ALEXANDER
Las vacaciones se sintieron más largas de lo habitual. No porque no tuviera cosas que hacer, sino porque por primera vez en mucho tiempo mi cabeza no se quedaba quita. Pasaba los días ayudando en uno de los restaurantes familiares, ocupándome del área administrativa: ajustaba horarios, revisaba proveedores, reorganizaba turnos y resolvía pequeños problemas que siempre parecían aparecer a última hora. La logística me gustaba, tenía algo de orden en medio del caos, aunque en el fondo sabía que lo mío era la psicología. Aun así, trabajar ahí me ayudaba a distraerme, o al menos eso intentaba. Mis padres agradecían la ayuda y yo aprovechaba el tiempo para mantener la mente ocupada, aunque había momentos, sobre todo al final del día, en los que inevitablemente pensaba en Nicole y en lo mucho que la extrañaba.
Fue en una de esas tardes cuando Alejandro apareció por la puerta, como si el tiempo no hubiese pasado. Su sonrisa impecable, segura, ensayada, esa que siempre lograba convencer a los demás de que todo estaba bien, de que él era exactamente quien aparentaba ser. A todos les funcionaba. A mí no.
— ¡Hermano! —dijo, acercándose con una palmada en el hombro—. Hace tiempo que no salimos a tomar algo, ¿no crees?
Le devolví la sonrisa por inercia, aunque por dentro no pude evitar preguntarme cómo podía hablar con tanta naturalidad.
— He estado ocupado —respondí, con tono ligero.
No hizo falta decir más. Alejandro nunca necesitaba demasiadas explicaciones de mi parte, solo espacios donde moverse con comodidad. Detrás de él venía Adriana, con su chaqueta roja perfectamente ajustada, caminando como si cada paso estuviera calculado. Su mirada se deslizaba por las vitrinas, deteniéndose en los reflejos, asegurándose de seguir siendo el centro de atención incluso cuando nadie parecía estar mirándola directamente.
— Alexander, cariño —dijo, inclinándose para besar mi mejilla—. Este lugar cada vez se ve más hermoso.
— Gracias, Adriana —respondí, cuidando mi expresión.
Se sentaron frente a mí y Alejandro empezó a hablar de viajes, deportes y planes futuros, como si su vida fuera una línea recta sin fisuras. La escuche en silencio, asintiendo de vez en cuando, pero algo en su forma de hablar me incomodaba. Se la siente demasiado perfecta, controlada, como si todo estuviera perfectamente ensayado.
— Deberíamos salir los cuatro algún día —dijo Alejandro de pronto, dejando la copa sobre la mesa—. Tú, tu novia, Adri y yo. Una cita doble.
Lo miré unos segundos, intentando descifrar si lo decía en serio o si había algo más detrás.
— ¿Una cita doble?
— Claro —respondió con naturalidad—. Una cena tranquila, un poco de vino, conversación. Así nos conocemos mejor.
Adriana sonrió, pero su expresión se tensó apenas un segundo, lo suficiente para notarlo.
— Sería encantador —añadió, con un tono que sonó más a obligación que a entusiasmo.
Acepté sin darle demasiadas vueltas, aunque algo en mi interior se mantuvo alerta. Alejandro se volvió prácticamente un extraño desde que volvió, aunque creía conocerlo bien. Empiezo a darme cuenta de que no es verdad. Esta propuesta no se sentía tan inocente como parecía.
Los días siguientes pasaron lentos. No había visto a Nicole en una semana y eso empezaba a pesarme más de lo que esperaba. Después de aquella cena, su hermano me pidió que le diera espacio, que no fuera a verla por un tiempo. No insistí. Sabía respetar sus límites, pero eso no hacía que la ausencia de ella doliera menos. Había algo en mi pecho que no terminaba de acomodarse, una inquietud constante que no sabía explicar del todo.
Cuando por fin llegó el día en que pude verla, fui a su casa sin pensarlo demasiado. Toqué la puerta y, cuando apareció, sentí que todo se detenía por un instante. Su sonrisa seguía siendo hermosa, pero había algo distinto en ella. Más frágil y contenida.
—¿Cómo estás, amor? —pregunté, acercándome.
—Bien…un poco cansada, pero mejor —respondió en voz baja.
La observé con más atención. Estaba más delgada, sus ojos tenían una sombra que antes no estaba, y aunque intentaba mostrarse tranquila, algo en su postura delataba lo contrario.
—¿Te gustaría venir a mi departamento? —propuse con suavidad—. Creo que te vendría bien un poco de tranquilidad.
Dudó apenas un instante, como si evaluara algo que no me estaba diciendo, pero finalmente asintió. Avisó a su madre y salió conmigo sin muchas palabras. Durante el camino, el silencio no fue incómodo, pero sí distinto, más denso.
Al llegar, se sentó en el sillón y se acomodó como si necesitaran un momento para ubicarse. Me senté a su lado y hablamos de cosas simples al principio, intentando no forzar nada. Sin embargo, su ánimo seguía siendo inestable, así que me acerqué y la abracé con cuidado, dejando que fuera ella quien marcara la distancia.
Cuando mencioné la idea de la cita doble, noté el cambio inmediato en su expresión.
—¿Con Alejandro y Adriana? —preguntó, levantando la mirada.
—Sí…pensé que podría ayudarte a distraerte un poco.
Guardó silencio unos segundos y empezó a jugar con mis dedos, como si necesitara ese contacto para mantenerse presente.
#3547 en Novela romántica
#1061 en Chick lit
amor verdadero, primer amor, dolor depresion angustia amor esperanza
Editado: 05.05.2026