Capítulo 1 – Ariadna
Dicen que cuando uno está a punto de rendirse es cuando más cerca está de lograrlo.
No sé si eso sea cierto o solo algo que los libros de autoayuda repiten para que uno no se hunda. Pero esta mañana, mientras mis piernas tiemblan por el esfuerzo y la adrenalina se me enreda con la frustración, me siento más cerca de rendirme que de lograr cualquier cosa.
No contesto. Solo asiento. A estas alturas, cualquier palabra sería un desperdicio de energía. Me coloco en posición, respiro profundo y me lanzo. El hielo cruje bajo mis patines como si me advirtiera que lo piense dos veces. A mitad del giro, algo se tuerce. Caigo de lado, la rodilla contra hielo, y el orgullo por el suelo, me he hecho daño, pero intento disimularlo para conservar la poca dignidad que todavía siento.
Escucho un “uy” colectivo de los pocos que están alrededor, como si todos sintieran el dolor conmigo. Yo solo cierro los ojos un momento y aprieto los dientes, esa pequeña expresión guarda muchos significados, decepción, lástima, fracaso...
— ¡Mierda! — golpeo el hielo con la palma, más por frustración que por dolor. Me duele todo, pero sobre todo el orgullo.
Entonces lo escucho. Un aplauso lento. Irónico. Y una voz que me helaría incluso si no estuviera sobre el hielo, una voz que llevo demasiado tiempo sin escuchar, al menos físicamente, porque cada día recuerdo cada una de sus palabras, cada uno de los momentos que vivimos juntos durante años.
— Buen intento. ¡Así se hace!
No necesito girarme para saber quién es. Reconozco esa voz con el mismo instinto con el que se reconoce el calor del sol en pleno verano. Porque me ha acompañado toda la vida, incluso en los años en que no estaba, su recuerdo ha estado presente en cada logro y cada fracaso que he tenido durante los últimos años, su marcha pareció más una huida que una oportunidad, pero él no tenía motivos para huir y yo no tengo motivos para seguir enamorada después de tanto tiempo, pero la vida es así, momentos y sentimientos que no tienen ningún tipo de lógica o explicación.
Ahí está Leo, como un fantasma, y al mismo tiempo más presente que nunca, por mi mente pasan todos los recuerdos que tenemos juntos, todas las primeras veces que vivimos juntos y sobre todo todas aquellas que no vivimos.
Él y Adrián siempre fueron inseparables. Como hermanos, aunque no de sangre. Yo era la hermana pequeña de su mejor amigo, la que a veces se metía en medio de sus videojuegos o intentaba imitarlos. Ellos, adolescentes, yo una niña con trenzas y sueños demasiado grandes para mi edad, quería ser como ellos o, mejor dicho, como las chicas en las que ellos se fijaban.
Recuerdo con claridad la primera vez que supe que me gustaba. Puede parecer un cliché, pero es que nadie me había mirado como él lo hizo, y nadie nunca me había hecho sentir al borde de un precipicio y aun así querer saltar.
Tenía once años, Leo dieciocho, a penas teníamos una diferencia de siete años y aunque pueda parecer mucho para una niña, yo sabía perfectamente que acabaría casándome con él, o al menos eso creí hasta que se marchó. Había venido a casa con una herida en la ceja y una sonrisa torcida, incluso cuando su rostro estaba lleno de dolor, era increíblemente guapo. Según Adrián, se había peleado en la universidad durante un partido de baloncesto. - Por una estupidez -, dijo él. Pero Leo no lo negó. Solo me guiñó un ojo y dijo: - A veces vale la pena pelear por lo que importa -. En ese momento sentí que me dio esperanzas para luchar, si realmente tienes un objetivo, merece la pena pelear contra todo el mundo para conseguirlo, porque esa es la única forma de lograr la verdadera felicidad.
Desde ese día, me dediqué a encontrar excusas para estar cerca de él. Un dibujo, una pregunta, un vaso de agua. Él me trataba con esa dulzura condescendiente que usan los adultos cuando no saben que alguien está enamorado de ellos, me pregunto qué habría hecho si hubiera sabido mis intenciones, si me hubiera descubierto oliendo su camiseta de baloncesto después de la final, si hubiera leído todas las cartas que le escribía por su cumpleaños, navidades, San Valentín...
Yo sin duda lo estaba. Y seguí estándolo a pesar de todo el tiempo que había pasado.
Incluso cuando se fue a la universidad más lejana que encontró para hacer el máster, no lo entendí, Adrián se quedó cerca, pero Leo se marchó a miles de kilómetros, puso una distancia entre nosotros que todavía me duele. Incluso cuando no volvió por las navidades. Incluso cuando dejó de escribirle a Adrián con tanta frecuencia y sus vidas tomaron rumbos distintos.
Todavía recuerdo como me escondía en el salón para escuchar sus conversaciones, la primera vez que escuché a Leo hablando sobre la chica con la que salía en el instituto, me rompió el corazón, yo era demasiado pequeña para entender de lo que estaban hablando, besos, caricias y mucho más que pude comprender cuando fui creciendo. El día que entendí todo lo que eso significaba debía tener unos quince años, ese día me enfadé con Leo, vino a casa y no le dirigí la palabra, estaba triste y decepcionada, él debería haberme esperado a mí para todo eso. También estaba enfadada con Adrián por no impedirlo.