El frío se colaba por cada costura de la chaqueta de Sofía.
Afuera, los pasos se habían detenido, pero ella sabía que eso no significaba que estuviera a salvo.
La caja metálica pesaba más que nunca en sus brazos. No solo por el peso físico, sino por todo lo que implicaba.
"¿Qué hay aquí dentro que vale tanto como para que estén dispuestos a matarnos por ello?"
La bodega olía a cuerda húmeda y madera podrida. El silencio estaba roto únicamente por el suave golpeteo del agua contra el muelle cercano.
Ella apretó los dientes. Si se quedaba demasiado tiempo, corría el riesgo de ser acorralada. Si salía, podía toparse de frente con él.
Un leve crujido a su derecha la hizo girar lentamente la cabeza. Una sombra se movía detrás de un montón de redes apiladas.
—Sofía… —susurró una voz baja, casi ahogada.
Ella contuvo el aliento.
—¿Quién eres? —murmuró, sin moverse.
De entre las redes emergió un rostro que reconoció: Mateo, uno de los pescadores del puerto, al que había visto un par de veces hablando con Liam. Estaba cubierto de sudor y respiraba con dificultad.
—Te están buscando… no tienes mucho tiempo —dijo él, mirando hacia la puerta.
—¿Cómo sabes mi nombre?
—No es momento de preguntas. Si quieres vivir, sígueme.
Mientras tanto, en el muelle, Liam se cubría de los golpes del hombre del impermeable. Cada impacto le hacía arder los músculos, pero se negaba a retroceder. Dereck, aún tambaleando, buscaba algo que pudiera usar como arma. Entre las tablas del muelle encontró un tubo metálico oxidado.
—¡Liam! —gritó, lanzándole el tubo.
Liam lo atrapó en el aire y lo usó para bloquear un golpe que, de otra forma, le habría roto la mandíbula.
El hombre del impermeable sonrió levemente.
—Eso no te va a salvar.
—No necesito que me salve… —Liam dio un paso adelante, empujando con toda su fuerza— solo necesito tiempo.
En la bodega, Mateo tomó a Sofía por la muñeca y la llevó hacia una trampilla en el suelo, oculta bajo un lienzo viejo.
—Por aquí —susurró—. Te llevará a un canal subterráneo que sale fuera del puerto.
—¿Por qué me ayudas? —preguntó ella, dudando.
Mateo evitó su mirada.
—Porque sé lo que llevas… y no quiero que caiga en las manos equivocadas.
Ella se inclinó para mirar el agujero oscuro. Un olor a agua estancada y sal se escapaba de allí.
—Si esto es una trampa, Mateo…
—No lo es —respondió él, con una seriedad que la hizo dudar aún más.
Afuera, el sonido de la puerta de la bodega crujiendo interrumpió todo. El hombre del impermeable había llegado.
—Corre —susurró Mateo, empujándola suavemente hacia la trampilla—. Yo lo detendré.
Sofía bajó, sintiendo cómo el agua fría le cubría los tobillos. El canal era estrecho y oscuro, con solo una línea de luz filtrándose desde algunas rendijas en el techo.
A sus espaldas, escuchó un ruido seco: el golpe de un cuerpo contra la madera. Mateo había hecho contacto con el intruso.
En el muelle, Liam y Dereck se apartaron unos pasos, jadeando. El desconocido parecía imperturbable, como si apenas estuviera entrando en calor.
—Ustedes dos no entienden —dijo, avanzando lentamente—. Esto no es personal. Es solo... necesario.
Liam apretó más el tubo en sus manos.
—Pues yo tengo una regla: si intentas matarnos, se vuelve personal.
De repente, un grito ahogado resonó en la distancia, proveniente de la dirección de la bodega.
El desconocido giró la cabeza, y esa fracción de segundo fue suficiente para que Liam y Dereck corrieran hacia allí.
Cuando llegaron, la puerta estaba abierta de par en par. El interior estaba desordenado: redes caídas, cajas rotas… y un rastro de agua que salía de una trampilla abierta en el suelo.
Liam se arrodilló y miró dentro, pero solo vio oscuridad.
—Sofía…
Un sonido de pasos apresurados les hizo girar. El desconocido venía tras ellos, su silueta recortada contra la luz amarilla de la farola.
—Se acabó —dijo.
Pero Liam no pensaba rendirse.