*cambio de perspectiva, Darius*
Apenas había cerrado los ojos, exhausto, entorno a las tres y cuarto de la madrugada, el cansancio me ganó y cerré los ojos. Sentía la cabeza de Kaira sobre mi pecho, en algún punto de la noche pasó su pierna izquierda sobre mi a la altura de mi cadera pero no me atreví ni siquiera a moverme un milímetro.
Traté de ignorarlo repitiéndome el mantra de eres un objeto, no pasa nada, no sientes nada. Hasta que el cielo, como dije, me ganó. Estaba en esa delgada línea entre consciencia e inconsciencia, cuando su mano me estrujó ligeramente el pectoral. Abrí los ojos y miré hacia abajo, hacia su rostro dormido y sí, babeando mi camisa.
[¿Porque te tensas? ¿No que no sentías nada?] Se burló Sirius. Intenté coger su muñeca y moverla a un lado, pero ella simplemente me estrujó clavándome fuertemente las uñas, mis labios formaron una O por el dolor, pero no podía quejarme en voz alta, cerré los ojos fuertemente. [Apuesto a que eso nos deja marca]
Kaira ignorante de mi guerra, frotó su cara contra mi pecho, finalmente dejó de clavarme las uñas, pero su mano no se quedó quietecita, bajó, peligrosamente, hasta quedarse lánguidamente sobre mis abdominales. Maldije mentalmente, me planteé atarla entre mantas para que se estuviera quieta.
Luego pensé que quizás podría despertarla y no tuve corazón para poner a prueba mi desesperada idea. Así que, suspirando, sintiendo que el corazón se me salía del pecho, mis instintos de alfa pulsaban generándome literalmente un dolor físico que me hacía difícil respirar, y los somnolientos manoseos de mi compañera, está noche prometía ser un infierno.
El amanecer llegó sin que yo hubiese dormido un solo minuto. Lo supe porque, en algún punto, el sonido de la lluvia perdió fuerza, los truenos se volvieron lejanos, el cielo dejó de rugir y aun así yo seguía despierto, mirando el techo como si me debiera dinero.
Mi cuerpo estaba agotado de una forma distinta a la del combate, no el cansancio de quedarme despierto en mi oficina encargándome del papeleo. No era cansancio muscular ni heridas abiertas. Era una fatiga profunda, densa, como si hubiese pasado la noche conteniéndome a mí mismo a cada segundo. Lo cual, siendo honestos, era exactamente lo que había hecho.
Kaira dormía profundamente contra mi pecho, cálida. Su respiración era lenta, regular. Su pierna seguía cruzada sobre mí, su frente apoyada justo debajo de mi clavícula, su mano—maldita mano—reposando de forma inocente sobre mi abdomen, como si fuera el lugar más natural del mundo.
[Si nos movemos, se despertará] murmuró Sirius, somnoliento pero atento.
<<Lo sé.>>
[Si se despierta, va ha ver como está durmiendo].
<<También lo sé>>
[Si ve como está durmiendo y ve esa mano suya....] Cerré los ojos un segundo.
<<Sirius. Por tu propio bien.>> Advertí.
[Vale, vale… silencio táctico] gruñó, aunque no se retiró del todo.
Esperé pacientemente a qué el amanecer rompiera la oscuridad restante en el cielo aunque seguía cargando y gris. Hasta ese momento conté respiraciones, conté hasta las absurdas líneas del techo. Solo cuando supe que ella acabaría despertando pronto decidí moverme.
Con un cuidado casi absurdo, deslicé primero mi brazo, luego mi torso, centímetro a centímetro, intentando no alterar ni una sola hebra de ese equilibrio frágil que la mantenía dormida. Cuando finalmente logré liberarme, mi espalda protestó, mi cuello crujió y mis músculos pidieron misericordia. Me incorporé despacio, como un anciano de cien años.
Ella murmuró algo incoherente y se giró, abrazando la almohada que había dejado en su lugar. Me quedé quieto, conteniendo la respiración hasta que volvió a acomodarse y siguió durmiendo. Suspiré dando gracias a que no hubiera abierto los ojos.
La observé unos segundos más. El cabello revuelto, las mejillas sonrosadas, la expresión serena. Parecía en paz. Y eso, más que cualquier batalla ganada, valía la noche en vela.
[Sobrevivimos] dijo Sirius, con un orgullo extraño.
<< Sí, lo hicimos>> respondí en mi mente.
Salí de la habitación en silencio y cerré la puerta con suavidad. En cuanto estuve fuera, apoyé la frente contra la pared y dejé caer el peso de todo lo que había contenido. Me sentía vacío y lleno al mismo tiempo. Exhausto. Hambriento. Deshidratado. Con el cuerpo rígido y la mente demasiado despierta.
Perfecto —pensé—. El estado ideal para empezar el día.
Caminé hasta el baño primeramente y me di una ducha de agua helada para aclararme las ideas y apagar literalmente mi cuerpo. Sintiéndome ligeramente mejor. Me dirigí a la cocina parareparar una cafetera. Necesitaba café, mucho café, quizás una jarra entera. Mientras esperaba, me apoyé en la encimera, pasando una mano por el rostro.
[¿La dejarás dormir?] preguntó Sirius.
—Todo lo que necesite —murmuré en voz baja.
[¿La estás evitando compañero?]
—¿Qué? ¡No! Buenos sí... Bueno.. quiero decir, quizás un poco.
[¿Miedo a sentirte tan impotente como anoche?]
—Si lo sabes no preguntes —mascullé entre dientes.
El café empezó a burbujear. Afuera, el mundo estaba húmedo, limpio, silencioso después de la tormenta. Y aunque mis párpados estaban cansados y mi cuerpo gritaba por descanso, supe que no iba a dormir. Estaba demasiado tenso tras lo ocurrido, nunca antes había estado tan aprueba como en esa cama.
Había luchado contra mi propio cuerpo, mis instintos y sus inconscientes movimientos. Por ahora todo en lo que pensaba era en ser útil, mantenerme ocupado, asegurarme de que, cuando despertara el mundo siguiera siendo un lugar seguro
Estaba sirviéndome la primera taza de café cuando Sirius decidió que ya había tenido suficiente silencio desde mi última reprimenda.
[Por cierto…] dijo con una calma sospechosa. Cerré los ojos un segundo.
<<¿Que?.>>
[La tormenta no ha terminado del todo. Las ráfagas siguen siendo demasiado fuertes. El aire está cargado de nieve húmeda y el sendero del arroyo quedó inutilizable anoche]. Apreté los dedos alrededor de la taza.