Bianca
Los últimos seis meses han sido, sin exagerar, los más felices de mi vida.
Viajes improvisados con Vittorio, cenas largas donde el tiempo parecía detenerse, risas compartidas en lugares que jamás imaginé conocer a su lado. He pasado más tiempo con él del que alguna vez soñé, y aun así… nunca es suficiente.
Me acostumbré a su presencia.
A su forma de mirarme cuando cree que no me doy cuenta.
A su mano buscándome de manera natural, como si siempre hubiera pertenecido ahí.
Y ahora mismo, estoy frente a él.
De pie, en su oficina.
Vittorio está detrás de su escritorio, con el saco perfectamente acomodado, revisando unos documentos con esa expresión seria que todos temen… excepto yo. Porque conozco la otra versión. La que solo me muestra a mí.
Levanta la vista y nuestros ojos se encuentran.
—¿Todo bien? —pregunta.
Asiento, aunque en realidad lo estoy observando. De pies a cabeza. El traje le queda perfecto, como siempre. Elegante, seguro, imponente. Y aun así, sigue siendo el mismo hombre que me lleva por pizza a medianoche y me besa la frente cuando cree que estoy dormida.
—Solo… pensaba —digo.
—¿En qué? —pregunta, dejando los papeles a un lado.
Sonrío sin darme cuenta.
—En lo mucho que ha cambiado mi vida en seis meses.
Se inclina un poco hacia adelante, apoyando los brazos en el escritorio.
—¿Para bien? —pregunta, aunque sus ojos ya saben la respuesta.
—Muchísimo —respondo—. Contigo.
Vittorio sonríe, esa sonrisa suave que me desarma más que cualquier palabra.
Y mientras lo miro, ahí, en medio de su mundo de reuniones, decisiones y responsabilidades, entiendo algo con total claridad:
No importa el lugar.
No importa el momento.
Mientras esté frente a él…
todo se siente como hogar.
Vittorio rodea el escritorio sin decir nada. Se detiene frente a mí y, por un instante, solo me mira, como si el mundo pudiera esperar.
—Ven acá —murmura.
No me da tiempo a responder. Sus manos se apoyan con cuidado en mi cintura y me acerca a él. El beso llega despacio, seguro, cargado de todo lo que hemos construido en estos seis meses. No es apresurado, no es oculto… es nuestro.
Cierro los ojos, dejándome llevar, cuando de pronto—
—¿Señor Marchetti?
Nos separamos casi al instante.
La puerta de la oficina se abre y aparece la agente de relaciones públicas, con una tablet en la mano y una expresión que intenta ser profesional, pero claramente llega en el peor momento.
—Lo siento —dice, aclarando la garganta—. No sabía que estaba… ocupado.
Vittorio no se inmuta. Solo se endereza con calma, volviendo a colocarse el saco como si nada.
—Ahora lo sabes —responde con voz firme—. ¿Qué ocurre?
Ella me mira un segundo, evaluándome, y luego vuelve a él.
—La prensa quiere confirmar su asistencia al evento del viernes… y también —añade, midiendo sus palabras—, preguntar oficialmente si la señorita De Luca es su pareja.
Siento cómo el corazón me da un pequeño salto.
Vittorio no duda.
—Sí —dice—. Lo es. Y no pienso ocultarlo.
La agente asiente, anotando algo rápidamente.
—Entendido. Eso es todo.
Sale de la oficina, cerrando la puerta tras de sí.
El silencio vuelve a envolvernos.
Vittorio me mira y sonríe, ladeando un poco la cabeza.
—Decía… —murmura, inclinándose de nuevo hacia mí.
Sonrío, apoyando mis manos en su pecho.
—Que estábamos siendo interrumpidos —termino la frase.
—Demasiado —responde antes de besarme otra vez, esta vez con más seguridad, como si ya no hubiera nada que esconder.
Y en ese beso, entre papeles, oficinas y miradas ajenas, confirmo algo que ya sabía:
No importa quién entre.
No importa quién mire.
Elegirnos…
siempre va a valer la pena.
Seguimos besándonos, sin prisa, como si el mundo hubiera dejado de existir detrás de esa puerta. Vittorio me acerca más a él y, antes de que pueda anticiparlo, me toma con firmeza y me sienta sobre el escritorio.
—Vittorio… —murmuro, sorprendida, pero sonriendo.
—Tranquila —dice cerca de mis labios—. Nadie va a entrar ahora.
Me besa otra vez, lento, seguro, y cuando se separa apenas un poco, me mira con esa expresión que siempre anuncia algo.
—Tengo una sorpresa para ti.
—¿Una sorpresa? —pregunto, intrigada.