Bajo el manto de la luna

Abrázame esta noche

Cambio de perspectiva, Kaira*

El paseo de vuelta se sintió ligero, casi mágico. Caminábamos uno al lado del otro, con el murmullo del arroyo detrás de nosotros y el sol calentando nuestras espaldas. Mis botas crujían sobre las hojas húmedas del sendero, y cada inhalación traía un perfume a tierra mojada y pino, yo tarareaba una melodía ligera, jugueteando con una flor en mis manos.

—Te ves contenta. — dijo Darius a mí lado sacudiendo la cabeza.

—Lo estoy.

—Entonces... ¿Te ha gustado el paseo? Se que ha sido breve pero dadas las circunstancias...— le sonreí y negué suavemente con mi cabeza.

—¿Sabes? —comenté mientras lo miraba—. En Colmillos de Luna nunca me dejaban salir lejos, menos aún sola, bueno, no totalmente sola, siempre alguien del “servicio” me seguía a la distancia. Pero nunca fui más allá de unos cien metros de distancia de los muros... No hasta que huí.

—Aquí podrás correr tan lejos como quieras Kaira. Solo ten algo de paciencia.

—Para mi esto ya es lo suficiente bueno, de verdad.

Darius asintió con suavidad, sin decir nada, como si comprendiera cada palabra sin necesidad de más explicaciones. Él siempre era así, no oía, escuchaba. Cuando creía que apretaría las riendas las soltaba aún más. Sonreí para mí misma.

—Me gusta… —susurré, más para mí que para él, mientras nos acercábamos al refugio—. Me gusta esto.

Darius me lanzó una mirada lateral, casi divertida, mientras abría la puerta del refugio. La calidez del interior nos recibió de inmediato, y por un instante, el mundo exterior, con sus peligros y tensiones, parecía tan lejano.

*Cambio de perspectiva, Darius*

La observé mientras se quitaba las botas y se acomodaba frente a la chimenea, los dedos ligeramente entumecidos por el frío. Sus mejillas tenían un ligero rubor, no solo por el sol sino por la emoción de su primer paseo “libre” desde que había llegado.

[Se está acostumbrando…] murmuró Sirius, casi orgulloso.

—Sí —contesté en mi mente

Aún así, no podía relajarme por completo. Había demasiado con lo que lidiar ahí fuera, lejos de esta paz que había construido para ella. Había cosas que no podían poner su seguridad en riesgo, pero si su paz, su recuperación, su corazón noble, ya lo suficientemente maltratado a mí parecer.

—Tómate una ducha para calentarte —dije con suavidad—. Yo voy a preparar la leña para mantener la chimenea encendida.

Ella asintió aún sonriendo despreocupada. Me giré y empecé a encargarme de acomodar la leña.

*Cambio de perspectiva, Kaira*

Había entrado en el baño a paso lento, me sentía bastante perezosa tras el paseo. Me desvestí y me metí bajo la ducha, dejando que el agua caliente relajara mis músculos y borrara el rastro de frío del arroyo. Sin embargo, mientras me enjabonaba el pelo sentí un tirón familiar y agudo en el vientre. Moira soltó un suspiro pesado en mi mente.

—¡Mmm! — me quejé.

[Te lo dije. Ya está aquí].

—Cállate, Moira —murmuré, apretando los dientes cuando un calambre más fuerte me obligó a doblarme un poco.

No era solo el dolor. Era la sensación de que mis sentidos se agudizaban hasta el punto de la molestia. Podía oler a Darius desde aquí; su aroma a sándalo y nieve parecía llenar cada rincón de la habitación, volviéndose extrañamente embriagador. Miré hacia el suelo de la ducha mis ojos se abrieron como platos y maldije por lo bajo. Cerré los ojos y suspiré despacio. Entonces se oyó un golpe suave en la puerta.

—¿Kaira estás bien? ¿Estás herida? Huelo ha....

Sentí mis mejillas arder de vergüenza, solté un quejido por la situación tan embarazosa, pero no le dejé acabar.

—¡No! ¡Estoy bien, ahora salgo!

—De acuerdo..

Lo oí murmurar, después sus pasos resonaron alejándose del pasillo. Terminé tan rápido como pude de ducharme y prácticamente corrí hasta la habitación. Me puse un pijama grueso de franela, y me ocupé del 'asunto'. Salí al salón y el ambiente había cambiado. El cielo, que antes era de un azul brillante, se había vuelto de un gris plomo aterrador. El viento golpeaba las paredes del refugio con una fuerza que hacía crujir la madera.

—Kaira, la temperatura está bajando demasiado rápido —dijo Darius sin girarse, concentrado en alimentar el fuego—. Se acerca una de las grandes. No podremos salir en un par de días.

—Está bien... Las despensas están llenas así que...

Él se giró entonces y se quedó paralizado a mitad de un movimiento. Sus fosas nasales se dilataron y sus ojos dorados se oscurecieron de golpe. Sirius debió darle un golpe de realidad en su mente, porque Darius dio un paso atrás, chocando casi con la chimenea.

—¿Darius? —pregunté, confundida por su reacción.

—Tú... hueles... —se aclaró la garganta, luciendo repentinamente muy incómodo. Sus orejas estaban ligeramente rojas—. Estás... en tu ciclo.

Sentí el calor subir a mis mejillas. Por supuesto. Él era un alfa, sus sentidos estaban a otro nivel. Sabía que lo descubriría no que lo diría en voz alta. Lo vi tragar con dificultad y tomar una respiración profunda.

—Oh. Sí. Lo siento, yo... Por eso pedí las compresas, yo... —balbuceé, deseando que la tierra me tragara.

—No, no pidas perdón. Es natural. Es... biológico. —Darius hablaba como si estuviera leyendo un manual de instrucciones de un aparato que no entendía. Se mantuvo a una distancia de tres metros, rígido como una estatua, tomando bocanadas profundas, abriendo y cerrando las manos—. Yo... voy a... ¿necesitas chocolate? He oído que las hembras necesitan chocolate. ¿O una manta? ¿O que mate a alguien?

Me eché a reír a pesar del dolor. Su cara de pánico absoluto era impagable. Normalmente actuaba seguro y firme, ahora mismo parecía un cachorro perdido.

—Solo necesito un poco de calor, Darius. Y quizás que dejes de mirarme como si fuera a explotar y un paracetamol...

Dije con gran vergüenza, nunca antes había tenido que explicar a nadie este tipo de cosas antes y dudaba mucho más de que Darius hubiese tenido que lidiar con algo así antes. Podía verlo en sus ojos desconcertados, y en cierto modo, asustados.




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