Capítulo 7 – Ariadna
Me quedé quieta. Tan quieta que por un instante dudé si aún respiraba.
El beso acababa de terminar, pero sus efectos seguían zumbando en mi cuerpo como una descarga eléctrica que no encontraba salida.
Leo. Su boca. Sus manos apenas en mi cintura. Y luego... Adrián.
Esa imagen — mi hermano, mirándonos desde el umbral, en silencio — quedó grabada en mi mente como una fotografía borrosa, cargada de algo más que palabras no dichas. Fue el peso de una historia entera desmoronándose en segundos. El resultado de tantos años ocultándome.
Cuando Leo salió tras él, yo solo llegué a cerrar la puerta y quedarme de pie, temblando. No quería volver a llorar, no me arrepentía, pero me aterrorizaba que Adrián también me abandonara, como habían hecho todos los demás.
Me tumbé en la cama y cerré los ojos. Pero no encontré descanso.
En lugar de paz, vinieron los recuerdos.
Pequeños fragmentos de una infancia solitaria, de una adolescencia que me costaba mirar de frente.
Siempre había sido "la hermanita de Adrián".
Demasiado callada. Demasiado seria. Demasiado… diferente.
En el colegio, las otras niñas se pasaban notas de colores y hablaban de conciertos y fiestas. Yo leía en los recreos. O me escapaba al gimnasio para practicar pasos nuevos sobre el suelo liso, imaginando que era hielo. El patinaje fue mi única constante. Mi escape. Mi manera de gritarle al mundo que, aunque no encajara en él, aún podía brillar.
Nadie me elegía para los equipos. Nadie me llamaba para cumpleaños. Nadie me preguntaba cómo me sentía.
Pero en la pista… todo era distinto.
Allí no importaba si hablaba poco, si era rara, si mi ropa no estaba de moda. Allí solo era yo y el hielo. Mi cuerpo. Mi control. Mi libertad.
Y él.
Leo, desde siempre, había sido la única excepción. El único que me veía. Me hablaba, me incluía en su vida.
Cuando era adolescente y él venía a casa con Adrián, yo me escondía en la cocina solo para escuchar sus risas. Aprendí a distinguir el sonido de su voz en el pasillo. Me memorizaba las veces que me saludaba. Las veces que me sonreía, al principio sus sonrisas eran falsas, no quería hacerme sentir mal, pero con el paso del tiempo empezó a sonreír de verdad, una sonrisa que salía del alma. Me dormía imaginando cómo sería si, por un segundo, él me mirara como miraba a las chicas en la calle.
Era un amor imposible. Y lo supe desde el principio. Pero los imposibles también duelen.
Así que aprendí a disimular. A mirar a otro lado. A convencerme de que el hielo era suficiente.
Hasta ahora. Hoy todo había cambiado. El beso había sido real. Sus palabras también.
Pero… ¿qué significaba?
¿Era deseo? ¿Confusión? ¿Un impulso por estar cerca durante la tormenta?
¿O… era amor? ¿Podría Leo realmente amarme?
Sentía miedo. Miedo a ilusionarme. Miedo a que me dijera que fue un error. Miedo a que Adrián lo alejara de mí.
No sabía si estaba lista para que todo cambiara. Ahora que por fin había conseguido todo lo que siempre había deseado.
Pasé la tarde entera en mi cuarto. Leo no volvió a tocar la puerta.
Y yo no salí. Quería darles espacio. Ya me enfrentaría a mi hermano cuando mi mente estuviera clara.
No hasta que escuché pasos. Dos pares.
Me asomé al pasillo justo cuando Adrián y Leo regresaban. Venían hablando animadamente, y por primera vez en días escuché a mi hermano reírse con ganas.
Bajé los escalones con cuidado, apoyándome en la barandilla. Cuando Adrián me vio, sonrió con alivio y se acercó a abrazarme con suavidad. No estaba enfadado y no iba a dejarme sola.
Leo le devolvió la sonrisa, aunque yo noté la tensión bajo su gesto. Solo yo sabía lo que se escondía detrás. Me había cuidado bien, me había protegido con todo su ser y se había adueñado de mi alma en solo unos días.
Nos sentamos en el comedor. Adrián se dejó caer en el sillón como si llevara semanas sin sentarse, y empezó a hablar de su viaje sin que nadie se lo preguntara. Él era así: cuando algo le salía bien, necesitaba contarlo todo.
Lo miré, sorprendida. No tenía ni idea.
Leo intervino entonces, más relajado.