*Cambio de perspectiva, Darius*
Lugar. Luna Creciente, oficina del alfa.
—Y por eso Claro de luna ha estado tratando de contactar con nosotros — informó eficientemente mi beta, pero mí mente había estado sumido en pensamientos distantes.
—Perdona ¿Qué?
Fenris suspiró pesadamente y negó con la cabeza.
—No me has oído ¿Verdad?
—Disculpa.. es solo que…
—Lo entiendo, hoy es el aniversario ¿No?
Asentí, no hacía falta más palabras entre nosotros, me eché hacia atrás, recostándome contra mi silla, junté mis manos cuyos antebrazos reposaban en los reposabrazos de la silla, tenía aire pensativo, los segundos pasaron sin que ninguno de los dos dijese nada.
—¿Quién está patrullando las fronteras hoy? — dije finalmente con aire distraído sin mirarle.
—Nadie, Lucas iba ha hacerlo pero está enfermo. He estado tratando de encontrarle un reemplazo pero no hay nadie libre.
—Yo iré.
—¡¿Qué?!
—No busques a nadie, iré yo mismo.
—Pero…
—Necesito aire, Fenris. Lo sabes mejor que nadie, si me quedo…—suspiré pesadamente —voy ha volverme loco. Ocúpate de todo mientras estoy fuera.
No esperé por una respuesta, era una orden directa, caminé hasta la puerta y salí de mi oficina sintiéndome sofocado como hacia tanto no pasaba. El tiempo todo lo cura decían por ahí, pero ni siquiera el peso de los años podía curar ciertas heridas. Caminé con rapidez, evitando a cuantos miembros me cruzaba, en aquel momento no quería interacciones innecesarias, así que con paso ligero y decisivo me marché.
Recorrí el bosque cercano a pie humano, antes de cambiar a mí forma lobuna, un gigantesco lobo alfa, de largo y tupido pelaje azabache y profundos ojos dorados, penetrantes y absolutos, corrí como si la vida me fuese en ello dejando atrás la entrada al recinto de la manada y aventura dome a nuestras tierras externas.
*Cambio de perspectiva, narrador*
El amanecer llegó a Colmillos de Luna con un silencio extraño. No era el habitual bullicio de las mañanas cálidas, sino un silencio denso, expectante, como si el valle mismo contuviera el aliento.
Pero fue una de las doncella que habitualmente atendía a Kaira quien rompió el silencio con un grito que atravesó toda la casa del alfa como una cuchillada, arrancando a todos de sus camas.
La madre de Kaira llegó corriendo al pasillo, aún con el cabello desordenado y el sueño persistiendo en sus ojos esmeraldas, el corazón latiéndole con violencia cuando vio la puerta abierta y a la doncella sentada con espanto en el pasillo mirando hacia el interior de la habitación.
Con paso tembloroso Ivvy entró a la habitación de su hija, fijándose en los detalles a su paso, estaba claramente vacía. La cama intacta. El arcón junto a los pies de su cama abierto. La ventana… abierta al mundo.
—No… —susurró, llevándose una mano al pecho.—Por la diosa, no… mi cachorro…—dijo tan afligida que las piernas le cedieron por el impacto de los hechos y quedó sentada en el suelo agarrándose del arcón mientras miraba con incredulidad alrededor nuevamente.
El hermano de Kaira apareció justo entonces, todavía medio dormido, frotándose los ojos, hasta que el olor le golpeó de lleno. El aire estaba impregnado de urgencia, de huida, de miedo.
—¿Dónde está? —preguntó claramente más despierto, ya sabiendo la respuesta.
Su madre solo lo miró antes de echarse a llorar. No esperó confirmación. Salió corriendo por el pasillo, se cambió las ropas a toda prisa y salió como un rayo a buscarla por el pueblo. La noticia se propagó como fuego entre ramas secas, en apenas unas horas la noticia corría por las calles del pueblo de la manada, la sorpresa por la repentina decisión arriesgada de la siempre correcta y obediente hija de alfa fue mal visto por varios y entendida por muchos otros.
—La hija del alfa ha huido.—dijo una mujer que estaba comprando verduras en una de las tiendas.
—Eso dicen. He escuchado que la estaban buscando por cada peldaño del pueblo. — dijo una señora más mayor, sobre sus sesenta mientras cogía el pan tranquilamente.
—Pues yo he escuchado de Reggy el pescadero, que ya cruzó el límite del territorio.
Todas contuvieron el aliento y soltaron un ‘por la luna’
—Esa chiquilla ni siquiera pidió permiso.— dijo en reproche la primera mujer.
—Tampoco dejó rastro claro.—dijo la dependienta— quizás no quiera regresar.
Todas negaron con la cabeza y suspiraron antes de volver cada uno a lo suyo. Por otro lado Snow, el hermano mayor de Kaira la buscaba como un condenado por todos los sitios que se le ocurría y preguntaba a cuanta persona se le cruzaba.
—Por la diosa hermanita tienes que estar bien…—dijo ansioso mientras continuaba corriendo para seguir investigando por el lugar.
Sólo se había ausentado medio día con Curtis para patrullar, que podía haber ocurrido para hacer a su hermana huir de aquella forma, apresurada, dejando solo aroma a miedo y ansiedad tras de si, si iba a huir podría habérselo dicho, Snow lo sabía, si fuese planeado ella se lo habría dicho, siempre le decía todo. Pero está vez tuvo que haber sido una elección de último momento.
—Maldita sea.. ¿que la ha podido asustar de esa manera? ¿que demonios está pasando?—preguntó al aire mientras seguía su búsqueda por las cercanías.
Para cuando Caelus fue informado, no mostró sorpresa alguna, como si aquella posibilidad encajara perfectamente dentro de sus cálculos. Solo cerró los ojos, frunció el ceño. Durante un segundo —solo uno— fue padre. Sólo un padre que se lamentaba de sus elecciones impulsadas por las circunstancias mayores que el mismo. Luego volvió a ser Alpha.
—Convocad a la manada —ordenó con voz firme—. Ahora.
Varios omegas y guerreros que estaban en la sala del consejo para los informes matutinos con el alfa y los ancianos, asintieron y salieron corriendo. En menos de una hora la explanada volvió a llenarse igual que el día anterior, pero esta vez no hubo discursos largos. El ambiente estaba cargado, tenso, plagado de murmullos nerviosos. El hermano de Kaira irrumpió entre la multitud, los ojos encendidos, hecho una furia tras su ardua búsqueda sin resultados.