Vittorio
Un año después.
El edificio frente a mí no se parece en nada a la vieja empresa familiar. Aquí todo es vidrio, acero y silencio calculado. Mi nombre brilla discretamente en una placa junto al ascensor: Marchetti Holdings.
Mi empresa.
Apoyo la mano en el respaldo de la silla y observo la ciudad desde el piso veintidós. Ha sido un año largo. Exigente. Lleno de decisiones difíciles, de noches sin dormir y de responsabilidades que ya no podía postergar.
Me alejé para crecer.
Para no depender de nadie.
Para ser el hombre que prometí volver siendo.
—Señor Marchetti, la junta empieza en diez minutos —avisa mi asistente desde la puerta.
—Gracias —respondo sin girarme—. Ahora voy.
Cuando se va, saco el teléfono del bolsillo sin pensarlo. Es un gesto automático, casi inconsciente. Abro la galería.
Ahí está ella.
Bianca.
Una foto reciente: cabello suelto, una sonrisa tranquila, libros bajo el brazo. Ya no es la chica que dejé con el corazón lleno de dudas… es una mujer segura, luminosa.
No hablamos todos los días. Nunca quise atarla. Nunca quise ser una sombra constante. Pero tampoco pasó una sola semana sin que supiera de ella. Cartas, mensajes largos, silencios respetados.
Promesas cumplidas.
Miro la fecha en el calendario digital sobre el escritorio.
Hoy se cumple exactamente un año.
Cierro los ojos un instante y recuerdo su voz, aquella mañana:
“Esperaré.”
Los abro con decisión.
Es hora de volver.
Tomo mi abrigo, apago la pantalla y salgo de la oficina. La junta puede esperar unos minutos más.
Hay algo —alguien— que lleva un año esperándome al otro lado del camino.
—Señor Marchetti —mi asistente vuelve a asomarse, esta vez con el tono firme que solo usa cuando no hay opción—, la junta ya comenzó.
Aprieto la mandíbula. Miro el reloj. Suspiro.
—Está bien… voy —respondo a regañadientes.
Camino hacia la sala de juntas, ajustándome el saco. Al entrar, varias miradas se giran hacia mí. Todo sigue su curso: gráficos, cifras, proyecciones. Escucho, participo, tomo decisiones. Soy el Vittorio que este año me obligó a convertirme en alguien más fuerte, más frío cuando hace falta.
Pero mi mente no está del todo ahí.
Cuando la junta termina, salgo al pasillo y ahí lo veo.
—¿Sigues vivo? —dice Robert, apoyado despreocupadamente contra la pared, con una sonrisa burlona—. Pensé que te habías convertido en una de esas personas que solo existen en reuniones eternas.
—Casi —respondo—. ¿Qué haces aquí?
—Negocios —dice encogiéndose de hombros—. Y curiosidad.
Levanta una ceja.
—Dime algo, Marchetti… ¿cuándo piensas ir a ver a tu amada Bianca?
La pregunta me detiene.
—Hoy —respondo sin dudar.
Robert sonríe, satisfecho.
—Ya era hora. Pensé que ibas a romper tu propia promesa.
—Nunca —digo con firmeza—. Ese año no fue para olvidarla, fue para merecerla.
Robert me da una palmada en el hombro.
—Entonces ve. Algunas cosas no esperan eternamente.
Asiento.
Mientras camino de regreso a mi oficina, saco el teléfono y escribo un solo mensaje, breve, directo:
Estoy volviendo.
No necesito decir más.
Ella sabrá exactamente qué significa.
Entro a mi oficina y cierro la puerta con calma, como si ese simple gesto marcara una decisión definitiva.
Me acerco al escritorio, tomo el teléfono interno y marco a mi asistente.
—Llama al piloto —le digo sin rodeos—. Que prepare el avión.
Hay un segundo de silencio al otro lado.
—¿Destino? —pregunta.
Miro por la ventana una última vez, como despidiéndome de la ciudad que me vio crecer este último año.
—Italia —respondo—. Salimos hoy mismo.
—Entendido, señor Marchetti. Me encargo de todo.
Cuelgo y me recargo en el respaldo de la silla. El corazón me late con fuerza, no por nervios empresariales ni por decisiones financieras… sino por ella.
Bianca.
Un año exacto desde que me fui.
Un año cumpliendo lo prometido.
Un año esperando este momento.
Tomo mi abrigo, reviso que todo esté en orden y, antes de salir, saco el teléfono una vez más. No escribo. No llamo. Prefiero que sea una sorpresa.
Porque algunas promesas no se anuncian.
Se cumplen.