Bajo El Mismo Destino

3

Bianca

Desperté con un sobresalto.
Por un momento no supe dónde estaba. Las cortinas claras dejaban pasar los primeros rayos del amanecer, y el aire tenía ese aroma inconfundible a jazmín que solía impregnar los jardines de la villa.

Respiré hondo, tratando de ordenar los pensamientos.
Había tenido una pesadilla… aunque no lograba recordar los detalles. Solo quedaba la sensación: miedo, desolación, una sombra que me oprimía el pecho.

Me incorporé lentamente. Las sábanas estaban enredadas y el corazón todavía me latía con fuerza. Fue entonces cuando lo vi.
El peluche estaba en el suelo, junto a la cama.

Fruncí el ceño.
Recordaba haberlo dejado sobre la almohada antes de dormir.

Me incliné y lo recogí.
La tela tenía un olor diferente, leve, familiar… a perfume masculino.
A Vittorio.

El pensamiento me sacudió con un escalofrío.
¿Había entrado a mi habitación?
Negué con la cabeza, intentando convencerme de que quizá el viento había movido las cortinas o que yo misma lo había tirado mientras dormía.

Pero la duda se quedó allí, clavada.

Me levanté y abrí las ventanas. El aire fresco de la mañana entró con fuerza, despejándome un poco. La vista del jardín era la misma de mi infancia: los rosales, la fuente, el banco de piedra bajo el olivo. Todo igual… salvo yo.

Tomé una ducha rápida y me vestí con un vestido de lino claro. Necesitaba despejarme.
Mientras bajaba las escaleras, escuché las voces de los empleados moviéndose por la cocina, y el murmullo del agua en la fuente del patio. Era temprano, y la villa comenzaba a despertar.

En el salón principal, mi padre leía el periódico con su habitual rigidez. Levantó la mirada apenas me vio.
—Dormiste mal —comentó, sin saludar.

—Un poco —respondí, evitando entrar en detalles.

—Vittorio me dijo que te escuchó gritar anoche.

Me quedé inmóvil.
—¿Él…?

—Sí —asintió sin levantar la vista del periódico—. Al parecer tuviste una pesadilla.

No supe qué decir.
Así que había estado allí.

Tomé una taza de café del servicio y la sostuve entre las manos, intentando que el calor disipara la incomodidad que me recorría.
Vittorio apareció en ese instante, bajando las escaleras con paso firme.
Llevaba una camisa blanca y el cabello ligeramente desordenado.
Su mirada se cruzó con la mía apenas un segundo, pero bastó para que mi estómago se contrajera.

—¿Dormiste bien? —preguntó con voz tranquila, como si no hubiera nada extraño en su pregunta.

Lo observé con cautela.
—Supongo que mejor que tú, si te dedicas a vigilar los pasillos por las noches.

Una sonrisa leve curvó sus labios.
—Solo me aseguré de que estuvieras bien.

—No lo necesitaba —respondí de inmediato, aunque mi voz sonó más suave de lo que pretendía.

Mi padre carraspeó, ajeno a la tensión.
—Hoy tendremos una cena familiar. No quiero retrasos.

—Por supuesto —dije, dejando la taza sobre la mesa.

Salí al jardín, buscando aire.
El sol comenzaba a elevarse, dorando las hojas de los rosales. Me senté en el banco de piedra y apreté el peluche contra mi pecho, intentando calmar el torbellino que se agitaba dentro de mí.

No entendía por qué su presencia me alteraba tanto.
Quizá era el peso de los años, de lo no dicho, o de la cercanía peligrosa de algo que jamás debí sentir.

Pero lo que sí sabía era que ese reencuentro estaba despertando demasiadas cosas que creía enterradas.

El aire fresco de la mañana me envolvía mientras las hojas del olivo se mecían suavemente sobre mi cabeza. El sonido del agua en la fuente era el único ruido que rompía el silencio, y por un instante me sentí en paz.

Apreté el peluche contra mi pecho, observando cómo la luz del sol se reflejaba en su cinta azul.
Había algo inexplicablemente reconfortante en él, como si de alguna forma perteneciera a un recuerdo que nunca tuve.

Cerré los ojos, respirando hondo.
Y entonces escuché una voz a mis espaldas.

—Ese peluche es mío.

Mi cuerpo se tensó de inmediato.
Giré despacio, y allí estaba Vittorio, de pie junto al olivo, con las manos en los bolsillos y esa expresión serena que tanto irritaba como desconcertaba.

—¿Cómo dices? —pregunté, intentando mantener la calma.

—Digo que ese peluche —repitió, dando un paso hacia mí— lo compré yo.

Mi ceño se frunció.
—¿Tú? ¿Por qué harías eso?

Sus ojos, de un gris intenso, se clavaron en los míos.
—Porque pensé que volverías.

Sus palabras quedaron suspendidas en el aire, entre nosotros, como una corriente invisible imposible de ignorar.

—Eso fue hace cinco años —continuó, sin apartar la mirada—. Lo guardé en tu habitación. Supongo que, en el fondo, creí que si algún día regresabas, lo verías y recordarías algo de aquí.




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