Bianca
El coche era silencioso.
Demasiado silencioso.
Solo el sonido del motor y el golpeteo suave de la lluvia contra el parabrisas llenaban el espacio entre nosotros. Vittorio conducía con una calma casi irritante, la mirada fija en la carretera, el perfil tallado y sereno como si nada en el mundo pudiera alterarlo.
Yo, en cambio, no sabía qué hacer con mis manos.
Jugaba con el cierre de mi bolso, miraba por la ventana, respiraba despacio. Todo para evitar mirar su rostro… aunque cada vez que lo hacía, me sorprendía lo diferente que estaba.
El niño altivo que recordaba había desaparecido; frente a mí estaba un hombre. Uno con la presencia suficiente para hacer que todo el aire del coche pareciera más denso.
—¿Te gusta la ciudad? —preguntó de pronto, sin apartar la vista del camino.
—No lo sé —respondí con sinceridad—. Han pasado muchos años. A veces siento que ya no pertenezco a ningún lugar.
Él asintió apenas, como si entendiera.
El silencio volvió, pero esta vez se sintió más incómodo. Yo podía escuchar el sonido de mi propia respiración, y el latido de mi corazón me resultaba insoportablemente evidente.
El coche se detuvo en un semáforo. Las luces rojas se reflejaron en su rostro, y por un instante, su perfil se tiñó de carmesí.
Lo observé de reojo.
Su mandíbula firme, las manos seguras en el volante, el gesto sereno.
Sin pensarlo demasiado, las palabras escaparon de mis labios:
—¿Tienes novia?
Vittorio giró ligeramente la cabeza, sorprendido.
Sus ojos grises me buscaron por un segundo, y sentí una corriente helada recorrerme la espalda.
—¿Por qué lo preguntas? —dijo con voz baja, casi como un susurro.
—Curiosidad —contesté, encogiéndome de hombros y fingiendo indiferencia—. No me imagino a una mujer soportando tu carácter.
Una sonrisa se dibujó en sus labios, discreta pero sincera.
—No, no tengo novia.
—¿Y eso por qué? —quise saber, aunque no entendía bien por qué me importaba.
—Porque ninguna me interesa lo suficiente —respondió con naturalidad, volviendo la vista al frente justo cuando el semáforo cambió a verde.
No supe qué decir.
Apreté los dedos contra el bolso, intentando ignorar la sensación absurda que sus palabras me provocaban.
El resto del trayecto transcurrió en silencio, pero no era el mismo de antes.
Ahora, el aire dentro del coche estaba cargado de algo distinto. Algo que no podía nombrar, pero que sentía, inevitablemente, cada vez que él respiraba cerca.
Vittorio
No esperaba esa pregunta.
“¿Tienes novia?”
Tan simple, tan directa… y sin embargo, me desarmó por completo.
Durante años imaginé cómo sería volver a verla, cómo reaccionaría al tenerla frente a mí después de tanto tiempo. Pero jamás pensé que sería ella quien me pusiera contra la pared con una sola frase.
La observé de reojo mientras conducía.
Seguía mirando por la ventana, fingiendo desinterés, pero podía ver cómo jugaba con un mechón de su cabello. Ese gesto, tan pequeño, bastaba para delatar su nerviosismo.
La luz verde del semáforo me permitió avanzar, y en ese instante, la curiosidad se apoderó de mí.
Si Bianca quería hacer preguntas, yo también podía hacerlo.
—¿Y tú? —dije con voz tranquila, sin apartar la vista del camino.
—¿Yo qué? —preguntó, girando lentamente hacia mí.
—¿Tienes novio? —repetí, esta vez mirándola directamente.
Su silencio fue mi respuesta inicial.
Bianca apretó los labios, bajó la mirada por un segundo y luego dijo, con un tono que quiso sonar despreocupado pero no lo consiguió:
—No. No tengo novio.
Asentí despacio, aunque por dentro una parte de mí sonrió con satisfacción.
No debía importarme.
No tenía derecho a que me importara.
Y aun así… lo hacía.
—Curioso —murmuré, con una media sonrisa—. No me imagino a ningún idiota rechazando la oportunidad.
Ella giró el rostro hacia mí, arqueando una ceja.
—¿Y eso qué significa?
—Nada —respondí, encogiéndome ligeramente de hombros—. Solo una observación.
El silencio volvió, pero esta vez no era incómodo.
Era denso.
Cargado.
Como si cada respiración, cada mirada fugaz, escondiera algo que ninguno de los dos quería reconocer.
Cuando estacioné frente al edificio de la universidad, Bianca se apresuró a abrir la puerta y salir sin esperarme.
La seguí con la vista, observando cómo el viento jugaba con su cabello oscuro y cómo la luz del sol realzaba el tono dorado de su piel.
Por primera vez en años, entendí que la niña que recordaba había desaparecido por completo.
Y la mujer que tenía frente a mí era un problema que no sabía si quería resolver… o provocar.