*Cambio de perspectiva, Kaira*
Avancé despacio entre los árboles, dejando que el bosque desconocido me envolviera, por sus colores, su silencio tranquilo, dejé que su aire fresco se metiera en lo más profundo de mis pulmones, incluso, tomando una bocanada profunda y lenta. El aire era distinto allí. Más denso. Más vivo. Pero se sentía mucho más libre.
Mientras yo me permitía un instante de relajación, Moira se agitaba inquieta en mi interior, no con miedo, no, había pocas cosas que mi loba temía, sino con una alerta expectante que me herizaba la piel de algún modo.
—¿Porque estás tan inquieta? — pregunté con calma.
[Estamos en territorio ajeno] dijo en mi mente, inquieta, paseándose de un lado a otro [Siento una fuerza inmensa emanar de la tierra misma]
Fruncí el ceño ante sus palabras, reduje el paso. Comencé a observar con mayor atención cada detalle de mi entorno, cada flor, planta, árbol, matojo, piedra... Pero no había marcas visibles, nada de arañazos en corteza o piedra, nada de olores fuera de lugar, sin huellas en la tierra blanda y sin embargo el silencio de aquel lugar tenía peso, como si cada rama, cada sombra, estuviera observándola.
Continúe caminando, absorta en el paisaje, era bonito y apacible. Y fue entonces cuando todo ocurrió demasiado rápido. Demasiado rápido como para siquiera chillar. Un impacto me lanzó contra el suelo con fuerza, arrancándome el aire de los pulmones, cerré los ojos con fuerza debido al dolor.
—¡Ah…! —gruñí al sentir el dolor punzante en mi espalda.
El peso sobre mi era aplastante. Manos fuertes inmovilizaron mis muñecas contra la tierra húmeda, pero ni aún con eso abrí mis ojos y luego un gruñido profundo vibró sobre mi pecho, tan bajo que pareció surgir del mismo bosque. Debería de haber estado asustada, sin embargo y por alguna razón, no lo estaba, n9 lo suficiente al menos como caer presa del pánico.
—¿Qué demonios haces en mi territorio? —rugió una voz masculina, áspera, cargada de amenaza.
Sentí un extraño cosquilleo en el pecho, sólo entonces abrí los ojos de golpe. Sobre mí había una criatura medio humana, medio lobo. De orejas afiladas, colmillos a la vista, ojos dorados encendidos como brasas. Estaba cubierto de tierra y hojas, como si fuera parte del lugar.
Respiré despacio no me atreví a mirarlo directamente a los ojos, sino algún punto justo bajo su hocico. Me mantuve quieta, pelear en aquel momento sería contraproducente, inútil. El miedo que me había esquivado en primera instancia, ahora me subía por la garganta, aunque tampoco podría llamarlo miedo en todo su significado, para sentir miedo uno debería estar asustado y yo, por extraño que me pareciese, no lo estaba.
Y aún así no fue solo miedo lo que comencé a sentir estando ahí tumbada. Mi corazón empezó a latir desbocado. Demasiado rápido. Demasiado fuerte. No conseguía entender por qué y justo cuando iba a recriminarmelo yo misma. Moira aulló dentro de mi mente.
[Él. ¡Él, él, él!] Podía percibir el cambio en ella, pero caí en cuenta de mi apremiante situación y encontré mi voz, ignorando a Moira.
—E-espera… espera —balbuceé, forzándome a no luchar, a no mirar, a parecer calmada—. No quería… no quería entrar aquí.
El gruñido se intensificó, pero no se movió. Su mirada se estrechó mientras ,e observaba con detenimiento unos segundos.
—Habla —ordenó.
—Soy Kaira… Kaira Cross —dije, tragando saliva—. De Colmillos de Luna. Yo… huí. No sabía dónde terminaba nuestro territorio y empezaba vuestro territorio.
Los ojos dorados parpadearon por primera vez en toda esta situación, sólo fue por una fracción de segundo. Apenas perceptible, pero suficiente.
—¿Colmillos de Luna…? —repitió él, con cautela.
Su agarre no desapareció, pero se aflojó. Agradecí mentalmente el hecho, aunque no lo mostré externamente. Las garras que habían marcado la tierra junto a mis hombros se retrajeron lentamente. El alfa inclinó la cabeza, estudiando mi rostro con intensidad.
Cautela. Sospecha. Me sentí nerviosa bajo su insistente mirada, sentía mariposas en el estómago, me repetía una y otra vez que era por los nervios y la tensión del momento.
—Eso está a mucho más de un día de viaje —gruñó, ladeó su rostro, haciéndolo ver aún más intimidante, su mirada se estrechó nuevamente, su intensidad mayor, como si buscase algún signo de mentira en mis tímidos y esquivos ojos azules—. ¿Qué hace una loba sola tan lejos de su manada?
Se inclinó un poco más, y pude percibir su aliento cálido rozándome la mejilla. Olía a bosque, a tierra húmeda… y a algo más salvaje que me hizo estremecer.
Moira se agitó nuevamente, excitada, emocionada. Agitando la cola como un cachorro. [Es peligroso, grande, fuerte...] susurró Moira. [Y es…] empezó a decir pero apenas pude captar otra sílaba porque ya estaba respondiéndole aquel extraño.
—Huí porque mi padre quiso obligarme a un enlace político —dije de golpe, antes de pensarlo, mis ojos se abrieron con sorpresa, pero no me detuve—. Con alguien que no es mi compañero destinado.
Terminé de decir, por alguna razón sentía el impulso de ser honesta con él, de alguna forma, quizás por su mirada que sentía me atravesaba, me instaba a serlo, pero todo dejó de importar cuando lo sentí. El cuerpo de él se tensó y no ligeramente, sino peligrosamente. Un gruñido grave, oscuro siguió, recorriendo el pecho del alfa.
—¿Forzada? —escupió la palabra como si fuese veneno.
Asintí, nuevamente sintiendo ese extraño tirón en el pecho quenme decía que tenía que ser honesta, miré por encima de su hocico con los ojos brillantes. Luego continúe.
—Es… es ilegal. Una traición a la Diosa Luna. Yo no podía aceptarlo. No podía ...—mi voz tembló, luego se me oprimió el corazón cuando todos los recuerdos de estos últimos días me asaltaron como un invitado non grato, temblé ligeramente al recordar la traición, el dolor, la duda —. Llevo una semana huyendo. Mi manada me está dando caza para llevarme de vuelta... —terminé de decir con voz frágil, ligera.