La noche estaba envuelta en una neblina espesa que distorsionaba las luces de las farolas, haciendo que parecieran ojos vigilantes flotando en la oscuridad. El sonido lejano de las olas rompiendo contra el muelle se mezclaba con el silbido del viento.
Sofía corría, la caja metálica apretada contra su pecho. Sentía el frío del metal traspasar la tela de su chaqueta y llegarle hasta los huesos. Sus zapatillas chapoteaban en charcos ocultos bajo la penumbra, y cada paso le recordaba que no podía permitirse detenerse.
"Si me paro… estoy perdida."
Mientras tanto, en el muelle, Liam forcejeaba con el desconocido del impermeable. El hombre era alto, de movimientos rápidos y precisos, como si hubiera peleado cientos de veces antes. Liam intentaba bloquear los golpes, pero cada impacto le dolía más que el anterior.
—¡Liam, cuidado! —gritó Dereck, lanzándose con la navaja.
El filo apenas rozó el brazo del desconocido, desgarrando la tela y dejando ver una línea roja de sangre. El hombre soltó un gruñido bajo, más de irritación que de dolor.
—Eso fue… un error —dijo con una calma que heló la sangre de ambos.
Sofía giró por una calle lateral, mucho más estrecha. Las paredes húmedas rezumaban sal. No podía escuchar pasos detrás de ella, pero sabía que alguien la seguiría tarde o temprano. Se obligó a seguir adelante, a no mirar atrás.
En el muelle, el desconocido cambió de posición. Con un movimiento rápido, esquivó a Liam y golpeó el rostro de Dereck con la fuerza de un martillo. El joven cayó de espaldas, la navaja rebotó contra la madera y desapareció en las rendijas.
Liam, viendo a Dereck en el suelo, sintió la rabia encenderse en su pecho.
—¡No lo toques! —rugió, lanzándose contra el hombre y empujándolo hacia la baranda del muelle.
El desconocido sonrió levemente, como si aquello fuera exactamente lo que esperaba.
Sofía, por su parte, divisó una puerta entreabierta: una vieja bodega de redes de pesca. Sin pensarlo, se metió y cerró suavemente. Dentro, el olor a cuerda mojada y madera podrida la envolvió. Se recostó contra la pared, respirando agitada. Por primera vez desde que comenzó a correr, cerró los ojos… y escuchó.
Pasos.
Lentos.
Arrastrados.
Afuera, alguien estaba allí.
En el muelle, el forcejeo continuaba. Liam logró golpear al desconocido en las costillas, pero no fue suficiente. El hombre lo tomó por el cuello de la chaqueta y lo empujó contra el suelo.
—No tienes idea de lo que estás defendiendo —murmuró cerca de su oído.
Liam apretó los dientes.
—Tal vez no… pero sé que no te lo voy a dar.
Sofía, acurrucada en la oscuridad de la bodega, sintió que los pasos afuera se detenían. Una sombra se proyectó por la rendija de la puerta. La respiración pesada del desconocido que la buscaba retumbaba en el silencio. Ella se tapó la boca para evitar que el sonido de su aliento la delatara.
En el muelle, Dereck volvió a ponerse en pie, tambaleando. Con un último esfuerzo, empujó al desconocido por la espalda. El hombre dio un paso hacia adelante, soltando a Liam, pero manteniendo la mirada fija en él.
—Última oportunidad —dijo, estirando la mano—. Dame la caja y desapareceré.
Liam, sangrando por el labio, sonrió con ironía.
—Entonces… supongo que no nos vamos a despedir tan pronto.
El hombre lo miró por un segundo más… y luego, sin previo aviso, se lanzó de nuevo.