Capitulo 6 - Leo
No me había dado cuenta de lo rápido que me había acostumbrado a su presencia. Era yo el que estaba en su casa, pero era ella la que había invadido cada espacio de mi vida.
Me acostumbré a su risa en las mañanas, incluso cuando el café le salía frío. A su forma de fruncir la nariz cuando leía un mensaje que no le gustaba. A ese ligero olor a lavanda en el pasillo después de que salía del baño cada mañana. No volvió a pedirme ayuda para bañarse y yo no volví a ofrecerme, no después de haber compartido momentos tan íntimos con ella.
Estaba en mi casa. O, mejor dicho, yo estaba en la suya. Pero cada rincón empezaba a sentirse como un terreno compartido. Empezaba a sentirse como un hogar, yo nunca he tenido uno de verdad y Ariadna perdió el suyo hace demasiado tiempo.
Y, aun así, había momentos en los que me sentía más afuera que nunca. Sentía que me apartaba de su vida. Como esa tarde.
Ella estaba en el sofá, con la pierna vendada todavía, pero más animada. El color había vuelto a sus mejillas. Estaba preciosa. Estaba escribiendo algo en el móvil, sonriendo de lado, con ese gesto que solo hacía cuando el mundo a su alrededor desaparecía.
— ¿Algo divertido? —pregunté desde la cocina, intentando sonar casual.
— ¿Hmm? Ah, nada. Nico me mandó un meme de cuando me caí en la pista. Le dije que no era gracioso y me mandó un gif de un pingüino patinando. Muy maduro.
Lo dijo sin pensar. Sin intención. Pero algo dentro de mí se tensó. Debí suponer que Nico se interesaría en ella. La saqué de la pista corriendo y no le permití ir al hospital.
Me serví agua. La bebí. La dejé sobre la encimera. Todo con movimientos mecánicos.
— ¿Estáis hablando mucho últimamente?
— No… bueno, un poco. Está siendo dulce. Quiere venir a verme. Se preocupa por mí.
"Qué considerado", pensé, pero no lo dije. Cualquier palabra que dijera en ese momento habría sonado sarcástica.
En su lugar, asentí. Me obligué a sonreír. Y odié lo fácil que era para ella hablar de él, mientras yo sentía que me ahogaba. Me quemaban las palabras que no podía decirle, y los besos que no podía darle.
Ariadna empezó a moverse mejor los días siguientes. Usaba muletas, caminaba por la casa, incluso intentó cocinarme algo que terminó siendo más una declaración de guerra a la cocina que un desayuno. La tostada estaba quemada, pero hizo un intento de corazón en ella con la mermelada y yo sentí que me derretía junto a la mantequilla.
Pero estaba feliz. Más viva. Con ganas de volver al hielo. Con ganas de vivir. Y también, con Nico. Lo odiaba. Había decidido que odiaba a ese chico.
— Va a venir esta tarde — me dijo mientras me ayudaba a guardar los platos—. Solo un rato. Quería pasar a verme antes de que vuelva a entrenar con su grupo.
— ¿Aquí?
— Sí. ¿Está mal?
— No. Es tu casa.
No añadí “pero yo también estoy aquí”, porque sonaba mezquino. Y, sin embargo, no podía evitarlo. Verla entusiasmarse por otro, cuando dormía a metros de mí, cuando yo había estado ahí cada día, cada noche, cuidándola…Yo fui el que dormí con ella y la calmé de sus pesadillas, la ayudé a bañarse y le preparo el desayuno todos los malditos días. Pero ella prefiere a Nico.
¿En qué momento había dejado de protegerla como la hermana de mi mejor amigo y empezado a amarla como una mujer que no podía tener?
Nico llegó con flores. Y helado de fresa. Ariadna odiaba el helado de fresa, pero era demasiado educada para decirlo. Ella prefería el de chocolate, disfrutaba como una auténtica niña pequeña cada vez que íbamos a la heladería y podía coger un cucurucho de chocolate. Pero eso es algo que Nico no sabe. Por qué Nico no la quiere como yo lo hago.
Por supuesto que sí.
— Ariadna — dijo con esa sonrisa blanca, brillante, sin una preocupación en el mundo—Estás guapísima incluso con muletas. ¿Qué clase de brujería es esa? ¿Has hecho un pacto con el diablo?
Ella se rió, encantadora. Y lo dejó besarle la mejilla.
— Estás exagerando, pero gracias.
Yo observaba desde el marco de la puerta. Invisible. Sobrando. Aunque realmente el que sobraba era Nico.
— Leo —dijo Nico, volviéndose hacia mí—. Qué bien que estés cuidando de ella. Eres encantador.
— Sí. Qué suerte la suya — respondí, con una sonrisa que no me llegó a los ojos.
Nos sentamos. Hablamos. Bueno, ellos hablaron. Yo observaba. Él contaba historias del equipo, hacía bromas, le mostraba videos, la hacía reír. Se notaba que se gustaban. Que había una comodidad fácil entre ellos. Una especie de compatibilidad juvenil que yo no podía replicar. No con mis años de diferencia. Solo tenía veintisiete años, pero ella era una niña todavía. No con mis silencios. No con mis demonios.
Y ahí fue cuando supe que estaba jodido. Ella nunca sería mía, no solo por ser la hermana de mi mejor amigo. No sería mía porque la destrozaría.
Cuando Nico se fue, Ariadna estaba sonriendo. Pero al darse cuenta de que yo no decía nada, su expresión cambió.