Elena
El apartamento que Lucien había comprado y remodelado en secreto para mí no se parecía en nada al lugar lúgubre del que yo había huido. Ahora tenía muebles de diseño, una iluminación cálida y una vista espectacular.
Eran las dos de la mañana del sábado. Estábamos sentados en el inmenso sofá de la sala en pijama. Sofía llevaba una mascarilla facial verde, Matteo estaba abrazando un cojín de terciopelo, y yo acababa de terminar de hablar.
El silencio en la sala era sepulcral. Sofía encendió una vela de BookyCandle con aroma a vainilla y caramelo que había traído en su maleta para relajar el ambiente, pero ni siquiera el olor dulce podía cortar la tensión que mis palabras habían dejado en el aire.
Les había contado todo.
Les hablé de la traición de Julien, de la golpiza, del hospital en París. Les conté el chantaje, cómo perdí al bebé, las probabilidades casi nulas que tenía de ser madre, y cómo el miedo me había traído a Milán. Y luego, les conté sobre la noche en la oficina. Sobre la trituradora de papel. Sobre Lucien arrodillándose en la alfombra persa, poniéndome el anillo de diamantes y jurando quemar a cualquiera que me hiciera daño.
Sofía fue la primera en reaccionar. Rompió a llorar, se abalanzó sobre mí y me abrazó con tanta fuerza que casi me deja sin aire.
—¡Mi niña hermosa! —sollozó mi amiga—. ¡Qué infierno pasaste! ¡Si hubiera sabido que ese infeliz te tocó un solo pelo, yo misma habría ido a París a cortarle las manos!
Matteo estaba pálido como un papel. Tenía los ojos llenos de lágrimas y la mandíbula apretada.
—Elena... —Mi amigo italiano se pasó una mano por la cara, luciendo genuinamente devastado—. Eres la mujer más fuerte que conozco. Nos tenías aquí engañados con tu ropa de colores y tu sonrisa, cargando todo eso tú sola. Y en cuanto a tu esposo... —Matteo tragó saliva—. Te juro que jamás volveré a burlarme del Diablo de Noir Éditions. Ese hombre te puso el mundo a los pies cuando más rota estabas. Es... es un rey.
Sonreí, secándome las lágrimas y sintiendo que un peso de mil toneladas desaparecía de mi pecho al no tener que mentirles más.
—Lo es, Matt. Es intenso, controlador y un psicópata corporativo, pero es mi rey.
Miré el reloj de mi celular sobre la mesa de centro. Las 2:15 a.m.
Mi estómago dio un pequeño vuelco. Lucien me había dicho en un tono muy suave, pero cargado de advertencia antes de dejarme en el apartamento: «Ponte al día con tus amigos, mi amor. Te quiero en la cama del penthouse antes de la una de la mañana».
A la 1:00 a.m. en punto, le había enviado un mensaje: "Sofi apenas está procesando lo del perro, me voy a quedar a dormir aquí. ¡Es noche de pijamada! Te amo."
Lucien había dejado el mensaje en Visto a la 1:01 a.m. No había respondido nada. Y ese silencio de mi marido me aterraba y me emocionaba a partes iguales. Sabía que iba a estar furioso. Sabía que su instinto posesivo debía estar taladrándole el cerebro en el penthouse vacío.
De repente, el timbre del apartamento sonó, sobresaltándonos a los tres.
—¿Quién demonios llama a las dos y media de la mañana? —preguntó Sofía, quitándose la mascarilla a toda prisa.
Caminé hacia la puerta, miré por la mirilla y abrí. Era Roberto, el chófer de Lucien, impecablemente vestido con su traje negro. Llevaba una caja blanca y plana en las manos.
—Buenas madrugadas, Madame Moreau —saludó Roberto con una reverencia estoica—. El señor Moreau me pidió que le entregara esto directamente en sus manos. Dijo que "las pijamadas requieren azúcar".
Tomé la caja, sintiendo que el corazón me latía más rápido.
—Gracias, Roberto. Ve a descansar, por favor.
Cerré la puerta y llevé la caja a la isla de la cocina. Sofía y Matteo se acercaron como buitres. Al levantar la tapa, el olor a fresas frescas, crema batida y masa recién horneada inundó el lugar. Era una tarta de fresa idéntica a la que me había regalado en la oficina el día de nuestro primer beso. Pero esta estaba ligeramente caliente.
En el centro, había una tarjeta negra escrita con la caligrafía afilada de Lucien:
Tienes suerte de que respete a tus amigos lo suficiente como para no tirar la puerta abajo y sacarte de ahí yo mismo. Disfruten el pastel. Que duermas bien en tu cama de soltera, mi amor. Porque mañana por la mañana me voy a asegurar de que no vuelvas a querer dormir lejos de mí el resto de tu vida.
-L.M.
Me derretí. Literalmente sentí que mis rodillas se aflojaban. Él no la había comprado. Había bajado a la cocina del penthouse a la una de la mañana a hornearme una tarta de fresa porque estaba furioso por no tenerme con él, pero su instinto de cuidarme era más fuerte que su enojo.
—Tu esposo me da terror —comentó Matteo, metiendo el dedo en la crema batida y probándola—. Pero cocina como los mismísimos dioses del Olimpo.
Lucien
A las 6:30 a.m. del domingo, introduje la llave maestra en la cerradura del apartamento de Elena.
Llevaba un abrigo largo de lana oscura, pantalones negros y un humor de perros. No había pegado un ojo en toda la maldita noche. La inmensa cama del penthouse se había sentido fría, vacía y absurdamente silenciosa sin ella pateando las sábanas o murmurando dormida. Milo había llorado en la puerta de la habitación durante diez minutos antes de resignarse a dormir en mi lado de la cama.
Abrí la puerta sigilosamente. El apartamento estaba a oscuras. En el sofá de la sala, el italiano dormía desparramado, roncando levemente. En la alfombra, la amiga española estaba en un saco de dormir.
Caminé hacia la habitación principal. Empujé la puerta y ahí estaba.
Elena dormía plácidamente, enredada en el edredón blanco. Verla me devolvió el aire a los pulmones, pero la posesividad que llevaba ardiendo en mis venas desde la una de la mañana exigió tomar el control.
#2598 en Novela romántica
ceo dominante, hombre cruel al cual todo les temen, romance de oficina divertido
Editado: 24.03.2026