Bajo El Mismo Destino

20

Vittorio

El día amaneció distinto.

No fue solo el cielo despejado ni el aire tranquilo entrando por la ventana de la habitación donde me preparo. Fue esa certeza absoluta, profunda, que se instala en el pecho y no se mueve: hoy me caso con Bianca.

Me miro al espejo mientras ajusto el traje. Nunca me han temblado las manos por una junta importante, por una negociación millonaria o por una decisión que podía cambiarlo todo.
Pero hoy… hoy sí.

Respiro hondo.

Escucho movimiento en la mansión, voces bajas, pasos apresurados, risas contenidas. Todo está en marcha. Todo está exactamente como lo planeamos… y aun así, nada me preparó para este momento.

Mi madre, Eleonora, entra a la habitación. Sus ojos brillan apenas me ve.

—Estás listo —dice con una sonrisa cargada de emoción—. Tu padre estaría orgulloso.

Asiento, sin poder decir mucho más. Si hablo, sé que la voz me va a fallar.

—Ella también lo está —añade—. Bianca está hermosa.

No me sorprende.
Bianca siempre ha sido hermosa… incluso cuando no lo sabía.

Salgo al jardín donde se celebrará la ceremonia. Las flores blancas, la música suave, los invitados ocupando sus lugares. Todo se vuelve secundario cuando tomo mi posición frente al altar.

Y entonces la veo.

Bianca aparece al final del camino.

El tiempo se detiene.

El vestido le cae perfecto, pero no es eso lo que me deja sin aliento. Es su mirada. Segura. Emocionada. Nuestra. Cada paso que da hacia mí borra cualquier duda que alguna vez existió.

Cuando llega a mi lado, tomo su mano. Siento cómo se entrelazan nuestros dedos y todo encaja.

—Estás preciosa —le susurro.

—Y tú estás nervioso —responde con una sonrisa.

—Solo un poco —admito—. Pero es el mejor nerviosismo de mi vida.

La ceremonia avanza. Escucho palabras sobre amor, elección, compromiso… pero lo único que realmente escucho es mi propio corazón latiendo al ritmo del suyo.

—Vittorio Marchetti —dice el oficiante—. ¿Aceptas a Bianca De Luca como tu esposa?

La miro. No hay duda. Nunca la hubo.

—Sí. La acepto. Hoy y siempre.

—Bianca De Luca…

Ella responde con la voz firme, con esa fuerza que siempre admiré.

—Sí, acepto.

Cuando llega el momento, me inclino hacia ella y la beso. No hay prisa. No hay miedo. Solo promesa.

Los aplausos estallan alrededor, pero para mí solo existe ella.

Mi esposa.

Y mientras la abrazo, con el sol cayendo lentamente y nuestras familias observando, entiendo algo con absoluta claridad:

Todo lo que fui antes…
me llevó hasta aquí.

Hasta Bianca.
Hasta este día.
Hasta este para siempre.

La música comienza apenas salimos de la ceremonia, y con ella algo se libera dentro de mí.

La tensión, los nervios, la solemnidad… todo queda atrás en cuanto Bianca me toma de la mano y me jala suavemente hacia la pista de baile.

—Se supone que debemos saludar primero —le digo, intentando mantener la compostura.

Ella sonríe, traviesa, como siempre.

—Se supone —responde—, pero hoy es nuestra boda.

Y tiene razón. Siempre la tiene.

Bailamos mientras los invitados aplauden, algunos ríen, otros se unen. Bianca se mueve con naturalidad, ligera, feliz. Su risa es contagiosa, real, de esas que no se fingen. Yo la giro, ella vuelve a mí, y por un momento olvidamos que hay más gente alrededor.

—¿Te estás divirtiendo? —le pregunto, acercándome a su oído.

—Muchísimo —dice—. Es el mejor día de mi vida.

El mío también.

Pasamos de mesa en mesa recibiendo abrazos, felicitaciones, buenos deseos. Mi madre llora más de una vez; el padre de Bianca me estrecha la mano con fuerza y orgullo. Veo en sus ojos tranquilidad, como si por fin pudiera soltarla sabiendo que está bien.

La cena es un desfile de risas y brindis.

—Por los novios —dice alguien.

—Por el amor —dice otro.

Levanto mi copa.

—Por Bianca —digo—. Por la mujer que me enseñó que el éxito no sirve de nada si no tienes con quién compartirlo.

Ella me mira con los ojos brillantes y choca su copa con la mía.

—Y por Vittorio —añade—. Porque nunca dejó de volver.

Después viene el pastel. Bianca se mancha apenas la nariz de crema y todos ríen cuando intento limpiarla torpemente.

—Eso no era parte del plan —dice entre risas.

—Ahora lo es —respondo, robándole un beso rápido.




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