Bajo El Mismo Destino

2

Vittorio

Habían pasado trece años desde la última vez que vi a Bianca De Luca.
Y sin embargo, cuando la vi bajar las escaleras, tuve la absurda sensación de que el tiempo no había pasado… o que todo había estado esperando ese momento.

Ya no era la niña que solía correr por los pasillos con el cabello revuelto y la mirada curiosa.
La joven que se detuvo frente a mí tenía una elegancia natural que desarmaba. Su porte era sereno, pero cada gesto suyo desprendía una distancia calculada, una frialdad que no recordaba.

Su cabello castaño caía en ondas suaves sobre los hombros, y sus ojos —los mismos que una vez brillaban de inocencia— ahora eran claros, serenos, y peligrosamente firmes.
Tenía apenas diecinueve años, pero la forma en que caminaba… la forma en que me miró… no era la de una niña.

Mi madre habló, rompiendo el silencio incómodo, pero yo apenas la escuché.
Mi atención estaba fija en Bianca.
Y en el peluche que sostenía entre los brazos.

El corazón me dio un golpe seco.
Aquel peluche.

Cinco años atrás lo había comprado en un viaje a Londres, con la estúpida idea de que algún día ella regresaría. Había pasado frente a una vitrina, lo vi, y algo me empujó a entrar. Era ridículo, incluso para mí. Pero lo hice.
Lo guardé en su habitación sin decir nada a nadie.

Y ahora, verla con él entre las manos… era como si el pasado me devolviera la bofetada que merecía.

—Ni yo pensé que estarías aquí —había dicho ella.
Su voz sonaba firme, pero había un matiz que solo alguien que la conoció de niña podría notar: una mezcla de desconfianza y… algo más.

Mi madre sonrió con su habitual perfección.
—Qué bonito es ver a la familia reunida otra vez —comentó, intentando suavizar el aire que ya se había vuelto denso.

Familia.
Una palabra demasiado grande para nosotros tres.

Bianca apartó la mirada primero, y en ese gesto entendí que no era solo el paso del tiempo lo que nos separaba. Era todo lo que no dijimos, todo lo que se rompió cuando se fue.

—Has cambiado —murmuré, sin pensar.

Ella se detuvo un instante y me miró con frialdad.
—Era lo esperado.

Sonreí, sin humor.
—Sí… supongo que sí.

Quise decir más, pero no lo hice.
Había algo en su mirada que me advertía que cualquier palabra mal colocada podía levantar un muro imposible de derribar.

La observé alejarse hacia el jardín, con el peluche aún entre los brazos.
Y no pude evitar pensar que el error fue dejarla ir, y que ahora era demasiado tarde para reparar lo que el tiempo —y mi orgullo— habían destruido.

Subí las escaleras con paso lento, intentando convencerme de que no era nada, de que el temblor que sentía en el pecho era simple incomodidad por su regreso.
Pero mentirse a uno mismo es un arte en el que incluso yo ya había perdido práctica.

El sonido de mis propios pasos resonaba en el silencio de la villa, acompañándome como un eco del pasado.
Cada rincón de esa casa tenía un recuerdo, y en la mayoría de ellos… estaba ella.

Bianca.

La pequeña intrusa de seis años que llegó con su maleta rosa y su manera desordenada de mirar el mundo.
Recuerdo que la primera vez que la vi, me quedé quieto, observándola desde el pasillo mientras abrazaba a mi madre con torpeza. Tenía el cabello oscuro y los ojos más grandes que había visto jamás.

Y recuerdo, con la claridad de una herida que nunca cerró, que pensé:
es la niña más bonita que he visto en mi vida.

Tenía doce años. Demasiado mayor para jugar con ella, demasiado joven para entender lo que me pasaba cada vez que la veía sonreír.

Así que fingí no soportarla.
Le quitaba sus juguetes, la provocaba, la ignoraba cuando me buscaba con su voz suave para que la acompañara al jardín.
Era más fácil hacerla llorar que admitir lo que realmente sentía.

Pero por las noches… cuando todos dormían y la casa se sumía en silencio, me levantaba y me asomaba a su habitación.
La observaba dormir, con esa paz que solo tienen los niños, y me quedaba allí, quieto, hasta que el amanecer empezaba a pintar el cielo.

Nunca lo dije a nadie. Ni siquiera a mí mismo.
Pero la verdad es que no soportaba que se fuera.

Cuando la enviaron al internado, la casa se volvió insoportablemente vacía.
Mi madre decía que era lo mejor para su educación.
Yo lo llamé de otra forma: abandono.

Entré en el pasillo del ala norte, donde estaba su habitación. La puerta estaba entreabierta. Desde allí, podía ver el interior: la cama, el espejo, y ese maldito peluche junto a la almohada.
El mismo que había comprado cinco años atrás, como un idiota, con la esperanza de que algún día volviera.

Apoyé la mano en el marco de la puerta y la observé unos segundos.
Dormía de lado, con el cabello desordenado sobre la almohada y la respiración tranquila.
Y en ese instante, el recuerdo de aquellos años volvió a mí con la fuerza de un golpe.

La niña que me robaba la calma ahora era una mujer.
Y lo peor de todo…
era que seguía robándomela.




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