*Cambio de perspectiva, Darius*
Aún no me podía creer lo que había ocurrido. Estuve a su lado durante un largo rato hasta que su respiración se volvió regular, acompasada, solo entonces me atreví a levantarme con una lentitud digna de una tortuga.
Me levanté y caminé por la habitación solo para acabar quedándome de pie frente a la ventana del salón, con los brazos cruzados sobre el pecho, observando cómo la nieve seguía cayendo sin ninguna pinta de que fuese a parar pronto.
El refugio estaba en silencio, aunque no uno incómodo o tenso, sino uno cálido, Kaira dormía profundamente en el sofá, envuelta entre las mantas, aún cuando las sombras acechaban allá afuera, en algún punto en la distancia, aquí dentro solo podía percibir paz, una que durante mucho tiempo no había sentido. Aunque es9 no apaciguaba mi enojo.
<<Aún no puedo creer que me hicieras masajearle el abdomen>> gruñí en mi mente, conteniendo la necesidad de caminar en círculos al pensar en lo tensó que me sentí, incluso si el tacto fue indirecto. Sirius no respondió de inmediato. Lo sentí estirarse dentro de mí, cómodo. Demasiado cómodo.
[Oh, vamos…] dijo finalmente, con ese tono satisfecho que me crispaba los nervios. [No fue para tanto, solo te he enseñado a aliviar un poco sus calambres, deberías darme las gracias]
Apreté la mandíbula ligeramente , él claramente lo disfrutaba << La tenía justo ahí, retorciéndose de dolor, vulnerable, confiando en mí… y tú vas y decides que lo más sensato es que ponga la mano sobre su vientre>>.
[Fue con la manta en medio, no exageres. Además era eso o verla pasar la noche entera hecha un ovillo, con dolor hasta que la dichosa pastilla le hiciera efecto] replicó con calma. [Además, funcionó].
Me giré un poco, mirándola de reojo, no podía rebatirle eso. Incluso dormida, su ceño ya no estaba fruncido. Su respiración era regular, tranquila. No pude evitar la ligera sonrisa que tiró de mis comisuras.
[Por otro lado, deberías estar contento señor mueble] continuó Sirius, implacable, [no has roto ninguno de tus votos, no la has molestado, no la has apresurado ha aceptarnos, no la has asustado... De hecho creo que estaba bastante satisfecha con nuestro desempeño] dijo esto último con un deje de orgullo.
—Supongo que en eso tienes razón...
El silencio se alargó un instante. La chimenea crepitó suavemente, como si también estuviera escuchando. Pensé por un instante en el tiempo, corto aunque con peso que había pasado con ella desde que la encontré. Me froté la nuca, inseguro por un instante.
—No estoy hecho para esto, Sirius... — admití al fin, en voz baja — No sé cuidarla, hay cosas como está del ciclo que no termino de entender, no puedo anticiparme ni planear una estrategia de contramedida... cambia de humor tan rápido y yo... su aroma me enloquece hasta el punto de freírme las neuronas, no se si eso hace sentido.
Me detuve.
[Pero estás dispuesto aprender por ellos, a sacrificarte durmiendo en ese frío sofá sintiendo un dolor punzante en el pecho por no dormir a su lado, estás haciendo lo que puedes, y empiezo a creer que no es solo por el vínculo o porque ella te de pena] terminó él por mí. Yo no respondí. Sirius soltó algo parecido a un resoplido.
[Vamos Darius La tocaste como un guardián, todo un perfecto caballero, prácticamente se te cae la baba cada vez que se nos acerca].
—Yo no...
[Ooh... Amigo. Tu sí.]
Volví a mirar a Kaira. Tenía una mano asomando fuera de la manta, los dedos relajados, como si aún esperara algo incluso dormida.
—Aun así…— murmuré.
[Y por esto mismo antes te empujé a masajearle la tripa, porque si no lo hacía, seguirías tratándola como si fuera de cristal. Y no lo es, tiene una determinación fuerte. Y te necesita presente, no a dos metros de distancia]. Cerré los ojos un segundo.
—Me va a destruir, ¿lo sabes?
[Ya lo está haciendo] respondió Sirius, sin burla esta vez. [Y lo curioso es que ya no pareces querer detenerlo].
Abrí los ojos justo cuando Kaira se movió un poco, acomodándose entre las mantas con un suspiro suave. No me moví un ápice, solo me quedé allí, vigilando su sueño, con la incómoda certeza de que Sirius tenía razón, por una vez. Aquel ligero gesto de confort podría haber sido el primer paso.
El resto de la tarde pasó lenta. Demasiado lenta para alguien que no había dormido la noche anterior y que, aun así, se negaba a cerrar los ojos. Me mantuve ocupado como pude, revisé el refugio, reforcé un par de cerraduras, añadí leña a la chimenea, traté de leer un poco o ver alguna serie.
Cualquier cosa que mantuviera mi mente ocupada y mi mente lejos del sofá. Kaira no se movió en horas. Dormía profundamente, hecha un ovillo entre mantas, con el cabello desordenado y el rostro relajado. Cada vez que pasaba cerca, bajaba el paso sin darme cuenta para observarla un poco más. Cada vez que respiraba más fuerte, yo me tensaba, esperando que despertara, pero no lo hizo.
Cuando el cielo empezó a oscurecer, decidí cocinar algo caliente. No porque tuviera hambre —mi estómago llevaba horas cerrado—, sino porque ella la tendría cuando despertara.
Piqué verduras con precisión. Doré la carne. Dejé que el estofado hirviera a fuego lento, llenando el refugio de un aroma denso, reconfortante. Raíz, especias, algo de vino. Comida que calentaba por dentro. Fue el olor lo que la despertó.
La escuché moverse en el sofá antes incluso de que abriera los ojos. Un pequeño gemido, un estiramiento perezoso. Cuando levantó la cabeza, me miró como si hubiera aparecido de la nada.
—Huele… increíble —murmuró, aún medio dormida.
—La cena —respondí, sin mirarla directamente—. Estará lista en cinco minutos.
Se levantó despacio, arrastrando las mantas como si no quisiera soltarlas del todo, y vino hasta la cocina. Se apoyó en la encimera, demasiado cerca, observándome remover el estofado como si fuera el acto más fascinante del mundo.