Bajo El Mismo Techo

Capítulo 4 – Leo

Capítulo 4 – Leo

A veces, uno cree que puede manejarlo todo. Que la vida es cuestión de planificación, control y decisiones racionales. Así funciono yo. Así he construido todo lo que tengo. Pero entonces ella entra en la pista, gira sobre el hielo como si flotara, sonríe con esa mezcla de determinación y dulzura… y todo ese control se vuelve humo. Sobre ella no tengo control y creo que nunca lo tendré, ella se siente libre en la pista y atada a los problemas de la vida, pero me siento incapaz de cortar sus alas.

Esa mañana fui a verla practicar. No tenía por qué, pero lo hice. Me dije que era solo para asegurarme de que el plan con Nico seguía su curso, pero la verdad es que no podía dejar de pensar en ella. En cómo me mira cuando cree que no la veo. En cómo se ríe cuando se le escapa una tontería. En cómo me duele verla acercarse a otro. Está abrazando a Nico. No he podido tenerla en mis brazos desde que volví, la otra noche se apoyó en mi hombro y sentí que pude volver a respirar. Quiero tener todos los primeros momentos de ella. Su primera sonrisa por la mañana, la primera persona a la abrace cada día. Su primer beso. Su primera…Borro esas imágenes de mi mente y vuelvo a mirarla.

Y entonces ocurre.

Estaba terminando una serie de saltos cuando el filo del patín parece engancharse con algo. Nico solo tenía que cogerla, yo nunca la dejaría caer. Su cuerpo voló con violencia y el impacto contra el hielo me heló la sangre. No reaccioné. Solo corrí. Ni siquiera escuché a los entrenadores. Solo recuerdo su grito, sus ojos llenos de dolor y mi corazón golpeando como si quisiera salirse del pecho.

  • ¡Ariadna! — grité, deslizándome a su lado.

Ella estaba pálida, temblando. Sujetaba su tobillo con fuerza.

— No puedo moverlo — murmuró, con los ojos llenos de lágrimas. No puede estar pasando, este es su sueño y ella es el mío.

— Tranquila, ya estoy aquí. — La tomé en brazos antes de que alguien pudiera decirme qué hacer—. Te voy a llevar al hospital.

No pregunté. No pedí permiso. Solo sabía que no podía dejarla sola. Nico se acercó, pero pasé por su lado sin decir nada. No ha podido protegerla y no se merece su amor. No se merece estar cerca de ella. Yo daría mi vida por sentir su dolor y que ella volviera a tener esa sonrisa que ilumina mi vida.

En la sala de espera, sentía que iba a enloquecer. Caminaba de un lado a otro, con las manos en el cabello, repasando cada segundo de lo que había pasado. ¿Y si era grave? ¿Y si ese salto le costaba su sueño? Había llamado a Adrián de camino al hospital, llegó incluso antes que nosotros. Durante el viaje en coche Ariadna no dijo ni una sola palabra, solo lloraba y yo apretaba el volante con más fuerza cada vez que caía una lágrima nueva.

El ruido constante de los teléfonos sonando, las voces mezcladas y el tintinear de tazas de café en la oficina no me molestaban tanto como solían. Había aprendido a convivir con el caos, a encontrar cierto orden dentro del desorden. Era un reflejo de cómo había construido mi vida: a golpes, con paciencia y sin demasiadas concesiones.

Adrián y yo habíamos pasado años montando nuestro negocio. Lo que empezó como una idea loca en un bar terminó siendo una pequeña empresa con clientes fijos, retos y una cantidad abrumadora de papeleo. Verlo crecer era un orgullo, pero también una responsabilidad que me mantenía encadenado a la rutina.

Cuando el médico salió, me levanté de golpe.

— ¿Está bien? ¿Qué tiene? — me adelanté a Adrián y no me importaba.

El tipo me miró como si no entendiera por qué yo, un adulto claramente nervioso y fuera de lugar, estaba tan alterado.

— Se torció el tobillo con bastante fuerza. No hay fractura, pero necesitará reposo absoluto durante al menos dos semanas. Nada de hielo.

Asentí sin decir nada. Dos semanas. Para ella eso era una eternidad. Para su carrera, una amenaza. Para mí… un infierno si no sabía cómo ayudarla. Si se lo decía la rompería en mil pedazos, pero prefería ser yo quien le diera la noticia, quería ser yo quien se llevase su angustia y la reconfortara con mis brazos. Por un momento me olvidé de Adrián, él también estaba en el hospital y él era su verdadera familia.

Cuando entré a verla, estaba recostada en la camilla, con la mirada perdida en el techo. Me senté junto a ella sin decir palabra, solo le tomé la mano. Por suerte Adrián se marchó a firmar el alta y no tuve que contenerme para acercarme a ella.

— ¿Qué dijeron? — preguntó en voz baja.

— Que necesitas descansar. Solo eso. No es grave.

Sus ojos se llenaron de lágrimas. No por el dolor, sino por la frustración. Y algo en mi pecho se rompió un poco.

— Vas a volver al hielo, Ari. Solo necesitas parar un momento. Te vendrá bien.

Ella asintió, pero no me creyó. Lo vi en sus ojos.

Esa noche, fui a verla. Estaba volviéndome loco sin saber a cada segundo que estaba bien. Fue Adrián quién me abrió la puerta. Cuando nos quedamos solos, me miró con el ceño fruncido.

— Mañana tengo que salir de viaje, ya sabes lo del nuevo cliente en Barcelona. Solo serán siete días. ¿Puedes pasar por casa para asegurarte de que Ariadna esté bien?

— Puedo quedarme — dije antes de pensarlo demasiado—. Traeré algunas cosas y trabajaré desde aquí, también puede mudarme Ari si lo prefieres.




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