Bajo el manto de la luna

Carta de invitación

*Cambio de perspectiva, Kaira*

Tras atiborrarnos a galletas, nos hicimos un humeante café y salimos a la pequeña terracita, el sol brillaba intensamente sin nubes en el cielo azul. El ligero canto de las pocas aves que aún permanecían en el bosque y pequeños animales preparándose para entrar hibernación en las semanas venideras con la llegada del frío invierno.

—Que tranquilo está todo. —murmuré con una sonrisa con la taza entre mis manos.

—Es bueno saber que te acostumbras, porque este es tu nuevo día a día.

Sentí como un ligero sonrojo adornaba mis mejillas antes de darle un sorbo a mi café. Sentía a Moira ronronear prácticamente bajo mi piel.

—Me cuesta pensar que los rastreadores no me hayan seguido hasta aquí. —Darius se tensó a mi lado, giré mi rostro para mirar su perfil.—¿He dicho algo malo?

Darius tardó un segundo en responderme, su mirada fija a los árboles del fondo. Su mandíbula ligeramente tensa, no lo suficiente como para preocuparme pero lo suficiente como para que lo notara.

—No —dijo al fin—. No has dicho nada malo.

Apoyó el codo en la barandilla y continuó mirando hacia el bosque, los ojos entrecerrados, atentos a algo que yo no veía. Fruncí el ceño ligeramente preocupada.

—¿Darius?

—Solo… no quiero que cargues con preocupaciones que no te corresponden, no ahora.

La forma en que lo dijo no fue condescendiente. Fue cuidadosa, demasiado cuidadosa, sonaba más como el alfa inteligente que otros admiraban y temían más que el hombre que me acompañaba cada día.

[Está vigilando], murmuró Moira con un deje pensativo, ya sin rastro del ronroneo de antes. [No solo este bosque o su territorio. Sino algo más profundo, algo está pasando Kaira, algo lo suficientemente gordo para que nuestro compañero que siempre sonríe se tense por un comentario al aire]

Tragué saliva, pero no insistí, mentalmente le di razón a Moira. Decidí dejar pasar el tema no porque no quisiera saber, no porque no me preocupara sino porque entendí algo importante: Darius no me estaba ocultando cosas por desconfianza, sino para protegerme del exterior, para no arriesgar mi pequeño corazón a salir lastimado de nuevo.

—Confío en ti —dije en voz baja, más como una afirmación que como una promesa.

Él giró el rostro hacia mí, un poco sorprendido. Durante un instante pareció querer decir algo más. Algo pesado. Algo que le tensó la mandíbula. Pero al final solo asintió tras soltar un pesado suspiro.

—Y yo en ti, Kaira.

El viento movió suavemente las hojas a nuestro alrededor. El bosque seguía en calma. Demasiada calma. Y aunque el sol seguía brillando sobre nosotros, no pude sacudirme aquel atisbo de incertidumbre del pecho.

El silencio que siguió ya no era tenso, sino extrañamente íntimo. Me terminé el café dejando que el calor de la taza me devolviera a la realidad. Darius se relajó un poco, aunque sus ojos seguían escaneando el horizonte de vez en cuando, como un hábito que no podía (o no quería) apagar del todo.

—¿En qué piensas? —preguntó él de repente, rompiendo mi ensimismamiento. Su voz había recuperado ese tono suave que solo usaba conmigo.

—En que antes no me habría creído capaz de estar aquí sentada, comiendo galletas y mirando el sol sin sentir que el mundo se acaba —admití, esbozando una pequeña sonrisa—. Me has dado algo que creí perdido, Darius. Un hogar.

Él se enderezó, apartando el codo de la barandilla para quedar frente a mí. El sol le daba de lleno en los ojos, haciéndolos parecer oro brillante.

—No me hagas ver como un héroe, no lo soy. Yo solo puse el techo.

Sacudí ligeramente mi cabeza.

—Lo eres, al menos para mí. Me encontraste en mi peor momento Darius. Y aún cuando sé que tienes cientos de responsabilidades esperando por ti allá fuera, eliges quedarte a mi lado.

—No estoy haciendo nada del otro mundo, a veces creo que ni siquiera es suficiente.

Dio un paso hacia mí, acortando esa distancia que siempre manejaba con tanto cuidado. Levantó una mano, dudando un segundo antes de apartarme un mechón de pelo que el viento había enredado cerca de mi ojo. Sus dedos rozaron mi piel apenas un instante, pero fue suficiente para que Moira diera un vuelco de satisfacción en mi interior.

—Darius...—empecé, pero él me interrumpió con una sonrisa.

—Mañana habrá que ir a buscar más leña —dijo, cambiando a un tono más práctico para aligerar la atmósfera—. Y quizás deberías probar a salir un poco más lejos de la terraza. Si quieres, claro. Podríamos caminar hasta el arroyo. Está dentro del perímetro de seguridad.

Asentí, sintiendo que la incertidumbre de antes se disipaba ante la perspectiva de un plan tan normal, tan cotidiano.

—Me gustaría.

Entramos de nuevo a la cabaña para recoger las tazas, moviéndonos el uno alrededor del otro con una sincronía que daba miedo por lo natural que resultaba. Sin embargo, mientras me giraba hacia la pila de la cocina, capté un último vistazo de Darius hacia la ventana.

La calma seguía allí, pero ahora sabía que era una calma ganada a pulso. Y que, fuera lo que fuera lo que Darius vigilaba en las sombras del bosque, él no dejaría que alcanzara la puerta de nuestro hogar sin pelear primero.

*Cambio de perspectiva, Fenris*

El despacho alfa de Luna Creciente estaba en silencio, roto solo por el suave roce del papel al pasar páginas y el ocasional chasquido de la pluma contra el tintero. Llevaba horas trabajando, desde la ausencia de Darius mi trabajo se había vuelto más pesado. Pero no le culpaba, yo habría hecho lo mismo en su lugar si la seguridad de mí compañera estuviera en peligro.

<< Aunque aún no la he encontrado >> suspiré.

Miré hacia la pila de papeles y carpetas a mi derecha, este no era el tipo de trabajo de acción, ni agradable y entretenido: eran informes de patrullas, registros de intercambio con manadas vecinas, solicitudes de paso, invitaciones formales a eventos futuros. Diplomacia. Logística. El verdadero esqueleto que mantenía viva a una manada.




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