---Bianca
Cinco años. Solo cinco años, y sin embargo, parece que toda mi vida anterior pertenece a otro mundo. Un mundo donde Vittorio y yo éramos dos jóvenes atrapados entre la distancia, las dudas y las cartas que nunca llegaron. Hoy, mientras observo a nuestra hija dormir plácidamente en su cuna, me doy cuenta de lo lejos que hemos llegado… y de lo que realmente significa la palabra “hogar”.
Su respiración es tranquila, casi perfecta, y su pequeño manita se mueve suavemente sobre la manta. No puedo evitar sonreír, mientras me siento junto a ella, acariciando con cuidado su cabecita. Se llama Elisa, un nombre que elegimos juntos en un día lluvioso en que Vittorio y yo discutíamos sobre nombres imposibles de pronunciar. Él quería un nombre fuerte, que resonara con autoridad, y yo algo dulce, que sonara como una melodía. Al final, nos reímos de nuestras terquedades y elegimos Elisa. Ahora, cada vez que la escucho balbucear o dar su pequeña risita, sé que ese nombre era perfecto.
Vittorio entra en la habitación sin hacer ruido, como siempre. A pesar de que su presencia es imponente, su andar conmigo y con nuestra hija ha cambiado por completo desde aquel primer beso robado hace años. Su traje impecable ha sido reemplazado por una camisa de lino clara, desabotonada un poco en el cuello, y pantalones cómodos. La serenidad con la que me mira me derrite cada vez que nos encontramos en esta habitación.
—Hola, pequeña —susurra, acercándose a la cuna—. Buenos días, amor de papá.
Elisa abre un ojo, parpadea y luego se deja arrullar por la voz de su padre. Vittorio se agacha, la toma entre sus brazos y la sostiene con cuidado, balanceándola suavemente mientras sonríe hacia mí. Esa sonrisa… siempre la misma que me enamoró hace años, solo que ahora hay algo más en ella: responsabilidad, ternura, y el amor que nace de ver la vida que hemos construido juntos.
—Es increíble —le digo—. No puedo creer que sea nuestra.
Él me mira y suspira, apoyando la frente contra la mía.
—Yo tampoco —murmura—. Pero lo es. Y cada día me sorprende más.
Por un momento, el mundo entero desaparece. No hay llamadas, no hay trabajo, no hay correos electrónicos interminables. Solo nosotros, en nuestra pequeña burbuja de felicidad. Siento que podría quedarme así para siempre, contemplando su rostro, respirando el aroma de nuestra hija, escuchando la armonía de nuestras risas silenciosas.
—Te acuerdas de cuando apenas teníamos un año juntos y pasábamos la noche en aquel helicóptero, viendo los fuegos artificiales? —pregunto, abrazándome a él mientras seguimos de pie cerca de la cuna.
Él sonríe, recordando perfectamente.
—Claro que sí —dice—. Fue el primer momento en que me di cuenta de que no había vuelta atrás. Que te elegiría todos los días, sin importar nada más.
Me estremezco. Cada palabra suena como una promesa renovada, y pienso en todo lo que hemos vivido desde entonces: nuestra boda, los viajes, los pequeños desacuerdos que hoy parecen insignificantes, y ahora, este milagro de vida que tenemos frente a nosotros.
—Cinco años —susurro—. Quién diría que todo esto comenzaría con unas cartas perdidas y un destino que parecía jugar en nuestra contra.
Él me toma la mano, entrelazando sus dedos con los míos.
—Nunca estuvo en nuestra contra —me dice—. Siempre estuvo trabajando a nuestro favor. Solo había que esperar el momento adecuado.
Observo cómo su mirada se dirige de nuevo hacia Elisa. La niña se ha quedado dormida otra vez, apoyando su cabecita en el hombro de su padre. Una risa suave escapa de mis labios.
—Mira cómo se parece a ti —susurro.
Él la mira con orgullo y ternura.
—Sí… —responde—. Pero también a ti. No podría imaginarla de otra manera.
Por un instante, solo nos quedamos así, observando a nuestra hija dormir, sintiendo cómo la vida nos ha regalado algo más grande que cualquier fortuna, cualquier logro o cualquier carta que alguna vez enviamos en nuestra juventud.
Después, Vittorio me toma suavemente de la mano y me lleva a la ventana del salón. Afuera, la ciudad brilla, iluminada por luces nocturnas que parecen más cálidas de lo normal. Nos quedamos en silencio unos segundos, viendo el mundo desde nuestra perspectiva, sintiendo que no hay prisa para nada, que finalmente todo está donde debe estar.
—¿Sabes qué es lo mejor de todo esto? —me pregunta finalmente.
—¿Qué? —le pregunto, apoyando la cabeza en su hombro.
—Que todavía tenemos tiempo. Tiempo para ella, para nosotros, para todo lo que queramos construir juntos. Este es solo el comienzo. —Me abraza con fuerza, como si quisiera que todo este instante durara para siempre—. Y créeme, no hay nada que desee más que seguir viéndote sonreír todos los días.
Sus palabras me hacen cerrar los ojos un segundo, llenándome de emoción. Pongo mi mano sobre la suya, entrelazando nuestros dedos con suavidad. Siento la seguridad que siempre he buscado en él, el amor que me prometió y que ahora tenemos materializado en nuestra familia.
—¿Y sabes qué más? —le digo, bajando la voz—. A veces me da miedo. Miedo de que todo esto sea tan perfecto que no pueda sostenerlo.