El sonido de los golpes en la puerta se mezclaba con el rugido del viento y el tamborileo incesante de la lluvia contra los ventanales. Sofía permaneció inmóvil, sentada al borde de la cama, escuchando como si necesitara confirmar que era real. Afuera, el farol parpadeaba, proyectando sombras que bailaban en las paredes del pasillo.
Se levantó con pasos lentos. No era miedo lo que sentía, sino una expectación extraña, como si supiera que lo que estaba a punto de suceder iba a dejar una huella.
Abrió la puerta.
Dereck estaba allí, empapado de pies a cabeza. El cabello, más oscuro por la lluvia, goteaba sobre su frente; la chaqueta adherida a su cuerpo dejaba entrever la silueta tensa de sus hombros. En una mano sostenía una bolsa de papel que parecía proteger con cuidado.
- Hola - dijo, con la voz grave, casi ahogada por el viento.
- ¿Estás loco? - fue lo primero que salió de sus labios.- Vas a enfermarte.
- Tenía que traerte esto - respondió, levantando la bolsa como si fuera explicación suficiente.
Sofía apartó la puerta para dejarlo pasar. Un soplo de aire helado entró con él, erizándole la piel.
- Pasa antes de que te arrastre el viento.
Dereck cruzó el umbral, dejando un rastro de agua en el suelo. Ella cerró rápido y se giró hacia él, intentando ignorar el latido acelerado en su pecho.
- ¿Qué es eso? - preguntó, señalando la bolsa.
Él se la tendió.
- Llegó en un envío hoy. Lo reconocí y pensé… bueno, que te pertenecía.
Sofía abrió la bolsa con cuidado. Dentro había una pequeña caja de madera oscura. La conocía. Era suya. Había desaparecido el mismo verano en que se marchó.
- ¿Dónde la encontraste? - preguntó, sin apartar la vista del objeto.
- Entre unos lotes de libros antiguos que compré en una casa que se estaba vaciando - explicó él, encogiéndose de hombros.- No pensé que volvería a verla.
Sofía acarició la tapa. Dentro, sabía, había cartas, entradas de cine, fotografías… fragmentos de un tiempo que prefería no revisar, pero que al mismo tiempo la llamaban como un eco.
- Gracias - dijo finalmente, y notó que su voz sonaba más suave de lo que pretendía.
Dereck asintió, pero no se movió para irse. Permaneció de pie en medio del pasillo, mirándola como si buscara algo en su rostro.
- Este lugar… - dijo él, sin apartar la vista de ella.- No ha cambiado nada. Tú… tampoco mucho.
- No estoy segura de que eso sea bueno - replicó Sofía, intentando usar el sarcasmo como escudo.
- Depende - respondió él, y la forma en que lo dijo le hizo pensar que no hablaba solo de la casa.
Un trueno resonó tan fuerte que la ventana tembló. Sofía dio un respingo involuntario, y Dereck esbozó una media sonrisa.
- ¿Todavía odias las tormentas?
- No las odio - dijo ella, cruzándose de brazos.- Solo… no me gusta sentir que el cielo se me viene encima.
- Yo tampoco - admitió él.
Hubo un momento en que ninguno de los dos dijo nada. La lluvia seguía golpeando el techo, y en esa pausa, Sofía sintió el peso de todas las palabras que no habían dicho en diez años.
- No tenías que venir bajo esta lluvia - insistió ella finalmente.
- Tenía que hacerlo - contestó él, con una seriedad que no dejó espacio para más preguntas.
Se dieron cuenta al mismo tiempo de que estaban demasiado cerca. Sofía notó el olor a lluvia en su chaqueta, mezclado con un aroma tenue de papel viejo y café. Dereck, por su parte, parecía estudiarla como si quisiera grabarse cada detalle.
- Voy a poner esto a secar - dijo Sofía, apartando la vista y tomando la caja.
Él asintió y dio un paso hacia atrás.
- No quería molestarte.
- No me molestas —respondió ella, y cuando lo dijo, supo que era verdad.
Dereck se quedó un instante más, como dudando si decir algo. Finalmente, se giró hacia la puerta. Antes de salir, se volvió hacia ella.
- Hay cosas que no se olvidan, Sofía.
Y se fue, dejándola con la caja en las manos y la certeza incómoda de que se refería a mucho más que a un objeto perdido.