Capitulo 3 - Ariadna
Cuando le conté a Nico mi plan se negó. Después le conté mi lamentable enamoramiento durante casi diez años con Leo, su huida y su vuelta y poco a poco accedió. Sabía que me ayudaría, realmente Nico no tenía que hacer nada, solamente mostrarse un poco más cariñoso de lo normal conmigo. Creo que terminé de convencerlo cuando le aseguré que las demás chicas del equipo lo dejarían tranquilo si pensaban que tenía novia. Todavía no está preparado para salir del armario, sus padres son algo tradicionales y tiene miedo de cómo podrían reaccionar.
A veces siento que mi vida está dividida entre el hielo y todo lo que no sé decir en voz alta. Todo lo que mi mente no para de reproducir una y otra vez, mi infancia, el primer día que vi a Leo, el accidente de mis padres, su funeral, la casa de acogida hasta que Adrián fue mayor de edad, la soledad, el abandono de Leo. Porque todas las personas que amo me terminan abandonando.
Entrenar. Caer. Levantarme. Fingir que no me duele. Sonreír cuando no quiero. Evitar mirar a Leo como si aún fuera la niña que se quedaba embobada viéndolo jugar con mi hermano. Pero resulta que no soy una niña. Y él no es un recuerdo. Está aquí. En el piso de arriba. En mi cabeza. En mi vida otra vez. Pero se volverá a ir, todos los hacen, incluso Adrián sé que se irá algún día y me dejará sola.
Al menos tengo a Nico y él me tiene a mí. Y ahora es mi cómplice.
Un plan absurdo. Ridículo. Necesario. Necesario para cerrar heridas del pasado que se han vuelto más presentes que nunca.
— ¿Lista para tu primer "entrenamiento de conquista"? — dice Leo desde la puerta del gimnasio comunitario. Se ha puesto una camiseta gris que le queda peligrosamente bien y sostiene dos botellas de agua como si fuera mi entrenador personal.
— ¿Así lo vamos a llamar?
— Es más vendible que “plan desesperado para impresionar a un compañero que probablemente no está tan interesado como crees”. Pero si no estás preparada podemos dejarlo, entiendo que sea demasiado para ti.
Le lanzo una mirada asesina. Él sonríe. Pero en el fondo sé que está hablando en serio, no quiere estar aquí y me está ayudando a conquistar a otro chico como si no le importara nada.
Los primeros días de este “entrenamiento” consisten en cosas que, según Leo, aumentarán mi seguridad: postura corporal, mirar a los ojos, tono de voz, pequeños gestos que marcan la diferencia.
— No es para cambiar quién eres — dice mientras caminamos por el parque tras uno de nuestros ensayos. — Es para que el mundo vea todo lo que tú no estás dejando salir.
Y la verdad es que, aunque me cueste admitirlo… me gusta pasar tiempo con él. Me hace reír. Me escucha. Me reta. Y hay momentos — muy cortos, muy traicioneros — en los que me pregunto si de verdad esto es solo un juego para ayudarme a conquistar a otro. O si realmente me está convirtiendo en una de esas mujeres con las que sale, alguien que le puede llegar a gustar, alguien de quien se podría enamorar tan fácil como yo lo hice.
Como hoy, por ejemplo.
Estamos en el café del centro, justo después del entrenamiento. Leo me está explicando cómo mantener una conversación interesante sin parecer forzada. Yo finjo tomar apuntes. Él finge que no nota cómo lo miro. Aunque nuestras miradas se cruzan de vez en cuando, mis mejillas se sonrojan cuando me pilla, pero solo me sonríe de lado como suele hacerlo siempre que algo le parece divertido.
— ¿Y si simplemente… no tengo nada interesante que decir? — pregunto.
— Entonces usas la herramienta más poderosa de todas.
— ¿Cuál?
— El silencio.
Parpadeo. Después entrecierro los ojos y lo miro.
— Eso no tiene sentido.
— Claro que sí. Un silencio bien colocado puede hacer que el otro se incline hacia ti. Literal y emocionalmente. El que domina el silencio, domina la conversación.
Lo dice con esa seguridad suya que podría vender hielo a un esquimal. Y me doy cuenta de que no es solo lo que dice, es cómo lo dice. Leo tiene esa forma de ocupar el espacio que hace que los demás giren a su alrededor como si fuera un planeta con su propia gravedad.
Y yo… yo estoy peligrosamente cerca de su órbita.
Una noche, después de practicar hasta que los pies me dolieron más de la cuenta, subí al piso de Leo solo para devolverle un libro. O eso me repetí unas mil veces antes de tocar la puerta.
— ¿Ya te has cansado de entrenar? — preguntó con una sonrisa cuando me abrió.
— Más bien estoy haciendo un descanso — dije, entrando como si no fuera la primera vez. Le extendí el libro, pero él abrió la puerta invitándome a entrar.
Nos sentamos en el suelo, con una botella de vino a medio terminar y una lista de reproducción lo suficientemente nostálgica como para hacernos hablar de cosas que normalmente no decimos.
— ¿Alguna vez pensaste en rendirte? — pregunté.
Leo miró al techo por un momento, como si allí estuviera la respuesta.
— Sí. Cuando el primer negocio quebró. Cuando pensé que nunca sería suficiente. Cuando me alejé de vosotros. De ti.