Vittorio
La casa está en completo silencio.
Los pasillos, que durante el día parecen interminables, ahora se sienten distintos, casi cómplices. Las luces están apagadas, solo la luna se cuela por algunas ventanas altas, dibujando sombras suaves en las paredes.
Todo el mundo duerme.
Camino despacio, con cuidado, hasta la puerta de la habitación de Bianca. Toco apenas dos veces, muy suave.
La puerta se abre casi de inmediato.
Ahí está ella, con el cabello suelto y una sonrisa nerviosa que me roba el aliento. No dice nada, solo toma una chaqueta y la cierra con cuidado detrás de sí.
—¿Lista? —susurro.
Asiente.
—Más que nunca.
Avanzamos juntos por las escaleras, evitando hacer ruido, conteniendo pequeñas risas que amenazan con escaparse. Me siento ridículamente joven… y feliz. Como si esta pequeña travesura fuera un regalo después de un año de disciplina y espera.
Salimos por la puerta trasera de la mansión. El aire nocturno es fresco, limpio. El cielo está despejado, lleno de estrellas.
Bianca se detiene un momento y respira hondo.
—Extrañé esto —dice en voz baja.
—Yo te extrañé a ti —respondo sin pensar—. Cada noche.
Camino un poco más adelante y le extiendo la mano. Ella la toma sin dudar, entrelazando sus dedos con los míos.
—¿A dónde vamos? —pregunta.
—A ningún lugar en especial —contesto—. Solo… lejos de todo.
Empezamos a caminar por el sendero que rodea los jardines, con la mansión quedando atrás, cada vez más pequeña. El mundo parece reducido a este momento: el sonido de nuestros pasos, el roce de su mano en la mía, su risa baja cuando tropieza un poco.
Esta escapada no es huida.
Es libertad.
Y mientras avanzamos bajo la luz de la luna, entiendo que no importa cuánto tiempo estuvimos separados.
Esta noche…
Estamos exactamente donde debemos estar.
El aire se vuelve un poco más frío a medida que avanzamos. Bianca se frota los brazos sin darse cuenta, distraída mirando el cielo.
Me detengo y, sin decir nada, me quito el abrigo.
—Vittorio… —empieza a decir.
Ya lo estoy colocando sobre sus hombros.
—No protestes —murmuro—. Te ves mejor con él.
Ella sonríe y se envuelve un poco más, claramente agradecida.
—Gracias —dice—. Entonces… ¿a dónde vamos?
Retomo el paso, sin soltar su mano.
—Primero a comer pizza —respondo—. Y luego al cine.
Bianca se detiene en seco y me mira como si estuviera evaluando si hablo en serio.
—Es medianoche —dice—. El cine está cerrado.
La miro con una sonrisa tranquila, segura.
—Para ti, Bianca… nada está cerrado.
Parpadea, sorprendida.
—¿Cómo que nada?
—Confía en mí —respondo—. Después de un año lejos, no pienso dejar que los horarios nos arruinen la noche.
Ella ríe bajito, negando con la cabeza.
—Eres imposible.
—Y tú sigues aceptándome así —respondo.
Reanuda el paso, pegándose un poco más a mí.
—Entonces llévame —dice—. Tengo hambre y curiosidad.
Aprieto suavemente su mano.
—Eso pensaba.
Y bajo la luna, con mi abrigo sobre sus hombros y una noche que parece dispuesta a darnos todo, seguimos caminando.
Porque esta escapada…
apenas está comenzando.
Caminamos unos minutos más hasta que una luz cálida aparece al final de la calle. Un pequeño local, discreto, con un letrero antiguo que parpadea suavemente.
La pizzería.
Bianca frunce un poco el ceño.
—¿Está… abierta? —pregunta, mirando a su alrededor—. No hay nadie.
Empujo la puerta y una campanilla suena en el silencio de la noche.
—Para nosotros, sí.
Dentro, el lugar está casi vacío. Solo una mesa preparada, velas encendidas y el aroma inconfundible de masa recién horneada. El dueño, un hombre mayor, levanta la vista desde el fondo y sonríe al verme.
—Buona sera, signore Marchetti.
—Buona sera —respondo—. Gracias por esperarnos.
Bianca me mira, sorprendida.
—¿Lo planeaste?
—Un poco —admito—. Quería que esta noche fuera… nuestra.
El hombre asiente con complicidad y se retira sin hacer preguntas, dejándonos solos en el lugar.
Bianca gira lentamente sobre sí misma, observando cada detalle.