Bajo El Mismo Destino

8

Bianca

El reloj del salón marcaba la una y media de la madrugada.
No podía dormir.
Había intentado leer, escuchar música, incluso cerrar los ojos y fingir cansancio… pero nada funcionaba.
Mi mente no dejaba de dar vueltas.

Desde que regresé a la mansión, las noches se habían vuelto largas y pesadas.
Demasiado silencio.
Demasiados recuerdos.

Me levanté y bajé las escaleras con paso lento, envuelta en una manta.
La luz cálida del salón iluminaba el sofá, los libros abiertos y la taza de té ya fría sobre la mesa.

Me senté, dispuesta a intentar leer otra vez, cuando escuché el sonido de la puerta principal abriéndose.
Mi corazón dio un pequeño salto.

Unos segundos después, la figura de Vittorio apareció.
Su chaqueta abierta, el cabello algo despeinado, y ese aire sereno que siempre parecía llevar, aunque sus ojos decían lo contrario.

Me observó en silencio unos segundos, sorprendido.
—¿Todavía despierta? —preguntó con voz grave, rompiendo el silencio.

—No podía dormir —respondí sin levantar la vista del libro.

—¿Y creíste que leer a esta hora ayudaría? —su tono tenía una ligera ironía.

—Al menos lo intento —repliqué suavemente, pasando una página.

Él dejó las llaves sobre la mesa de la entrada y caminó hasta el sofá.
El leve aroma a whisky se mezcló con su perfume, y por alguna razón, el aire se volvió más denso.

—¿Y tú? —pregunté finalmente, cerrando el libro y mirándolo—. ¿Dónde estabas?

—Tomando algo con Robert.

—Ah. —Asentí, fingiendo indiferencia.

—¿Y por qué ese tono? —preguntó, mirándome con una media sonrisa.

—No tengo tono —mentí, cruzando los brazos—. Solo preguntaba.

Sus ojos se detuvieron en los míos unos segundos más de lo necesario.
Había algo distinto en su mirada esa noche.
No era arrogancia, ni distancia… era otra cosa. Algo más profundo, más difícil de entender.

—Deberías dormir, Bianca —dijo finalmente, rompiendo el momento.

—Lo intentaré —murmuré, aunque no me moví.

Él asintió y comenzó a subir las escaleras, pero justo antes de desaparecer por el pasillo, se detuvo.
Giró apenas la cabeza y dijo con calma:

—No deberías desvelarte tanto. Mañana te costará levantarte.

—¿Desde cuándo te preocupas? —pregunté, sin pensar.

Su mirada se cruzó con la mía desde la distancia, y por un segundo, el tiempo pareció detenerse.
—Desde siempre —respondió en voz baja, antes de seguir su camino.

Me quedé quieta, con el corazón latiendo más rápido de lo que debía.
No entendía qué estaba pasando, pero algo en mí sabía que esa calma nocturna era solo el inicio de algo que ninguno de los dos podría evitar.

Dormí poco.
O quizá debería decir que apenas cerré los ojos.
Cada vez que intentaba conciliar el sueño, las palabras de Vittorio volvían a mi mente, suaves pero imposibles de ignorar:
"Desde siempre."

¿Desde siempre qué?
¿Desde siempre se preocupa por mí? ¿Desde siempre me observa con esa mirada que no entiendo?
No tenía sentido.

Cuando el primer rayo de luz entró por la ventana, decidí levantarme. Me vestí con lo primero que encontré —unos jeans, una camisa blanca y un suéter azul—, y bajé a desayunar.
El aroma a café recién hecho me recibió en el pasillo.

En el comedor, Vittorio estaba sentado, hojeando unos papeles mientras bebía de su taza.
Su cabello aún algo húmedo, la camisa negra arremangada hasta los codos.
Parecía tan concentrado que por un instante pensé en volverme y fingir que no lo había visto.

—Buenos días —dije al final, tratando de sonar casual.

Él levantó la mirada, lento, y sus ojos se posaron en mí.
—Buenos días, Bianca.

Solo eso. Ni una sonrisa, ni una mueca.
Como si la noche anterior no hubiera existido.

Tomé asiento frente a él y serví un poco de café.
—¿Y mamá? —pregunté, refiriéndome a su madre, Eleonora.

—Salió temprano con tu padre. Tenían una reunión —respondió sin apartar la vista de los papeles.

Asentí, removiendo distraída el azúcar en la taza.
El silencio volvió, pesado pero familiar.

No entendía por qué me afectaba tanto.
No era la primera vez que Vittorio y yo pasábamos días sin hablar, pero después de aquella frase, ese silencio se sentía distinto.

—¿Dormiste bien? —preguntó de pronto, sin mirarme.

—Lo suficiente —mentí.

—Pareces cansada.

—¿Y tú desde cuándo te fijas en eso? —repliqué antes de poder detenerme.

Él levantó la vista, y por un instante, me sostuvo la mirada.
Su tono fue tranquilo, pero sus ojos decían otra cosa.
—Te lo dije anoche… desde siempre.

Mi corazón se aceleró de nuevo, aunque intenté ocultarlo detrás de una sonrisa sarcástica.
—Tienes respuestas para todo, Vittorio.




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