Bajo el manto de la luna

Luna bajo el sol

*Cambio de perspectiva, Kaira*

Me desperté con un pequeño quejido al sentir los rayos del sol filtrándose a través de la ventana de la habitación, enterré la cara en la almohada gruñendo antes de suspirar suavemente y estirarme, parpadeé un par de veces aún desorientada.

Me senté en la cama, con mi maraña de pelo dorado en la cara, podía oler el olor del café desde la habitación, una ligera sonrisa adornó mis labios. El ritual de cada mañana, siempre un café a mi gusto y un desayuno variado esperándome al levantarme. La casa cálida gracias a la chimenea.

Salí de la cama con gesto perezoso, bostezando. Caminé hasta el baño aún medio dormida me di una ducha y cepillé mis dientes, envuelta en toallas volví a la habitación, abrí con naturalidad el armario y sonreí al rebuscar por algo cómodo. Darius había cumplido su palabra y me había traído ropa y cosas durante una de estás últimas noches mientras dormía, sospeché.

Aunque tampoco quise indagar en algo tan trivial, estaba cuidando de mi, me traía más de lo que yo pedía, sin esperar nada a cambio. No necesitaba saber a que hora, de que modo o quién le había traído las cosas.

[Veo que alguien está feliz] ronroneó Moira estirándose perezosamente en mi cabeza. Me coloqué un mechón tras la oreja pero no lo negué. [Deberías prepararte]

—¿Para que? — pregunté distraídamente mientras sacaba un conjunto de invierno de lana, bonito y cómodo.

[Está por llegar] dijo tan perezosa y poco clara como habituaba.

—Moira ¿El qué?

La loba se rió, literalmente se rió en mi cabeza, casi podía visualizarla dándome esa mirada suya de insuficiencia. [Ya lo verás, unas horas] dijo antes de acurrucarse en algún recoveco de mi mente.

—¡Moira!

Hice un puchero sintiéndome exhasperada, tenía la mala costumbre de hacer siempre lo mismo, dar información a medias y luego dejarme sola comiéndome la cabeza. Suspiré pesadamente y comencé a vestirme, ropa térmica debajo, el conjunto de ropa encima, guantes, gorro, una chaqueta gruesa, y unas botas de montaña, con un borde peludito en el borde para decorar y detalles adorables en dorado aquí y allá.

Miré mi reflejo en el espejo del armario, sonriendome a mí misma. Desde que abandoné colmillos de luna no me había detenido a cuidar de mi imagen en lo más mínimo. Tras semanas, finalmente podía empezar a decir que estaba volviendo a ser yo misma. Tranquila, alegre, me sentía bonita.

Piel radiante y descansada, sin medias lunas oscuras bajo mis ojos, sin palidez, sin bolsas. Lucía sinceramente relajada, viva. Salí de la habitación canturreando, entusiasmada por mi primera aventura fuera, no por huída sino por placer.

Desde que había llegado al refugio no había puesto ni medio pie fuera, ahora tenía el coraje de hacerlo, tenía a Darius. Podría investigar los alrededores sin miedo alguno. Al llegar al salón lo vi en la zona de la cocina abierta y continúa al salón.

De espaldas a mi mientras emplataba algo, sentí mariposas en el estómago. Por la ansiedad, el miedo, el corazón roto y en general toda la montaña rusa que había atravesado, no me había detenido a observarlo atentamente.

Tan alto, tan apuesto, tan fuerte, tan alfa... Y sin embargo tan bueno que a veces me dejaba sin palabras, sin saber cómo corresponder a su amabilidad para conmigo. Aunque tenía claro que él no quería nada de mí, no en el sentido de querer una gratificación por su atención, al menos. Le nacía el cuidarme, minucioso como él solo en cada ínfimo detalle. Solo esperando a que yo estuviese bien, suspiré, pero con una ligera sonrisa en los labios, él se giró ligeramente dándome esa sonrisa pícara de medio lado.

—¿Que haces hay parada? ¿No quieres desayunar?

Me sonrojé ligeramente, sintiendo que me había pillado con las manos en la masa.

—Por el contrario ¿Que tenemos hoy, chef?

—Pues pensando en que estarías entusiasmada por el paseo, he hecho gofres, bañados en un sirope casero de frutas del bosque. Creí que te apetecería algo dulce esta mañana.

—Pensaste bien — reí ligeramente, sentándome en un taburete.

Él asintió con una sonrisa ligera, se movió con agilidad felina por la cocina y plantó frente a mi una humeante taza de café tal cual me gustaba, y luego el plato de gofres, con el sirope y una buena dosis de nata.

—Tiene una pinta increíble... —dije con la boca prácticamente haciéndoseme agua.

—Me alegra que te guste, come mientras que este caliente.

Asentí varías veces, sonriendo. Tomé el cuchillo y tenedor, con la emoción brotando hasta por mis poros, estaba por meterme el primer bocado a la boca cuando alcé la vista, apoyado contra un mueble, a escasos metros de mí, admirándome con una calidez en sus ojos dorados que me erizó los pelos.

—Te sienta bien sonreír, deberías hacerlo más a menudo.

Bajé la mirada avergonzada y comencé a comer sin decir una palabra.

*Cambio de perspectiva, Darius*

Sabía que era preciosa, lo supe desde el instante en que la encontré herida, cansada y llena de barro en el límite oeste de mi territorio, asustada y temblando. Pero verla descansada, relajada y deseaba creer que feliz. Me llenaba el pecho con una mezcla de orgullo personal y una incomprensible felicidad. Estaba avanzando a pasos pequeños, pero estaba mejor. Apreté la mandíbula por un segundo, pensado fugazmente en todo lo que acechaba ahí fuera, amenazando con borrar esa sonrisa.

[No lo permitiremos] gruñó Sirius, asentí distraídamente. Me aseguraría de que nada volviese a lastimarla, deberían pasar por encima de mi cadáver para ello. La miré comer con gusto, luciendo adorable en la ropa que un omega enviado por Fenris me había entregado durante mi patrulla tres noches antes. [Nuestra] dijo Sirius con el pecho henchido de orgullo. << Nuestra>> confirmé en mi cabeza mientras sonreía cálidamente.

Esperé a que terminara de desayunar, y entonces nos pusimos en marcha, caminando juntos uno al lado del otro, sus ojos llenos de curiosidad y una sonrisa genuina mientras descubría el bosque que nos rodeaba personalmente. Se agachó a oler las únicas flores que decoraban el sendero. Crisantemos, en tonos rosáceos pálidos. Se podría decir que era el único tipo de flor que podía aguantar el crudo invierno que se avecinaba en estas tierras.




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