Bajo el manto de la luna

Bienvenida a casa

*Cambio de perspectiva, Darius*

El amanecer llegó antes de lo que esperaba. No porque hubiera dormido poco —eso era habitual—, sino porque mi lobo no había dejado de vigilar en toda la noche. Sentía el peso de la responsabilidad incluso con los ojos cerrados, el pulso del bosque latiendo a mi alrededor, cada crujido, cada movimiento ajeno marcándose en mi mente como una advertencia silenciosa.

Kaira seguía dormida. La observé desde donde estaba apoyado contra la roca. Su respiración era más regular que la noche anterior, menos agitada. Moira estaba tranquila. Lo sabía sin necesidad de tocarla. Eso ya era una victoria.

Me levanté despacio, procurando no hacer ruido, y me interné unos metros entre la maleza cercana. El aire aún olía a humedad y a hojas frías. Localicé un arbusto bajo cargado de bayas oscuras, maduras, comestibles. Me agaché para recoger algunas, concentrado en la tarea… o al menos fingiendo que lo estaba.

[Acércate más.]

Cerré los ojos un segundo, inhalé una profunda bocanada de aire antes de responder, era demasiado temprano para tener esta discusión, otra vez.

—No.

[Darius…] Sirius usó ese tono insistente.

—No empieces.

[Es nuestra compañera.]

Sirius no rugía. No presionaba con fuerza bruta. Era peor que eso. Era insistente. Constante. Una presencia que no se retiraba. Arranqué una baya del tallo con más fuerza de la necesaria.

—Está exhausta —murmuré en voz baja—. Ha pasado una semana huyendo, herida, aterrorizada. No necesita que le caiga encima un alfa impaciente.

[No te he dicho que la reclames.]

—No.

[Te he dicho que te acerques.] Solté un resoplido silencioso, recogiendo otro pequeño puñado.

—¿Y qué esperas exactamente que haga, Sirius? ¿Que me siente a su lado y le recuerde cada cinco minutos que es mía por destino?

[Que estés presente.]

—Ya lo estoy.

[Más.] Apreté la mandíbula.

—Tiene derecho a espacio. A decidir. A respirar sin sentir que alguien la reclama como si fuera una posesión.

Sirius guardó silencio unos segundos. Lo suficiente para que supiera que estaba… pensando. Cuando habló de nuevo, su tono ya no era exigente. Era más profundo. Más antiguo.

[También tiene derecho a sentirse elegida.] Me quedé quieto. Las bayas descansaban en mi mano, olvidadas por un instante.

—No voy a empujarla —dije con firmeza—. No voy a convertir el vínculo en otra jaula. No después de lo que ha vivido.

[No todas las jaulas tienen barrotes.] Exhalé despacio.

—Y no todas las distancias son rechazo.

[¡Cuando la encontramos la abrazaste, besaste su frente! Ahora no nos permites ni el más breve contacto!]

—¡No me vengas con esas! Es juego sucio, en aquel entonces estaba en shock y por si lo has olvidado nos tiramos encima creyendo que era una intrusa. Necesitaba calmarla ¿De acuerdo?

[En ese entonces ¿hace que, tres días?] Sirius se movió dentro de mí, inquieto, pero no furioso. No estaba en desacuerdo… solo impaciente.

[Nos necesita.]

—Sí —admití—. Pero a su ritmo.

[Su loba nos acepta] gimoteó Sirius.

—No es suficiente amigo... Moira no está aterrada, Kaira, sí.

Me incorporé, guardando las bayas en un pequeño trozo de tela improvisado, y volví la vista hacia el claro. Kaira seguía dormida, encogida sobre el nido que había preparado para ella, el rostro relajado por primera vez desde que la encontré.

—Mírala —añadí en voz baja—. Eso no lo habría conseguido si hubiera hecho lo que tú querías.

Sirius observó conmigo. Lo sentí hacerlo.

[…]

—Dale un respiro —le pedí—. A ella. Y a mí.

El lobo resopló, resignado. [Está bien. Por ahora.] Una media sonrisa se dibujó en mis labios.

—Gracias.

[Pero no olvides que es nuestra.] Levanté una ceja, divertido pese a todo.

—Créeme —respondí mentalmente—. No lo olvido.

Regresé al campamento con cuidado, dejando las bayas cerca del fuego apagado. El sol comenzaba a filtrarse entre los árboles, tiñendo el bosque de tonos dorados. Pronto despertaría.

Y cuando lo hiciera, quería estar allí. No como un alfa reclamando. Sino como alguien que había elegido quedarse.

*Cambio de perspectiva, Kaira*

Desperté sin sobresaltos. Eso, por sí solo, ya se sentía extraño. Durante unos segundos me quedé inmóvil, con los ojos cerrados, esperando el golpe habitual de la ansiedad, el recuerdo inmediato de la huida, el miedo automático.

Pero no llegó. En su lugar, había calor. Algo blando bajo mi cuerpo. El olor leve de hojas secas y musgo. Y un murmullo distante del bosque despertando conmigo. Abrí los ojos despacio.

La luz del amanecer se filtraba entre las ramas, dorando las piedras cercanas, tiñendo el aire de un tono suave, casi irreal. El nido que Darius había preparado seguía intacto, acogedor. Y no había rastro de peligro en los alrededores.

Ni voces gritando mi nombre, ni pasos acercándose, el sonido de botas por el suelo no órdenes cruzando el aire con furia. Mi estómago reaccionó antes que mi mente devolviéndome a la realidad. Mis estómago gruñó. Bajé la mirada hacia mí misma, sorprendida, y solté una risa baja, casi incrédula.

—Genial… —murmuré—. Buenos días a ti también.

[Te lo dije] dijo Moira con tono satisfecho. [Sobrevivimos, estamos a salvo. Ahora toca comer.]

Me incorporé despacio, apartando la manta con cuidado. Fue entonces cuando lo vi. Cerca del lugar donde había estado el fuego, había un pequeño montón de bayas oscuras, frescas, colocadas sobre un trozo de tela.

Ordenadas en una pequeña pirámide, limpias. Como si alguien hubiera querido asegurarse de que no pareciera algo al azar, sino algo que gritara 'comeme' . Parpadeé un par de veces antes d reaccionar aún lenta, medio dormida.

—¿Eso es… desayuno? —pregunté en voz alta.

Mi estómago respondió por mí con otro gruñido más sonoro. [Definitivamente desayuno], afirmó Moira, encantada. [Nos lo ha traído y colocado, punto para él]




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