Bajo el manto de la luna

Bajo el manto del invierno

*Cambio de perspectiva, Kaira*

Comía distraída mis tortillas mientras miraba por la ventana de la cocina detrás de la cabeza de Darius. Suspiré pesadamente antes de tomar un sorbo de mi café.

—¿Y ese suspiro?

—¿Crees que esto sea una tormenta puntual?

Darius se giró ligeramente, miró la misma nevada feroz que yo, los copos caían rápidamente uno tras otro frente un viento feroz que sacudía los arboles desnudos.

—No tiene pinta. Creo que este año el invierno ha llegado antes.

—Solo estamos a finales de octubre... —hice un puchero. El se rió.

—¿Que? ¿Ahora estamos de morros?

—No es justo, solo salí un par de horas ayer y ahora vamos a tener que mantenernos aquí como marmotas en internación.

—A mi también me hubieses gustado que el otoño se quedara un poco más para mostrarte los alrededores. Supongo que tendré que esperar hasta la primavera.

—¡¿Primavera?! Falta mucho para eso...—lloriquee dramáticamente apoyando mi frente contra la mesa de mármol negro.

—No será tan largo, además me aseguraré de hacerte compañía .

—Tampoco es como si pudieras salir con este tiempo.

Hice un puchero y miré hacia otro lado, él me miró por un segundo antes de suspirar y mirar por la ventana una vez más.

—Supongo que tienes razón, este va ha ser un largo invierno.

Cambio de perspectiva, Greyson Hills

En algún lugar dentro del corazón de las tierras del sur...

La nieve golpeaba los ventanales del despacho alfa con un ritmo constante, casi hipnótico. Yo permanecía de pie, con las manos entrelazadas a la espalda, observando cómo el mundo exterior desaparecía poco a poco bajo aquella primera nevada. Las Montañas Nubladas parecían casi guardar silencio.

Detrás de mi, la mesa de roble aún estaba cubierta de informes abiertos, mapas marcados con anotaciones, cartas de distintas manadas y registros de patrullas. Nada estaba fuera de lugar, y aun así, algo no encajaba.

La chimenea crepitaba a mi derecha, proyectando sombras largas sobre las paredes de piedra. El calor era agradable, pero no lograba disipar del todo el peso que sentía en el pecho. Unos golpes suaves en la puerta rompieron el silencio.

—Adelante —dije sin girarme.

La puerta se abrió despacio. Marlene entró con una sonrisa tranquila, sosteniendo una pequeña bolsa de tela entre las manos. Su simple presencia alteró el aire del despacho como siempre, sin necesidad de palabras. No hacía falta cuando se trataba de ella.

—He pensado que quizá te vendría bien comer algo —dijo con suavidad—. Llevas aquí encerrado desde antes del amanecer.

Ladeé la cabeza, una sombra de sonrisa apareciendo en mis labios, mientras admiraba la belleza de mi Luna, veinte años a mí lado y aún conseguía hacerme sentir como un crío torpe. Me giré por fin para mirarla, y su expresión se relajó apenas un grado.

—Siempre sabes cuándo traer provisiones —respondí, tomando asiento nuevamente en mi silla, claramente de mucho mejor humor.

Ella cerró la puerta tras de sí y avanzó hasta mí. Antes de que pudiera decir nada más, di una palmada suave sobre mi regazo, un gesto tan natural como antiguo entre nosotros. Marlene no dudó. Dejó la bolsa sobre la mesa y se sentó de lado sobre mis piernas, acomodándose con familiaridad, apoyando un brazo en mi hombro.

—Estás muy tenso —comentó, observándome de cerca—. Algo te preocupa.

Apoyé la frente un instante contra la sien de ella y suspiré despacio, permitiendome soltar el peso que habia estado cargando, como siempre solo en su presencia.

—El invierno —dije finalmente—. Ha llegado antes de lo previsto.

—Eso ya lo sabemos —respondió Marlene con calma—. Lo que no sé es por qué te inquieta tanto.

Alcé una mano y la apoyé en su cintura, distraído, mientras mi mirada volvía a los ventanales.

—Caelus está moviendo gente Lenne —expliqué—. Exploradores. Mensajeros. Patrullas que no tienen un rumbo fijo.

Marlene frunció el ceño levemente.

—¿Y no vas a usar el clima a nuestro favor? —preguntó—. Con estas tormentas, podrías cerrar rutas, presionar fronteras… obligarlo a reaccionar.

Negué despacio antes de mirarla nuevamente.

—No todavía.

Ella me miró con sorpresa sincera. En todos estos años, era la primera vez que veía una debilidad para mis enemigos y yo me quedaba quieto. Posé un ligero beso en su frente.

—¿Por qué?— preguntó ella.

Guardé silencio unos segundos antes de responder, eligiendo las palabras con cuidado.

—Porque aún no han atacando Lenne—dije—. Está tanteando. Midiendo nuestras respuestas. Está haciendo movimientos raros, arriesgados, aunque no sé exactamente que espera conseguir con esto.

Marlene bajó la mirada, pensativa, y apoyó una mano sobre mi pecho, sintiendo el latido firme y constante de mi corazón.

—¿Crees que es una provocación? —murmuró.

—Creo que quiere saber si estamos nerviosos —respondí —. Y no pienso darle ese gusto.

Ella asintió lentamente, comprendiendo.

—El invierno castiga a los impacientes —dijo ella en voz baja.

Sonreí de lado.

—Exactamente. Quien se mueva primero ahora, perderá más de lo que gane.

Marlene se acomodó un poco más contra mi, en silencio. No discutía, no insistía. Solo estaba allí, compartiendo el peso.

—Entonces esperaremos —concluyó—. Observaremos y escucharemos.

—Sí —afirmé —. Que el invierno haga su trabajo. Mientras planearemos, como siempre hacemos.

La chimenea volvió a crujir, como si sellara la decisión. Afuera, la nieve seguía cayendo sin prisa, cubriéndolo todo por igual. Apoyé la barbilla sobre la cabeza de Lenne, con la certeza tranquila de que no sería yo quien cometiera un error en esta guerra, observaría con cuidado y descubriría que era lo que Caelus quería, y cuando hiciera un mal movimiento, lo hundiría en la miseria. Tal como traicioneramente los suyos habían hecho antaño con mis ancestros.




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