Bianca
Una semana.
Siete días desde aquella discusión en el coche.
Siete días en los que Vittorio y yo no cruzamos una sola palabra.
Durante ese tiempo, la casa pareció más grande, más silenciosa.
No lo veía en las mañanas, ni en las noches.
El personal decía que salía temprano y regresaba tarde, siempre con el teléfono pegado al oído y el ceño fruncido.
No era como si me importara.
Al menos, eso me repetía cada noche antes de dormir.
Pero a veces… cuando escuchaba el sonido del motor de su coche alejándose de la mansión, me descubría pensando adónde iría, con quién estaría, o si todavía recordaba algo de aquella conversación en la universidad.
Suspiré mientras me miraba al espejo.
Primer día de clases.
Camisa blanca, falda negra, el cabello suelto cayendo sobre mis hombros.
Parecía tranquila.
Por dentro, no tanto.
Bajé las escaleras con la mochila al hombro.
No esperaba encontrarlo.
Pero ahí estaba.
De pie junto a la puerta principal, con el teléfono en la mano y ese traje oscuro que parecía hecho a medida de su forma de ser: impecable, distante, perfecto.
—Buenos días —dije, apenas audible.
Vittorio levantó la mirada.
Por un instante, creí ver algo en sus ojos. Algo parecido a duda… o tal vez simple cansancio.
—Vamos —dijo con voz baja, guardando el teléfono en el bolsillo de su chaqueta.
El trayecto fue silencioso.
El mismo silencio que se había instalado entre nosotros desde hacía una semana, pesado, incómodo, pero inevitable.
Yo miraba por la ventana, observando las calles que aún me resultaban ajenas.
Y aunque no lo quería admitir, cada vez que el coche se detenía en un semáforo, me encontraba deseando que él dijera algo. Lo que fuera.
Nada.
Cuando llegamos a la universidad, Vittorio estacionó el coche frente a la entrada.
Se giró hacia mí, con esa expresión seria que usaba para mantener las distancias.
—El chófer vendrá por ti a la salida —dijo con calma.
Asentí, sujetando la manija de la puerta.
—Está bien.
—Buena suerte en tu primer día —añadió, y aunque su tono fue neutral, hubo un leve matiz que me descolocó.
Lo miré por un segundo.
Su rostro seguía tan sereno como siempre, pero sus ojos parecían… distintos. Más cansados.
O tal vez era solo mi imaginación.
—Gracias —murmuré finalmente, y bajé del coche.
El aire fresco me golpeó el rostro al cerrar la puerta.
Mientras caminaba hacia la entrada del edificio, no pude evitar mirar de reojo.
Vittorio seguía ahí, con las manos en el volante, observándome a través del cristal.
Y aunque enseguida arrancó y desapareció entre el tráfico, esa imagen se quedó grabada en mi mente más tiempo del que quería admitir.
El campus era amplio y luminoso, con jardines perfectamente cuidados y un aire vibrante que me recordaba lo que se siente empezar algo nuevo.
Era mi primer día… y aunque lo intentara, los nervios me traicionaban.
Caminaba por el pasillo principal cuando una voz familiar me detuvo.
—¡Bianca!
Me giré, y ahí estaba Marco.
Su sonrisa era igual de segura que la primera vez que lo vi.
Camiseta gris, mochila al hombro, y esa mirada que parecía acostumbrada a llamar la atención.
—Hola —dije, algo sorprendida—. No esperaba verte tan temprano.
—Vine a buscarte —respondió con naturalidad—. Pensé que te vendría bien un guía el primer día.
—¿Un guía? —reí suavemente—. ¿Y eso qué te hace? ¿Mi tutor personal?
—Digamos que sí —contestó con una sonrisa divertida—. Ven, te enseñaré la universidad.
Acepté.
Quizás porque necesitaba distraerme, o porque, de alguna manera, su presencia relajada contrastaba con la rigidez del ambiente en casa.
Recorrimos los jardines, los laboratorios, la biblioteca, los salones antiguos y las zonas comunes. Marco conocía cada rincón y, sobre todo, a todo el mundo.
Cada vez que alguien lo veía, lo saludaba con un gesto o una sonrisa.
Pero lo que más me llamó la atención fue lo que escuché de un grupo de chicas que pasaban cerca:
—¿Vieron eso? Marco sonriendo… —susurró una de ellas—. Primera vez que lo hace con alguien.
Me giré hacia él, divertida.
—¿Eso es cierto? ¿No sueles sonreír?
Marco se encogió de hombros.
—Depende de con quién.
—Vaya —murmuré, arqueando una ceja—. ¿Y debo sentirme especial?
—Tal vez un poco —dijo, con una sonrisa que no supe si era provocación o halago.
Seguimos caminando entre los pasillos llenos de estudiantes.
—¿Qué estudias tú? —pregunté, genuinamente curiosa.
—Administración de Empresas —respondió sin dudar—. Último año.
—¿Y además eres guía turístico de nuevas estudiantes? —bromeé.
—Solo de las que valen la pena —dijo, mirándome de una forma que me hizo apartar la vista un instante.