Vittorio
Salgo de la habitación y cierro la puerta suavemente tras de mí, pero no puedo alejarme de inmediato.
Me quedo apoyado contra la madera, respirando hondo, tratando de ordenar todo lo que siento.
Bianca me acaba de decir algo que esperaba y temía al mismo tiempo: que le gusto, que le gusto mucho… y que eso la asusta.
La idea de que sus emociones sean tan fuertes y sinceras me golpea de lleno. Me recuerda lo joven que es, lo mucho que aún tiene que vivir, y lo frágil que puede ser su corazón frente a la intensidad de lo que sentimos.
Pero también me llena de una certeza que no puedo negar: yo también la quiero.
La quiero más de lo que debería, más de lo que puedo controlar.
Y cada día que pasa, cada mirada, cada roce, cada conversación… solo confirma que no quiero dejarla ir.
Respiro hondo y cierro los ojos por un momento, recordando cómo su mano se entrelazó con la mía en el bosque, cómo su sonrisa se iluminó cuando le hablé, cómo su piel se estremeció en el beso sobre la frente.
Sé que tenemos que hablar, que tenemos que aclarar todo antes de que se vaya del país.
Sé que debemos ser honestos, valientes, y entender hasta dónde podemos llegar sin lastimarnos.
Pero ahora, parado frente a esa puerta, solo puedo pensar en una cosa:
Quiero protegerla.
Quiero estar con ella.
Y aunque la distancia llegue, no pienso permitir que esto se rompa.
Porque Bianca no es solo mi hermanastra.
Es la mujer que hace latir mi corazón más rápido.
La única que me hace sentir vivo de verdad.
Y mientras camino hacia mi habitación, la idea de enfrentar todo lo que viene no me asusta tanto como temí.
Porque sé que cuando la vea de nuevo, con sus ojos color miel y esa sinceridad que siempre me sorprende… voy a encontrar la fuerza para todo lo que tengamos que enfrentar juntos.
Entro a mi habitación y cierro la puerta detrás de mí.
El silencio me envuelve de inmediato, y por un momento me quedo de pie, pensando en Bianca, en sus palabras, en el miedo y la sinceridad con la que me confesó lo que siente.
Me dirijo al baño.
El agua caliente cae sobre mi cuerpo y siento cómo cada tensión acumulada en el día se va deshaciendo poco a poco. Cierro los ojos, dejando que el calor del agua me relaje, mientras mi mente sigue repasando cada gesto, cada mirada, cada palabra que intercambié con ella.
Cuando salgo, envuelto en la toalla, me siento agotado. No solo físicamente, sino emocionalmente.
El corazón aún me late rápido, y mi respiración no termina de calmarse.
Me acerco a la cama y me acuesto lentamente, apoyando la cabeza sobre la almohada.
El cuarto está en penumbra, solo la luz tenue de la lámpara nocturna ilumina un rincón.
Siento cómo el cansancio me vence, pero la imagen de Bianca sigue presente: su sonrisa, sus ojos, sus palabras… todo mezclado con la sensación de que no quiero perder lo que tenemos, ni siquiera por la distancia.
Cierro los ojos y dejo que el sueño me envuelva.
Sueño con su risa, con el lago, con nuestras manos entrelazadas… y por primera vez en mucho tiempo, me siento tranquilo.
Tranquilo, porque sé que cuando despierte, tendremos que hablar de verdad.
Pero también sé que no estoy solo.
Y con ese pensamiento, finalmente me dejo llevar por el sueño.
La luz de la mañana se filtra lentamente por las cortinas.
No es brusca, no irrumpe; llega despacio, como si supiera que la noche dejó demasiadas cosas en el aire.
Abro los ojos poco a poco.
Durante unos segundos no recuerdo dónde estoy… hasta que todo vuelve de golpe.
Bianca.
La conversación.
Su voz temblando al decir que le gusto.
Mi promesa silenciosa de no presionarla.
Respiro hondo y me quedo mirando el techo. El amanecer trae una calma extraña, distinta a cualquier otra mañana. No hay prisa. No hay planes claros. Solo la certeza de que hoy nada puede seguir igual que antes.
Me incorporo y paso una mano por mi rostro, aún húmedo por el sueño. Afuera, la mansión empieza a despertar: pasos lejanos, el murmullo de los sirvientes, el sonido tenue de una puerta cerrándose.
Pero lo único que ocupa mi mente es ella.
¿Habrá dormido bien?
¿Seguirá asustada?
¿Se arrepentirá de lo que me dijo?
Me levanto de la cama y camino hasta la ventana. El cielo está despejado, azul claro, prometiendo un día tranquilo… aunque por dentro sé que será cualquier cosa menos simple.
Hoy tenemos que hablar otra vez.
Con calma.
Con verdad.
Y mientras observo cómo el sol termina de alzarse, hago una promesa silenciosa:
No voy a huir.
No voy a imponer nada.
Pero tampoco voy a fingir que lo que siento por Bianca no existe.
El día apenas comienza.
Y con él, el inicio real de todo lo que viene para nosotros.
Salgo de mi habitación y camino por el pasillo aún en silencio. La mansión está tranquila, bañada por la luz suave de la mañana. Bajo las escaleras con calma… y entonces la veo.