Bajo El Mismo Techo

Capítulo 2 – Leo

Capítulo 2 – Leo

La primera vez que volví a casa después de cinco años, todo olía igual. Incluso ella olía igual después de tanto tiempo.

A pan recién hecho por la señora Carmen del tercero. A humedad vieja subiendo por las escaleras. A memoria. A cosas que no se dicen, pero que están ahí, esperándote, como los cuadros torcidos en el pasillo de entrada al edificio. Secretos guardados y sentimientos ocultos que nunca se pueden mostrar.

Adrián me ofreció su sofá. O bueno, intentó hacerlo. Pero la última vez que me quedé en su casa terminé con una contractura que me duró tres sesiones de fisioterapia y una semana entera de quejas. Así que esta vez fui más listo: alquilé el piso de arriba mientras terminaban las reformas de mi nuevo apartamento en el centro. Aunque ella todavía estaba demasiado cerca, de alguna forma me gustaba tener a Ariadna como vecina, pero sería mucho más difícil mantenerme alejado de ella. Me pareció poético. Y conveniente. Casi como si el destino jugara a mi favor por primera vez en mucho tiempo. Aunque sabía que ella estaba prohibida para mí, así me lo dejó claro Adrián hace cinco años, cuando descubrió que estaba completamente enamorado de su hermana pequeña, en ese momento solo era una niña de dieciséis años con el cuerpo y la inteligencia de una mujer, la más increíble que había conocido nunca. Yo ya tenía veintitrés años y había vivido y experimentado todo lo que a ella le faltaba.

No me esperaba verla tan pronto. Tan distinta. Y tan igual. Mi Ariadna.

La pequeña hermana de Adrián, la que solía seguirnos por todo el barrio como una sombra con coletas y patines en los pies. Recuerdo que en una época solía hablar de ella como "la mocosa". Hasta que dejó de ser una niña.

Hasta que una Navidad, con dieciséis, me abrió la puerta de casa y me miró como si hubiera estado esperándome toda su vida. Como si mi vida no fuera un completo desastre y ella pudiera dar luz a mi oscuridad.

Hace cinco años

Como cada Navidad iba a cenar con Adrián y Ariadna, sus padres murieron hacía tres años y desde entonces Adrián ha cuidado a su hermana, yo la he visto crecer, es la persona más increíble que existe, risueña y llena de sueños por cumplir. Yo estaba en mi último curso y hacía un año que no los veía, cuando llamé al timbre esperaba encontrar a la misma niña que dejé el año pasado, pero habían pasado doce meses y Ariadna había cambiado, su cuerpo era el de una mujer, sus labios estaban más sonrojados y su mirada de ese azul celeste del que me quedé prendado el primer día que la vi ahora era más intenso que nunca. Llevaba un vestido corto con unas mallas negras debajo y la diadema de reno que usaba todos los años desde que se la regalé. Me abrazó de una forma y sentí unas cosas que nunca había sentido, no era afecto por una hermana, no era lástima por la vida que le había tocado llevar, era deseo y era cariño.

  • Bienvenido a casa, Leo.
  • Gracias.

La cena fue divertida, anécdotas, historias, recuerdos, pero yo no podía apartar mis ojos de Ariadna y su hermano se dio cuenta, no quería perder mi amistad con Adrián, era el hermano que mis padres debido a su divorcio y sus diferencias nunca pudieron darme. Cuando terminamos nos sentamos en el sillón con una cerveza mientras Ariadna iba a por el turrón navideño que traje de Suecia.

  • No lo sigas haciendo hermano.
  • ¿A qué te refieres Adrián?
  • No te enamores de Ariadna, es solo una niña y es mi hermana. Aléjate de ella si es necesario, pero olvídalo.

Adrián tenía razón, ella era solo una niña y yo en ese momento no podía ofrecerle nada, seis meses después cambié de universidad para poner distancia entre los dos. Pero quizás cinco años no han sido suficientes. Sigo sin poder apartar la mirada de Ariadna.

Actualidad

Esa fue la última vez que la vi como la mujer que realmente es.

Y ahora está aquí. En el hielo. En mi cabeza. En todas partes, desde que la vi caer con una mezcla de rabia, orgullo y belleza. Se levantó tan rápido y sin quejarse por el dolor que había sentido. Porque hay algo hermoso en quien se levanta justo después de una caída. Y Ariadna se levantó. Se sacudió el dolor como si fuera escarcha. Y luego me miró con esos ojos que me harían quemar el mundo.

Estoy jodido.

— ¿No deberías estar trabajando? — me pregunta Adrián mientras se sirve un café.

— ¿Y tú no deberías estar agradecido de que tu socio mantenga las cuentas al día y a tu hermana motivada? — respondo con una sonrisa ladeada.

Quizás no debería haberla mencionado tan pronto, solo hacía unas horas que había aterrizado y ya estaba hablando de ella. Le juré a Adrián antes de volver que mi encaprichamiento con su hermana había terminado, que había conocido a muchas mujeres de verdad y apropiadas para mí durante estos años. Todo es mentira. Lo intenté de verdad, pero cada mujer con la que salía tenía algo de Ariadna, su cabello, su sonrisa, sus ojos. Estaba presente en cada día, y ese es el motivo por el que nunca he vuelto a poder estar con alguien. Porque la busco en cada momento, pero nadie es como ella.

Estamos en el estudio. Las paredes están llenas de bocetos y pizarras con fechas que se cruzan y se tachan. Desde que abrimos hace tres años, el negocio ha crecido más de lo que cualquiera de nosotros habría imaginado. Somos Leo&Co. Él pone el "&Co". Yo me encargo del resto.




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