Bajo El Mismo Techo

Capítulo 5 – Ariadna

Capítulo 5 – Ariadna

Nunca pensé que una caída me pondría en esta situación. Con el pie vendado, atrapada en casa, sin poder patinar… y con Leo viviendo conmigo.

No lo vi venir. Tampoco pregunté si estaba seguro. Cuando me lo dijeron, simplemente asentí. Porque una parte de mí, la más irracional y temblorosa, quiso aferrarse a esa presencia que había estado demasiado cerca y demasiado lejos por tanto tiempo. Me ilusionaba saber que estaba preocupado por mí, cuando vi su rostro de desesperación en mi caída supe que le importaba. Quizás solo como una hermana, pero tenía un hueco en su corazón guardado para mí. En cambio, mi corazón le pertenecía completamente a él.

Y ahora estaba ahí. En mi cocina. Preparando el desayuno.

— ¿Qué es todo eso? — pregunté, apoyada en el marco de la puerta, con el pie en alto sobre un cojín.

Leo giró con una espátula en la mano y una expresión orgullosa.

— Arte. O desastre. Aún no lo decido. Supongo que podrás comprobarlo. Espero que esté comestible.

— ¿Estás cocinando tú?

— Mujer herida necesita alimento. — Sonrió con ese brillo en los ojos que desarma—. Si no puedes patinar, al menos vas a comer como una reina. O al menos intentarlo.

Lo que fuera que preparó tenía forma de tostadas, aunque no necesariamente la textura. Estaban doradas por fuera y misteriosamente blandas por dentro. Creo que mi yo de once años le ganaría si estuviéramos en un concurso de cocina, pero me pareció tan tierno que no me resistí a probarlas.

— Esto está... sorprendentemente comestible — dije después del primer bocado.

— Esa es la crítica gastronómica más cálida que me han dado jamás. Puedo añadir a mi curriculum “chef culinario

— Deberías dedicarte a los brunchs. Deja el negocio con Adrián. Serías más asquerosamente rico de lo que ya eres.

— Claro, porque cuidar de una patinadora testaruda y cocinarle tostadas mal hechas es mi verdadera vocación.

  • Lo sabía, todo esto era una excusa para adueñarte de mí cocina.

Reímos. Y en ese momento, con el sol entrando por la ventana y el olor dulce de la vainilla en el aire, se me olvidó que estaba rota. Solo por un segundo.

Día dos fue… incómodo.

No podía ducharme sola. Era humillante tener que admitirlo, pero no podía sostenerme bien, ni apoyar el pie sin sentir un latigazo.

— Puedo llamar a una enfermera — le dije, sin mirarlo a los ojos.

Leo se cruzó de brazos.

— O puedes confiar en mí. Vamos, Ari.

No respondí. Me limité a tragar saliva y asentir. Todo el trayecto al baño fue tenso. Él me sostuvo por la cintura como si tuviera miedo de romperme. Me ayudó a sentarme en un banco dentro de la ducha, manteniéndose fuera, con la cortina cerrada, dándome privacidad… hasta que no pude manejarlo sola.

— Leo… —llamé, apenas un susurro.

Él apareció al instante.

— ¿Todo bien? ¿Te has hecho daño?

Negué. Me cubrí con una toalla, avergonzada, temblando.

— No puedo... levantarme. Me duele.

Leo respiró hondo. Entró sin decir nada, tomó una segunda toalla, me envolvió con delicadeza y me ayudó a ponerme de pie. Nunca me miró de más. Nunca se aprovechó. Solo estuvo ahí. Y eso fue lo peor de todo. Porque esa ternura me dolió más que si me hubiera dicho algo bonito. No provocaba ningún tipo de reacción en su cuerpo. Sé que no tengo el mejor físico del mundo, pero no puedo creer que sea tan horrible para pasar completamente desapercibida para un hombre que me tiene completamente desnuda y sola en casa.

Me llevó hasta la habitación en silencio. Y por primera vez, no supe cómo mirarlo sin sentir que algo dentro de mí se rompía un poco más. Estaba perdiendo cualquier tipo de esperanza que pudiera tener.

Por la tarde intentó animarme.

— Vamos a ensayar. Como la última vez. Tú solo mueve los brazos al ritmo de la música.

— ¿En serio?

—Con los brazos. Sentada. Nada peligroso. Confía.

Puso música — una de mis piezas favoritas — y se sentó frente a mí. Me miró con una sonrisa que parecía retarme.

— Vamos, estrella. Muéstrame qué puedes hacer.

Comencé a mover los brazos, recordando la coreografía. Él imitó mis gestos con exageración, torpemente. Lo hacía a propósito, lo sabía. Me estaba haciendo reír. Y funcionaba.

— ¡Así no es! —le grité entre carcajadas—. ¡Parece que estás espantando palomas!

— ¿Y si soy un cisne atormentado? ¿Un artista en crisis?

— ¡Leo!

Terminé doblada de la risa, con la música de fondo y su risa mezclándose con la mía. No era un ensayo real. Pero era suficiente para no sentirme perdida. Me seguía sintiendo válida en algo.

Cuando terminé, él se acercó, muy cerca. Se arrodilló frente a mí y me tomó las manos.

— Tú no eres solo el hielo, Ariadna. No te olvides de eso.




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