Bajo el manto de la luna

Dulce aroma a café

*Cambio de perspectiva, Kaira*

El despertar no fue brusco, como lo habían sido las últimas mañanas de mi huida. Esta vez, fue una transición suave, envuelta en un calor que no provenía solo de las mantas. Me removí entre las sábanas, extrañada por la suavidad del colchón bajo mi cuerpo. No recordaba haber llegado hasta aquí; lo último que recordaba era el peso de mis párpados mientras intentaba mantenerme despierta en el sofá.

[Te quedaste frita anoche, Kaira] la voz de Moira resonó en mi mente, inusualmente dulce. [Él te trajo hasta aquí con mucho cuidado. Se portó como un caballero, durmió en el sofá para que tú pudieras descansar de verdad. Puedes confiar en él, disfruta de ser cuidada, cariño, se siente bien.]

—Callate...— dije sintiendo mis mejillas arder.

Me incorporé despacio, sintiendo el roce de la sudadera de Darius contra mis muslos, cubiertos por un chándal también de él. La sudadera era enorme y me envolvía como un abrazo, oliendo a él: una mezcla de bosque profundo y algo cálido, como el sol sobre la roca.

Al bajarme de la cama, un pequeño pinchazo recorrió mi pecho, ese recordatorio silencioso de todo lo que había dejado atrás, pero hoy dolía un poco menos.

Mis pies descalzos apenas hacían ruido sobre el suelo de elegante parqué mientras caminaba hacia el salón.

Al cruzar el umbral, la luz de la mañana inundaba la estancia, dándole un aspecto casi mágico al refugio. Allí estaba él, de espaldas a mí, moviéndose con una calma que me transmitió una paz inmediata.

Darius se giró antes de que yo pudiera decir nada. No hubo sorpresa en su rostro, solo una mirada acogedora que me hizo sentir que no sobraba en absoluto.

—Buenos días —dijo con una sonrisa suave, de esas que no exigen nada a cambio—. ¿Has podido descansar un poco mejor?

—Buenos días —respondí con voz queda, bajando un poco la mirada mientras jugueteaba con el borde de la manga larga—. Sí, mucho mejor. Gracias por... por dejarme la cama. No debiste molestarte, el sofá estaba bien.

—No fue ninguna molestia —aseguró él, manteniendo una distancia prudencial para no abrumarme—. Me alegra que estés más recuperada. Estoy preparando el desayuno, ¿te apetece un café?

Asentí tímidamente y me acerqué a la barra de la cocina, sentándome en uno de los taburetes. Verlo allí, tan grande y poderoso pero moviéndose con tanta delicadeza para no despertarme o asustarme, hacía que algo en mi interior se relajara por completo.

—Con leche y dos de azúcar, por favor —pedí en un susurro.

Darius preparó la taza con movimientos pausados y la deslizó con cuidado sobre la encimera hacia mí.

—¿Esto... estoy es alguna tregua? —pregunté suavemente, recordando mis miedos de ayer al ver cómo se esforzaba por hacerme sentir cómoda.

Darius se apoyó ligeramente contra el mueble, observándome con una paciencia infinita. Sus ojos color miel transmitían una seguridad que yo ya no recordaba poseer.

—No es una tregua, Kaira —respondió él con voz profunda pero muy dulce—. Es solo un desayuno, y lo demás es solo un hogar, al menos mientras lo necesites. Aquí no tienes que huir de nada, ni demostrarle nada a nadie. Solo desayuna tranquila.

Me llevé la taza a los labios. El calor del café y el dulzor del azúcar me reconfortaron, pero fue su presencia, silenciosa y protectora, lo que realmente me hizo sentir que, después de mucho tiempo, podía dejar de correr.

Bebí un sorbo largo, dejando que el dulzor del café me ayudara a terminar de despertar. El silencio entre nosotros no era incómodo, nunca lo era. Al moverme para alcanzar una de las tostadas, la manga de la sudadera de Darius —que era casi tres veces mi talla— se deslizó por mi brazo, cubriéndome la mano por completo y entorpeciendo mis movimientos.

Darius, que estaba apoyado en la encimera observando el bosque a través del ventanal, se fijó en mi pequeña lucha con la tela. Una chispa de diversión brilló en sus ojos, y ternura, cruzó su mirada.

—Parece que mi ropa intenta devorarte —comentó con voz suave, divertida.

Se acercó un paso. Fue un movimiento lento, dándome tiempo a reaccionar, a decidir si quería que estuviera cerca. Se detuvo justo al otro lado de la barra de la cocina.

—¿Me permites? —preguntó, señalando mis manos.

Asentí levemente, sintiendo un ligero rubor en las mejillas. Él extendió sus manos —grandes, cálidas, con cicatrices que hablaban de batallas que yo solo podía imaginar— y tomó mi antebrazo con una delicadeza asombrosa.

Empezó a doblar la manga con cuidado, centímetro a centímetro. Sus dedos rozaron mi piel apenas lo justo, pero el contacto envió una calidez extraña por todo mi cuerpo. No era miedo. Era... reconocimiento.

[Dime qué su paciencia no es adorable, Kaira] susurró Moira, disfrutando de la cercanía de Darius. [¿Puedes sentir cómo controla su propia fuerza para no asustarte? Sin mencionar que está atento a cada detalle]

<<¡Moira!>> Reprendí en mi cabeza.

—Gracias —murmuré cuando terminó con la segunda manga. Ahora mis manos estaban libres—. Es muy cómoda. Y huele... huele bien.

Darius se quedó un segundo más de lo necesario cerca de mí, antes de retroceder para darme mi espacio de nuevo.

—Es lo menos que puedo ofrecerte —dijo, volviendo a su tono calmado—. He estado pensando que, cuando termines de desayunar, podrías salir un momento a la terraza trasera. El aire de la montaña ayuda a sanar las heridas más rápido que cualquier medicina.

—¿No es peligroso? —pregunté, mi instinto de huida asomando la cabeza por un momento—. ¿Y si alguien...

—Nadie entra en este perímetro sin que yo lo sepa —me interrumpió con una seguridad absoluta, pero sin sonar arrogante—. Aquí estás bajo mi protección, Kaira. Y eso incluye el derecho a ver el sol sin tener que mirar por encima del hombro.

Le di un mordisco a la tostada, saboreando no solo la comida, sino sus palabras. Por primera vez en lo que me parecía una eternidad, no sentía la urgencia de planear mi siguiente movimiento.




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