Bajo El Mismo Destino

5

Vittorio

La universidad era un edificio moderno, de paredes de cristal y acero, tan distinto del colegio antiguo al que Bianca asistía cuando era niña. Caminaba unos pasos detrás de ella, observando cómo avanzaba con decisión, aunque podía notar en su postura cierta rigidez.
No estaba tan cómoda como fingía.

La seguí mientras entregaba algunos documentos en la oficina de admisiones.
Yo no decía una palabra; solo la observaba.
Su voz, su manera pausada de hablar, el modo en que apartaba el cabello del rostro cuando algo la incomodaba… Era como si cada uno de esos gestos me obligara a verla más tiempo del que debía.

Cuando salimos al pasillo principal, un grupo de estudiantes pasó cerca. Entre ellos, un chico de su edad —alto, con sonrisa confiada— se detuvo frente a ella.

—¿Eres nueva? —preguntó, con esa sonrisa que conozco demasiado bien. La de quien cree que puede tener lo que quiere.

Bianca lo miró, algo sorprendida, y sonrió con cortesía.
—Sí, recién llegué.

—Soy Marco —dijo él, extendiendo la mano.

Ella la estrechó.
Nada fuera de lo normal… pero a mí me bastó ese gesto para sentir cómo algo se tensaba dentro de mí.
No me gustó. Ni su tono, ni su cercanía. Ni cómo él la miraba.

—Vittorio —dije finalmente, interrumpiendo sin pedir permiso.
El chico me miró, un poco incómodo.
—Oh… ¿tu hermano?

—Algo así —respondí, sin molestarme en aclarar.

Bianca me lanzó una mirada que no supe interpretar. Entre sorpresa y advertencia.

Marco se despidió, prometiendo “mostrarle el campus algún día”.
Yo solo lo seguí con la vista hasta que desapareció por las escaleras.

—¿Era necesario eso? —preguntó Bianca, cruzándose de brazos cuando él ya no estaba.

—¿El qué? —repliqué con calma.

—Esa actitud —dijo, exasperada—. No puedes intimidar a todo el que se me acerque.

—No lo intimidé —contesté, aunque sabía que no era del todo cierto—. Solo me aseguré de que entendiera que no debía confundirse.

—¿Confundirse con qué? —preguntó, desafiante.

La miré directamente, sosteniendo su mirada sin decir nada.
Podría haberle respondido cualquier cosa.
Podría haberle dicho que me molestaba verla sonreírle a otro, que no soportaba la idea de que alguien más la mirara como yo la estaba mirando ahora.
Pero no lo hice.

Solo sonreí con calma.
—Con nada —dije finalmente—. Vamos, todavía falta registrar algunas cosas.

Ella bufó, girando sobre sus talones para avanzar delante de mí, y mientras la seguía, no pude evitar sonreír para mí mismo.

Sí, Bianca De Luca había crecido.
Pero algo en mí seguía igual que antes: esa necesidad absurda de tenerla cerca, de protegerla…
y de no permitir que nadie más lo hiciera.

La inscripción había terminado.
Bianca caminaba a mi lado con paso firme, sujetando una carpeta contra el pecho, y yo intentaba aparentar tranquilidad… aunque desde el momento en que aquel chico, Marco, le habló, algo dentro de mí seguía encendido.

Había pasado casi una hora desde entonces, pero cada vez que recordaba su sonrisa y la forma en que la miró, sentía una punzada extraña en el pecho.
No era celos —al menos eso me repetía—. Era simple… preocupación.
O algo parecido.

Nos dirigíamos hacia la salida del edificio cuando escuché una voz masculina a nuestras espaldas:

—¡Nos vemos luego, guapa!

Bianca se giró.
Era él. Marco.
El mismo muchacho que no supo medir su distancia antes.
Y lo peor fue que Bianca… sonrió.

Una sonrisa breve, educada, pero suficiente para que todo el autocontrol que me quedaba se resquebrajara.

Sin pensarlo, avancé un paso y puse una mano firme sobre su hombro, girándola suavemente hacia el frente.
—Vamos —dije con voz baja, aunque el tono no admitía réplica.

Ella me miró sorprendida.
—¿Qué te pasa?

—Nada. Solo que no tengo todo el día —respondí, dirigiéndola hacia el coche.

La conduje con suavidad, pero con decisión. Sentí cómo tensaba los hombros bajo mis manos, pero no se apartó.
Aceleré el paso, ignorando su mirada molesta.

—Vittorio, estás exagerando —dijo finalmente, cuando llegamos al estacionamiento.

—Tal vez —contesté, abriéndole la puerta del coche—. Pero prefiero eso a ver cómo sonríes a desconocidos.

—No tengo por qué darte explicaciones —replicó, mirándome con esos ojos que podían congelar o incendiar en un solo segundo.

—Tampoco te las pedí —dije, sin perder la calma.

Ella frunció el ceño, subió al auto sin decir nada más y se cruzó de brazos, mirando por la ventana.
Yo rodeé el coche y me senté al volante.

El motor rugió.
Durante unos segundos, ninguno habló.
Solo el silencio… y esa tensión entre nosotros que parecía tener vida propia.

Mientras salíamos del campus, la observé de reojo.
A pesar de su evidente enojo, había algo en su expresión que me desconcertó.
No era solo molestia.
Era… desconcierto.




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