ALEXANDER
La noche de la cita, llego a buscar a Nicole y me sorprendo de lo hermosa que se ve. Tiene el cabello suelto, los labios en un tono rosado suave y ese vestido azul que tanto me vuelve loco. Sin querer los recuerdos de aquella noche vuelven a mi mente y despiertan otra vez esa parte de mí. Trato de recomponerme para bajar a abrir la puerta y cuando lo hago, me avergüenzo un poco al notar que Niki se dio cuenta.
—¿Quieres repetir lo de anoche? —pregunta con sonrisa burlona—.
Esta personalidad de Niki me encanta, siento que nos acercamos más. No respondo a la insinuación porque sé que trata de evitar la cena de hoy.
—¿Lista?
—Lista —responde con la voz un poco desanimada—.
Durante el camino, hablamos de cosas sin importancia: el clima, el nuevo café cerca del campus, de su hermano Lucas, de mi hermano Antony. Pero de vez en cuando ella miraba a la nada y eso me preocupaba de sobremanera, si antes era cautelosa, siento que de alguna forma desde que conoció a mi mejor amigo, lo está más.
Cuando llegamos, Alejandro y Adriana ya estaban allí. Los vi desde la distancia: él, impecable como siempre, camisa blanca, reloj caro; ella, con un vestido demasiado pegado para mi gusto, todo lo contrario, a mi Niki y para colmo esa risita aguda que tenía hacía que me sienta peor cerca de ella.
Al vernos, ambos se acercan y nos saludan con aparente entusiasmo.
—Nicole —dice Adriana, con una sonrisa que no le llega a los ojos—. Qué gusto verte querida.
—El gusto es mío —responde Niki con cortesía—.
Alejandro solo la mira con una expresión que no se descifrar. No es deseo, ni simple interés, es algo más oscuro y aquello me hace preocupar. La cena comenzó tranquila, charlamos sobre viajes, música, lo que cada uno hace en Londres. Adriana hablaba demasiado, Alejandro en cambio, asentía con esa superioridad que usaba para impresionar. Nicole permaneció en silencio la mayor parte del tiempo, con una sonrisa educada que usa solo cuando alguien no le agrada.
Quise hacerla reír para aliviar la tensión, pero cada vez que lo lograba, Alejandro la miraba con una especie de nostalgia que no entendí.
—Voy a buscar más vino —dije, levantándome—.
—Te acompaño —respondió Alejandro enseguida—.
Fuimos al bar, y mientras pedía la botella, me habló con esa familiaridad arrogante con la que llegó. Definitivamente no conozco a esta persona, él no es mi mejor amigo.
—Tu chica es diferente —dice de pronto—.
Aquel comentario, me parece fuera de lugar y un poco extraño viniendo de él. Que casi nunca alaga a nadie.
—Sí, lo es —respondo, sin dejar de mirar la copa que llenaba el mesero—.
—Tiene carácter —añadió—. Se nota que no es de las que se conforman.
—Por eso me gusta —digo, intentando mantener la calma—.
Él sonrió, con una media sonrisa que no me gustó nada.
—Te deseo mucha suerte. No siempre es fácil manejar a alguien así.
No respondí nada. Tenía ganas de golpearlo. Como se atreve a pensar que voy a ser capaz de controlar o “manejar” a Nicole. Yo solo quiero estar a su lado y formar parte de su vida.
Tomo las copas de vino y regresamos a la mesa en total silencio.
Cuando llegamos, algo en el ambiente había cambiado. Adriana tenía los labios tensos y los dedos entrelazados con fuerza sobre la servilleta. Nicole miraba hacia un punto fijo con un gesto contenido.
—¿Todo bien? —pregunté, dejando las copas en la mesa—.
—Sí —respondieron al unísono las dos demasiado rápido—.
No insistí en el tema, traté de cambiarlo, pero el aire estaba demasiado denso. Entonces, mientras hablábamos de trivialidades, sentí un leve cambio en la expresión de Nicole. Bajó la mirada, su cuerpo se tensó y apretó los labios. De pronto, ella se levantó de golpe.
—Perdón, me acabo de acordar que Lucas me pidió regresar pronto —dice, la voz temblorosa pero firme.
—¿Tan pronto? —pregunta Alejandro divertido—.
Nicole parece querer matarlo con la mirada.
—Sí, lo olvidé por completo —dice entre diente y con la voz contenida—.
Se fue sin siquiera mencionar palabra y yo solo la seguí. Antes me disculpé con los demás, pagué la cuenta y la seguí apresurado al coche.
Durante el trayecto, el silencio fue insoportable. La lluvia golpeaba el parabrisas y las luces de la ciudad se difuminaban en destellos dorados.
—Niki… —dije al fin—. ¿Qué pasó allá dentro?
—Nada —respondió casi instantáneamente—.
—No parece “nada”. Te levantaste como si te hubieras quemado.
Ella respiró hondo, sin mirarme.
—No me agradan esos dos. Alejandro tiene algo que no me gusta.
—Puede ser un poco pesado a veces, pero es buena persona —dije, tratando de calmarla—. Cuando lo conozcas más, verás que es un buen amigo.
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Editado: 05.05.2026