Bianca
El cielo de Roma me recibió con el mismo tono gris que recordaba de mi infancia. Habían pasado trece años desde la última vez que pisé esta tierra, pero el aire seguía oliendo igual… a lluvia, a piedra antigua, a recuerdos que preferiría olvidar.
El chofer me esperaba en el aeropuerto, sosteniendo un cartel con mi nombre. No dije palabra alguna; solo asentí y caminé hacia el coche. El viaje hasta la villa De Luca fue largo y silencioso. Observé los campos italianos pasar a toda velocidad por la ventanilla, intentando no pensar en lo que me esperaba al llegar.
Mi padre, Giuliano De Luca, me había llamado una semana atrás con la voz grave y firme que recordaba.
“Ya es hora de que vuelvas, Bianca. La familia te necesita aquí.”
No me había preguntado si quería regresar. No me había preguntado nada.
Como siempre.
Cuando los portones de hierro de la villa se abrieron, una sensación fría me recorrió la piel. La mansión seguía tan imponente como en mis recuerdos: columnas de mármol, ventanales altos y un silencio que imponía respeto. Era hermosa… pero vacía.
Al bajar del coche, el mayordomo se inclinó con cortesía.
—Bienvenida, signorina Bianca. El señor De Luca la espera en el salón principal.
Tomé aire, enderecé los hombros y crucé el pasillo principal. Cada paso resonaba en el mármol, marcando el ritmo de un corazón que no sabía si latía por nervios o por simple costumbre. Las paredes estaban llenas de retratos familiares, pero ninguno mostraba a mi madre. Como siempre, mi padre había borrado cualquier rastro de ella.
Cuando lo vi, estaba de pie junto a la chimenea, con el mismo porte autoritario de siempre. Canas en las sienes, traje impecable, expresión dura.
Por un segundo, quise abrazarlo.
Pero el impulso murió antes de nacer.
—Has crecido —dijo él, observándome con una mezcla de orgullo y distancia—. Pareces tu madre.
—No vine a hablar del pasado, papá —respondí sin titubear.
Sus ojos se entrecerraron apenas, y su gesto cambió.
—Sigues teniendo ese carácter.
—Tú sigues intentando controlarlo.
El silencio que siguió fue tan espeso que casi podía tocarlo.
Mi padre suspiró.
—Tu habitación está lista. Vittorio llegará más tarde.
El nombre me heló. Vittorio Marchetti.
Mi hermanastro. El motivo por el que la casa nunca me pareció un hogar.
Asentí con frialdad.
—Perfecto. No tengo intención de cruzarme con él más de lo necesario.
Subí las escaleras sin mirar atrás, arrastrando mi maleta y el peso de los recuerdos. Al llegar a mi habitación, empujé la puerta y me detuve. Todo estaba exactamente igual que hace trece años: la cama blanca, el escritorio, el ventanal con vista al jardín. Era como si el tiempo no hubiera pasado, como si hubieran estado esperando que regresara.
Caminé hacia el espejo. Me observé en silencio.
La niña que había sido ya no existía.
La mujer que era ahora, tampoco sabía si quería quedarse.
Y sin embargo, algo en el aire me decía que este regreso no sería temporal.
Dejé mi maleta sobre la cama y me senté un momento, dejando que el silencio me envolviera. Todo estaba tan perfectamente ordenado que resultaba incómodo. Era como si nadie hubiera vivido allí, como si el tiempo se hubiese detenido esperando mi regreso.
Después de unos minutos, me puse de pie y decidí explorar la habitación. Caminé hacia el viejo clóset de madera, aquel donde solía esconder mis muñecas cuando Vittorio se burlaba de mí por ser “demasiado sensible”.
Abrí las puertas lentamente. Un olor leve a madera antigua y lavanda me envolvió. Dentro, colgaban algunos vestidos de cuando era niña, impecablemente doblados, como si alguien los hubiese conservado con cuidado.
Y entonces lo vi.
En la repisa más alta, descansaba un pequeño peluche color crema, con una cinta azul al cuello y un bordado diminuto en la pata: una letra B.
Fruncí el ceño.
No lo recordaba. No recordaba haber tenido algo así. Pero había algo familiar, algo inexplicablemente cálido en su mirada bordada.
Lo tomé con cuidado, como si fuera frágil, y una sonrisa involuntaria se dibujó en mis labios.
—¿De dónde saliste tú…? —murmuré, acariciando la tela suave.
No sabía por qué, pero me gustaba.
Quizá porque no tenía recuerdos asociados. Quizá porque representaba algo nuevo en medio de todo lo que dolía.
Lo llevé conmigo a la cama, lo coloqué junto a la almohada y me recosté unos minutos.
El cansancio del viaje empezaba a notarse, pero el sueño no llegaba. Mi mente giraba en torno a lo mismo: el reencuentro inevitable con mi padre… y con él.
Suspiré y me levanté. Era mejor enfrentar lo que venía que seguir dándole vueltas. Me acomodé el cabello, tomé aire y bajé las escaleras.
La voz de una mujer resonó en el salón principal, elegante, medida.
—Bianca, querida… —El tono de Elenora Marchetti, mi madrastra, era tan dulce como distante—. Qué sorpresa verte tan pronto.