El metal de la compuerta detrás de ellos volvió a retumbar, esta vez con tal fuerza que el marco entero vibró. Las bisagras chirriaban como si estuvieran a punto de romperse, y cada golpe hacía eco en las paredes del pasillo, como tambores de guerra. Sofía retrocedió, abrazando la caja con más fuerza, mientras el aire frío y la neblina parecían cerrarse sobre ellos.
El hombre de la llave los observaba en silencio, disfrutando de la escena como un espectador en su balcón privado. La compuerta secreta que había abierto dejaba escapar un resplandor dorado, demasiado cálido para ese lugar oscuro y corroído por el vapor. El contraste era casi insoportable.
Sofía fijó la vista en Liam, que aún mantenía los labios apretados, sin decidirse a hablar.
—¿Qué significa eso? —su voz sonó rota, pero firme—. ¿Qué no fue un accidente? ¿Qué sabías quién era yo?
Liam cerró los ojos un instante, como si esas palabras fueran cuchillas que lo atravesaban.
—Sofía, yo… —inspiró hondo, temblando—. Yo vine aquí por ti.
El silencio fue tan absoluto que incluso el golpe del metal detrás de ellos pareció desvanecerse por un segundo. Sofía sintió un mareo repentino, como si el suelo hubiera desaparecido bajo sus pies.
—¿Por mí? —repitió, sin comprender—. ¿Qué quieres decir con eso?
El hombre de la llave rió, una risa grave y lenta, como el chirrido de una bisagra oxidada.
—Él sabe más de lo que aparenta. Mucho más. Y tú has vivido en la ilusión de que era solo otro perdido, como tú.
Liam apretó los puños.
—¡Cállate! —rugió, pero el eco de su grito se ahogó en el vapor.
Sofía lo miraba, desconcertada, con lágrimas brillando en los ojos.
—¿Cuánto tiempo llevas mintiéndome?
Liam alzó la mano, como si quisiera tocarla, pero se detuvo a medio camino.
—Nunca quise hacerte daño. Lo juro. Pero cuando me encontré contigo… ya sabía que tenías algo que los demás querían. La caja. Y… la clave que llevas dentro.
Sofía retrocedió un paso, como si esas palabras la hubieran empujado.
—¿La clave… dentro de mí? ¿Qué demonios significa eso?
El golpe en la compuerta principal se repitió, más brutal, arrancando pedazos de metal que cayeron como cuchillas al suelo. El tiempo se acababa.
El hombre de la llave levantó el objeto que giraba entre sus dedos y lo señaló hacia la caja.
—Ella no lo entiende, pero tú sí, Liam. El objeto es solo un recipiente. El verdadero poder está en ella.
Sofía giró la cabeza bruscamente hacia Liam, buscando una negación, una explicación que deshiciera lo que acababa de escuchar. Pero Liam guardaba silencio, y ese silencio fue más devastador que cualquier palabra.
Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas.
—¿Entonces todo fue mentira? ¿Desde el primer día?
Liam la miró desesperado, dando un paso hacia ella.
—No, Sofía, no. Sí me acerqué a ti por una razón… pero lo que siento por ti es real. ¡Eso nunca fue parte del plan!
El hombre de la llave chasqueó la lengua con fastidio.
—El tiempo se acaba. Decidan: ¿la caja o la verdad? La puerta no permanecerá abierta mucho más.
Del otro lado, un nuevo estruendo anunció que la compuerta principal estaba a punto de ceder. Un viento helado se coló por las rendijas, acompañado de un rugido gutural que no parecía humano.
Sofía apretó la caja con fuerza, mirando a Liam con rabia, dolor y miedo.
—Si quieres que te crea, tendrás que demostrármelo ahora.
Liam dio un paso más, casi suplicante.
—Te lo demostraré. Pero tienes que confiar en mí, aunque no entiendas todo todavía.
El hombre de la llave, con una sonrisa siniestra, empujó un poco más la compuerta dorada. El resplandor bañó el pasillo, iluminando la neblina como si fueran brasas flotando en el aire.
—Elijan —dijo con voz grave—. O entran juntos… o no entran en absoluto.
Y en ese instante, la compuerta principal detrás de ellos se abrió de golpe con un chillido metálico. El perseguidor irrumpió entre el humo: una sombra alta, encorvada, con garras que arañaban el suelo y ojos brillando en rojo.
Sofía soltó un grito ahogado, y Liam se interpuso de inmediato entre ella y la criatura.
—¡Corre, Sofía!
La llave giró por última vez en la cerradura secreta, y la puerta dorada comenzó a abrirse por completo, dejando ver un pasillo imposible, iluminado por una luz que no pertenecía a ese mundo.
Sofía tenía que decidir en un solo latido de corazón:
¿confiar en Liam, pese a sus mentiras, o soltarlo todo y elegir su propio camino?