Vittorio
La casa estaba inusualmente silenciosa.
Los únicos sonidos eran el murmullo distante de los sirvientes moviéndose por los pasillos y el leve zumbido de la calefacción.
Ni mi madre ni mi padre estaban; se habían ido a una cena, dejando la mansión casi vacía.
Recorrí el salón principal y la encontré.
Bianca estaba acurrucada en el sofá, los ojos cerrados, con la cabeza apoyada ligeramente sobre el brazo del sillón.
Parecía tan pequeña, tan vulnerable… y, al mismo tiempo, increíblemente hermosa.
Me detuve, observándola en silencio.
Cada línea de su rostro parecía perfecta bajo la luz tenue de la lámpara.
Su respiración era tranquila, rítmica. Dormía ajena a mi presencia, ajena a todo lo que me obligaba a sentir por ella.
Sentí un nudo en el pecho.
Desde que regresó, no podía sacarla de mi mente.
Cada gesto, cada palabra, incluso su manera de ignorarme… todo había comenzado a afectarme más de lo que quería admitir.
Y, sin embargo, sabía la verdad: ella no sentía lo mismo que yo.
Bianca tenía diecinueve años, demasiado joven para entender las complicadas emociones que yo guardaba para ella.
Yo tenía veinticinco. Cinco años de diferencia que lo convertían todo en un juego peligroso, en algo que debía mantenerse bajo control.
Me senté en el borde del sillón contrario, cruzando las manos sobre las rodillas.
La observé unos segundos más.
No podía tocarla, no podía acercarme demasiado… no aún.
Pero no podía apartar la mirada.
Mi mente estaba dividida entre el deseo de protegerla y el reconocimiento doloroso de que me gustaba más de lo permitido.
Respiré hondo, intentando ordenar mis pensamientos.
—No puedes hacer que sienta lo mismo —me recordé a mí mismo en voz baja—. No ahora.
Y aun así, mientras ella dormía tranquila, no pude evitar pensar en todas las formas en que quería acercarme, en cómo deseaba que sus ojos se cruzaran con los míos… aunque solo fuera una vez, aunque solo fuera un instante.
La noche avanzaba lentamente.
Yo permanecí allí, sentado, vigilante.
Observando.
Protegiendo.
Sufriendo, en silencio, porque sabía que lo que sentía por Bianca De Luca no era algo que pudiera confesar… al menos, no todavía.
La observé dormir unos segundos más, incapaz de apartar la mirada.
Su respiración tranquila y su expresión serena me hicieron dudar de mí mismo.
No podía dejar que se quedara en el sofá; no quería que se sintiera incómoda, aunque ella no lo admitiera.
Con cuidado, me levanté.
—Vamos —murmuré en voz baja, más para mí que para ella—. Es mejor que duermas en tu habitación.
Incliné mi cuerpo y la levanté con suavidad.
Ella estaba ligera, frágil entre mis brazos, y no pude evitar sentir un nudo en el pecho.
Su cabeza descansaba contra mi hombro, y su cabello caía con naturalidad sobre mi brazo.
Caminé lentamente por el pasillo, con cada paso resonando en la casa silenciosa.
El eco de mis propios pensamientos me recordaba lo peligroso que era sentir lo que sentía por ella.
Diecinueve años. Solo diecinueve.
Y yo… veinticinco.
Abrí la puerta de su habitación y la deposité suavemente sobre la cama.
Ella se removió apenas, murmurando entre sueños:
—Vittorio… tonto…
No pude evitar sonreír.
Su voz dormida, cargada de indiferencia y ternura al mismo tiempo, hizo que un calor extraño subiera por mi pecho.
Me incliné y deposité un beso suave en su frente.
Cálido, breve, lleno de algo que no podía poner en palabras.
—Duerme —susurré, con el corazón latiendo más rápido de lo que quería admitir—.
Sin decir más, me giré y salí de la habitación, cerrando la puerta con cuidado detrás de mí.
Y mientras escuchaba su respiración volver a calmarse, no pude evitar pensar:
No puedo decirle lo que siento.
Pero cada gesto, cada instante junto a ella, me recordará lo mucho que me importa.
Y aunque intentara alejarme, sabía que no lo haría.
Bianca De Luca ya estaba demasiado dentro de mí.
Cerré la puerta de su habitación con suavidad y caminé por el pasillo hasta la mía.
La mansión seguía silenciosa, casi demasiado.
Solo el crujido del suelo y mis propios pasos rompían el silencio.
Al entrar, me quité la chaqueta y la dejé sobre la silla junto al escritorio.
Me pasé una mano por el cabello, intentando despejarme, pero mi mente seguía atrapada en la imagen de Bianca dormida.
Su respiración, su voz soñolienta, aquel murmullo llamándome “tonto”…
Sonreí sin querer.
Era absurdo.
Tenía que dejar de pensar en ella.
Me dejé caer sobre la cama, saqué el teléfono del bolsillo y lo desbloqueé.
Revisar redes era, al menos, una distracción.
Pasé el pulgar por la pantalla sin demasiado interés: notificaciones, correos, algún mensaje de trabajo.
Nada fuera de lo común.
Hasta que una notificación de Robert apareció.
Robert: “Hermano, estás desaparecido. ¿Qué pasa contigo últimamente?”
Robert: “Ven a tomar algo. Estoy en el bar de siempre.”