Elena
El lunes por la mañana comenzó con una avalancha de reclamos cibernéticos.
Estaba sentada en mi escritorio del piso treinta y uno, revisando las notificaciones en mi iPad, pero no estaba leyendo manuscritos. Estaba leyendo la letanía de insultos creativos que mi mejor amiga me estaba mandando por mensaje.
Sofía (08:14 a.m.): Me dejaste tirada en el colchón. Abro los ojos y tú no estás.
Sofía (08:15 a.m.): Tuve que ir al gimnasio a descargar la rabia, y sabes perfectamente que yo no aguanto una rutina de cinco días a la semana como tú. ¡Casi muero en la caminadora por tu culpa!
Sofía (08:16 a.m.): Dile a tu marido psicópata que el secuestro a las seis de la mañana es un delito en la mayoría de los países civilizados.
Solté una risita culpable, tecleando una disculpa rápida en mi iPhone y prometiéndole pagarle el almuerzo.
Apagué la pantalla, pero la sonrisa no me duró mucho. Mi cerebro, traicionero como siempre, volvió a la conversación de ayer en la cocina. Céline. La elegante, francesa y despiadada Céline. Lucien me había dejado claro que yo era la dueña de su alma, y me lo había demostrado con una devoción física que casi me deja sin caminar, pero la incomodidad seguía ahí, rascándome la nuca como una etiqueta molesta.
Suspiré, intentando concentrarme en mi trabajo. La oficina fluía de maravilla. Los teléfonos sonaban, los pasantes corrían, y la campaña de invierno estaba siendo un éxito rotundo.
De repente, las puertas del ascensor principal se abrieron con un ruido dramático.
—¡Luz de mi abismo! ¡Musa de mis tormentos!
Medio departamento de ficción dio un salto en sus sillas. Levanté la vista de golpe.
Jean-Paul estaba de pie en el centro del pasillo. Llevaba una gabardina color camello que ondeaba a su alrededor, una boina ladeada, y en sus manos sostenía la caja de donas glaseadas más inmensa que había visto en mi vida.
—¡Jean-Paul! —exclamé, poniéndome de pie, genuinamente sorprendida—. ¿Qué haces en Milán? ¡Deberías estar en París escribiendo el epílogo!
—¡El epílogo está en mi mente, pero mi corazón necesitaba verte! —El escritor francés corrió hacia mi cubículo, ignorando a Matteo, que lo miraba con cara de póquer. Jean-Paul dejó la caja de donas sobre mi escritorio y tomó mis manos, besando mis nudillos con exagerada devoción—. ¡He venido a honrarte! ¡Gracias a ti soy un fenómeno global! ¡Los lectores están locos, somos tendencia en TikTok, soy una completa adicción literaria!
Mis ojos brillaron al ver las donas de chocolate, fresa y caramelo. Mi debilidad absoluta.
—No tenías que traer esto, Jean-Paul, pero te lo agradezco infinitamente —dije, riendo y soltándome de su agarre para abrir la caja.
—¡Para ti, todo! —Jean-Paul abrió los brazos, a punto de lanzarse a abrazarme—. ¡Eres la dueña de mi inspiración, la chispa de mi...
—Quita tus manos de mi esposa.
El sonido no fue un grito. Fue un trueno.
El piso treinta y uno se congeló instantáneamente. El tecleo cesó. Las respiraciones se atascaron. El silencio fue tan denso y absoluto que se podría haber escuchado caer un alfiler.
Me giré, sintiendo que la sangre abandonaba mi rostro.
Lucien Moreau acababa de salir de su ascensor privado. Llevaba un traje gris oscuro, la mandíbula tan apretada que parecía tallada en granito, y unos ojos que destilaban un instinto homicida puro y duro. Estaba furioso. No, furioso era una palabra pequeña. Estaba poseído por unos celos territoriales que hacían temblar los paneles de cristal de la oficina.
Caminó por el pasillo central, sus zapatos resonando como una marcha fúnebre, hasta detenerse justo detrás de Jean-Paul.
—Tú —ladró Lucien, clavando su mirada asesina en el francés—. Tenías que subir primero a mi oficina a reportar tu llegada. Y en lugar de eso, bajas aquí a interrumpir el trabajo de mi Enlace Internacional.
Jean-Paul, que tenía el instinto de supervivencia de un mosquito, se giró y le sonrió al Diablo.
—¡Lucien, mon ami! Estaba rindiendo tributo. Es el amor del arte.
—Me importa un demonio tu arte en este momento —siseó Lucien, acortando la distancia hasta invadir el espacio personal del escritor, obligándolo a retroceder—. Y te lo voy a decir una sola vez, Jean-Paul. Nadie. Absolutamente nadie, toca a mi mujer.
¡Crash!
Matteo, en el cubículo de al lado, dejó caer su taza de café al suelo. La cerámica se hizo añicos, pero nadie parpadeó.
Toda la empresa. Los pasantes, los editores senior, la jefa de recursos humanos. Todos estaban con la boca abierta, mirando intercaladamente a Lucien y luego a mí. El secreto no solo había salido a la luz; acababa de ser detonado con una bomba nuclear en medio de la oficina.
Sentí que los colores se me subían al rostro. Rojo, blanco, verde. Estaba humillada, furiosa y escandalizada.
—¡Lucien! —siseé entre dientes, fulminándolo con la mirada, intentando que bajara la voz—. ¡Estás en medio de la oficina! ¡Cálmate!
Pero mi esposo no me miró. Seguía fulminando a Jean-Paul.
El francés parpadeó, mirando el anillo en mi dedo y luego el anillo de platino en la mano de Lucien, que este exhibía casi como un arma. En lugar de asustarse, Jean-Paul se llevó una mano al pecho en un gesto dramático.
—¿Tu esposa? ¡Mon Dieu! ¡Qué giro en la trama! —exclamó el escritor, con los ojos brillando de fascinación—. ¡Pero no importa, Lucien! ¡No me importa que te hayas casado con ella! Los papeles legales no dictan el arte. ¡Ella siempre será mi inspiración! ¡Si no fuera por ella no tendría la novela más vendida del año! ¡La amo, Lucien, la amo con el alma de un artista!
Lucien cerró los ojos por un segundo. La vena de su cuello saltó. Su mano se cerró en un puño tan fuerte que los nudillos se le pusieron blancos. Estaba a dos segundos de cometer un asesinato a la vista de ochenta testigos.
#2598 en Novela romántica
ceo dominante, hombre cruel al cual todo les temen, romance de oficina divertido
Editado: 24.03.2026