Vittorio
Verla sentada frente a mí, con esa mezcla de tristeza contenida y confusión en los ojos, me apretó el pecho de una forma que no esperaba.
Bianca hablaba de cartas… de años escribiéndome…
Y yo sin saberlo.
Me tomé unos segundos antes de hablar.
No quería que mi voz sonara dura, porque por primera vez en mucho tiempo, sentía que cada palabra debía ser manejada con cuidado.
—Bianca —dije despacio, observando cómo ella intentaba apartar la mirada—, tú no fuiste la única que escribió.
Ella frunció el ceño, sorprendida.
—¿Qué?
—Yo también te escribí muchas veces.
Desde que te fuiste.
Ella abrió un poco los labios, pero no dijo nada.
Solo me miraba esperando, como si necesitara una explicación completa para poder creerme.
Tomé aire.
—Al principio te mandaba cartas todas las semanas. Después, cada vez que pasaba algo importante. Incluso cuando no pasaba nada… solo quería saber cómo estabas.
Vi cómo su expresión cambiaba, como si mis palabras fueran derritiendo un poco la distancia que tantos años había construido entre nosotros.
—¿Por qué nunca…? —murmuró ella, apenas audible.
—Porque nunca recibí respuesta —respondí en voz baja—. Ni una sola.
Y pensé que… —me detuve, bajando un momento la mirada— pensé que no querías saber nada de mí.
Bianca dejó su taza sobre la mesa con cuidado.
Parecía procesar cada palabra, cada memoria que jamás compartimos.
—Pero si… tú me escribías… —dijo lentamente— ¿entonces dónde están esas cartas?
Mi mandíbula se tensó sola.
Tenía una sospecha.
Una muy desagradable.
—Creo que nunca te llegaron —respondí finalmente—. Igual que las tuyas no me llegaron a mí.
Bianca tardó un momento en hablar, y cuando lo hizo, su voz sonó distinta.
Más herida.
Más real.
—¿Quieres decir que… alguien… las detuvo?
Asentí apenas.
No quería nombrarla aún.
No quería decir madre ni Eleanora hasta estar completamente seguro.
Pero dentro de mí, una furia silenciosa comenzaba a formarse, fría y calculada.
—Bianca… si lo hubiera sabido, habría ido por ti.
Sin importar dónde estuvieras.
Ella tragó saliva.
Sus ojos brillaron apenas, pero no lloró. Bianca no era de las que lloraban frente a otros.
Era fuerte, orgullosa… aunque por dentro se estuviera rompiendo.
—No entiendo por qué haría algo así… —susurró.
Yo sí lo entendía.
Demasiado bien.
Pero no iba a decirlo todavía.
Me recosté ligeramente en la silla, sin apartar mi mirada de ella.
—Lo único que sé —dije con firmeza— es que ninguno de los dos se alejó por decisión propia.
Ella bajó la vista a su capuchino, como si de repente necesitara tiempo para volver a respirar.
Por un instante, el ruido del café, las voces, los platos… todo desapareció.
Éramos solo ella y yo.
El pasado y el presente chocando en una mesa pequeña junto a una ventana empañada.
Y por primera vez, desde que Bianca regresó…
sentí que algo que había estado roto durante años empezaba, muy lentamente, a encajar de nuevo.
Salimos del café sin decir demasiado.
No porque no hubiera nada que decir… sino porque ambos necesitábamos procesar lo que acabábamos de descubrir.
El aire afuera estaba frío, pero Bianca caminaba a mi lado con las manos en los bolsillos, mirando al suelo, como si cada palabra que compartimos dentro del café todavía le pesara en la mente.
Abrí la puerta del auto para que subiera.
Ella lo hizo en silencio, y por un momento pensé en decir algo… cualquier cosa.
Pero no quería presionarla.
Encendí el motor y empezamos a avanzar rumbo a la mansión.
El camino estaba tranquilo, demasiado tranquilo.
Miré de reojo a Bianca; tenía la frente apoyada contra la ventana, observando el cielo gris.
Parecía perdida, y aunque no lo admitiese, eso me preocupaba más de lo que debería.
Estábamos a mitad de trayecto cuando mi teléfono vibró en el tablero del auto.
Vi el nombre en la pantalla.
Giuliano De Luca.
El padre de Bianca.
Contesté.
—¿Sí?
Su voz sonó seria, directa, sin rodeos.
—Vittorio, ¿dónde estás con Bianca?
Miré a la chica un segundo; seguía mirando afuera.
—Cerca de la avenida central. Camino a la mansión —respondí.
—Bien. Cambia de dirección —ordenó sin más—. Tráela a la empresa. Ahora mismo.
Fruncí el ceño.
—¿Ocurrió algo?
—Solo tráela —repitió, con ese tono autoritario que siempre usaba cuando quería dejar claro que no había espacio para preguntas—. Dile que es importante.
La llamada terminó sin despedida.