.

Sentí que las piernas me fallaban. Me apoyé en su pecho, mirándolo como si le hubiera salido una segunda cabeza.

—Lucien... —Mi voz temblaba entre el shock y una fascinación peligrosa—. ¿Compraste mi edificio hace un mes? ¡Me odiabas hace un mes! ¡Nos pasábamos el día peleando!

—Nunca te odié —Me corrigió él, bajando la cabeza para rozar sus labios contra mi cuello, justo sobre la marca oscura que me había dejado la noche anterior—. Estaba obsesionado contigo desde que me arruinaste la camisa en Le Nocturne. Ibas a ser mía de cualquier manera, Elena. No me iba a rendir. ¿Por qué crees que te obligué a firmar esa acta de matrimonio en lugar de hacerte preguntas románticas? Porque si te daba la opción de dudar, habrías huido. Y yo no iba a permitirlo. Eres mi esposa. Fin de la historia.

El nivel de intensidad, toxicidad romántica y control absoluto en sus palabras habría aterrorizado a cualquier persona cuerda.

Pero yo no estaba cuerda. Estaba irremediablemente enamorada del Diablo.

Me derretí contra él, soltando un gemido ahogado cuando sus manos bajaron para apretarme contra su cuerpo.

—Eres un psicópata corporativo —le susurré contra los labios.

—Soy tu psicópata corporativo —respondió él, dándome un beso feroz que casi nos hace llegar tarde a la editorial—. Arréglate. Tienes una empresa que dominar, Madame Moreau.

El ambiente en Noir Éditions había cambiado drásticamente.

Yo ya no era la editora que se escondía en colores grises. Estaba consolidando mi poder. La campaña de Jean-Paul estaba batiendo récords de ventas en toda Europa, y yo caminaba por los pasillos de cristal con la cabeza en alto.

Pero lo que tenía a todo el edificio al borde de un ataque de nervios no era mi éxito, sino la presencia constante del CEO.




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