*Cambio de perspectiva, Kaira*
El bosque fue cambiando a medida que avanzábamos en silencio por aquel terreno desconocido para mí. En cierto punto del camino los árboles circundantes se volvieron más antiguos, los troncos más gruesos, y el aire adquirió una frescura húmeda que se filtraba en mis pulmones con cada respiración. Caminaba junto a Darius sin hablar.
Y sí, Darius. Durante la caminata había tenido tiempo de preguntar por su nombre.
Así que siguiendo su paso firme entre raíces y senderos apenas visibles, sus manos sujetaban las mías fuertemente cuando había dificultades para mí exhausto cuerpo para saltar rocas o cuando resbalaba.
El contacto siempre breve, respetuoso, me dejaba ir en cuanto veía que podía por mi misma. No corría. Ya no. Pero mi cuerpo aún no había olvidado cómo hacerlo. Bajo la superficie, bajo mi piel la tormenta aún no había cesado, mis sentidos seguían alerta, mi cabeza me recordaba a cada segundo que una sombra podría salir de detrás de un árbol o roca en un instante.
[Ve despacio… pero no te detengas, sigue adelante, un paso más lejos cada vez, hasta que nos sintamos seguras de verdad otra vez] murmuró Moira en algún rincón de mi mente, inquieta, alerta, tras él frenesí de antes tras encontrar a nuestro compañero, se había calmado, ligeramente, lo suficiente como para pensar con cabeza fría, ahora ella me hablaba como si temiera que el mundo volviera a romperse si bajábamos demasiado la guardia.
Apreté los dedos contra la tela de mi abrigo, clavándome las uñas en las palmas sin darme cuenta. Cada crujido bajo mis botas me devolvía imágenes que no quería recordar: sombras entre los árboles, voces llamándome por mi nombre, el sonido de su propia respiración desbocada mientras huía sin mirar atrás.
Me tensé, mi respiración amenazando con dispararse nuevamente, como si esa pesadilla que me aterraba aún me diera caza, igual que aquellos que una vez llamé familia.
Respiraba más agitada. Darius lo notó. Aunque no dijo nada.
No me pidió que me calmara, que respirara despacio, ni me aseguró que todo estaba bien. Simplemente ajustó el ritmo para no dejarme atrás, dejándome sentir, dejándome asimilar y, en algún punto del camino, pasó a caminar lo bastante cerca como para que su presencia fuera un ancla silenciosa. No me tocó. Pero estaba ahí.
El sol comenzó a descender cuando llegamos a un arroyo estrecho, de aguas claras, que serpenteaba entre las piedras cubiertas de musgo. El murmullo del agua rompía el silencio del bosque de una forma casi hipnótica.
—Descansaremos aquí —dijo Darius al fin.
Asintí sin discutir, mi cuerpo necesitaba descanso, aún cuando me negué a decirlo en voz alta. Me sentí cerca del fuego que él encendió con movimientos seguros, casi rituales, y abracé mis rodillas, mirando cómo las llamas comenzaban a bailar. El calor me rozó la piel, y por primera vez desde hacía días… mi respiración, mis nervios se calmaron un poco.
El bosque seguía allí, sin embargo no era el mismo lugar, por el que había corrido por mi vida. Este lugar no me perseguía. No me hacía preguntarme a cada segundo si me iban a encontrar. Aún había incertidumbre, pero me sentía ligeramente más relajada en comparación a la noche anterior, antes de...
[Antes de él] terminó Moira por mi en mi cabeza. Apoyé mi barbilla sobre mis rodillas.
Darius se alejó unos metros, en silencio, dejándome sola con el fuego y mis pensamientos. El sonido del arroyo, el crepitar de la leña, el olor a humo limpio… todo se mezcló en una calma frágil, casi sospechosa.
[Más cerca…], susurró Moira. [No te escondas tanto. No tenemos que seguir huyendo] cerré los ojos un instante, luchando contra el nudo que se formó en mi pecho. No estaba preparada para sentirse a salvo, no aún. No todavía.
Cuando volví a abrirlos, Darius estaba frente a mi, de pie, sosteniendo un pequeño cuenco improvisado con agua clara. Lo extendió hacia mi sin decir palabra. Sentí mis mejillas arder.
Ese gesto simple —tan humano, tan real— fue lo que hizo que algo dentro de mi, muy, muy adentro se resquebrajara. Levanté la vista despacio para mirarlo. Y por primera vez desde que nos habíamos puesto en marcha, supe que el camino que acababa de empezar entre nosotros no iba a ser solo físico.
—¿Cómo estás? —preguntó.
Su voz era amable, suave. Lo suficientemente firme como para anclarme al presente y sacarme del lugar oscuro donde mis recuerdos amenazaban con arrastrarme de nuevo.
—No lo sé —admití al fin.
Preferí ser honesta antes que fingir que estaba bien, cuando probablemente él ya percibía mis emociones a través del vínculo, aunque ninguno de los dos lo mencionara.
Darius no respondió de inmediato. Esperó a que tomara el cuenco de sus manos antes de sentarse frente al fuego, lo bastante cerca como para estar presente… y lo bastante lejos como para no invadirme. Tomó una rama fina de abeto y removió las brasas con cuidado, provocando que algunas chispas se elevaran brevemente antes de apagarse.
—Está bien no saberlo —dijo al cabo—. Tómate tu tiempo.
Asentí apenas y bebí un par de tragos de agua fresca. El contacto frío me ayudó a centrarme, aunque mis dedos aún temblaban ligeramente alrededor del cuenco. El silencio se estiró unos segundos más, cómodo. Respetuoso.
—Y… —empezó él, deteniéndose a medio camino, como si calibrara cuán directo podía ser—. Ese prometido… ¿llegaste a conocerlo?
No había malicia en su voz. Lo sentí con claridad. Era simple curiosidad. Instinto. La necesidad de comprender.
—Sí —respondí, distraída, observando el reflejo del fuego en el agua—. Parecía… majo.
Darius repitió la palabra en voz baja.
—Majo.
Su mandíbula se tensó de forma casi imperceptible, un gesto que no llegué a notar.
—¿Y el señor “majo” dejó que te dieran caza? —continuó, con un tono contenido—. ¿Dejó que pasaras una semana sobreviviendo sola ahí fuera?