Capítulo 8 – Leo
Adrián se fue temprano por la mañana, dejando su café a medio tomar y una promesa en el aire: volvería antes de la competición. Me abrazó con fuerza, con esa confianza que solo tienen los hermanos de sangre o los que la vida convirtió en tales, y se fue sin saber que, en su ausencia, yo ya había cruzado una línea con su hermana. Sin saber que lo había traicionado, no cumplí mi promesa y no me mantuve alejado de Ariadna.
Desde que cerré la puerta tras él, no he dejado de pensar en ese beso.
En cómo me temblaron los dedos cuando la toqué. En cómo se me rompió la voz cuando quise decirle que no debía pasar, aunque ya había pasado. En cómo ella no se apartó. En cómo, por primera vez en años, sentí que estaba exactamente donde quería estar. Por un momento pensé en alejarme, pero ese beso se sentía bien, no parecía ser un error, disfruté de cada segundo hasta que me obligué a apartarla y mirarla. Sus ojos me lo estaban confesando todo, pero me negaba a pronunciar las palabras que quemaban en mis labios.
Pero ahora, con el silencio de la casa extendido como un eco constante, no puedo dejar de preguntarme si estoy haciendo lo correcto. O quizás debería alejarme y devolverle la juventud a Ariadna.
Con los días, Ariadna ha empezado a caminar con más facilidad, aunque todavía cojea y se queja cuando la obligo a usar las muletas. Su terquedad es legendaria, pero la estoy empezando a conocer de cerca: no como la hermana de Adrián, sino como ella misma. Y puedo confesar que estoy todavía más enamorado que antes. Es una mujer increíble y brilla por sí misma.
Las mañanas con ella son mi nueva adicción. Se sienta en la barra mientras le preparo café y pan tostado. Antes reviso algunos correos y me aseguro que todo está marchando bien en la empresa. Siempre pone música, siempre canta bajito. A veces, lleva el pijama arrugado y el pelo enredado, pero se ve preciosa así, sin filtros, sin máscaras. No le hace falta nada más para ser absolutamente increíble.
— ¿Estás seguro de que sabes hacer huevos revueltos? — me preguntó una mañana con una ceja alzada.
— Cariño, manejo una empresa, puedo con unos huevos — le respondí, y su risa llenó la cocina como si acabara de tocar una sinfonía.
No sé en qué momento se volvió natural verla así. Ni en qué instante empecé a desear que se quedara. Quería que estas semanas no pasaran nunca, parar el tiempo para no tener que despedirme de ella otra vez.
Esa noche, pasé por el pasillo y la vi sentada en el sofá, con el móvil iluminando su cara. Sonreía. Escribía rápido. Supe, antes de que ella me dijera nada, que era Nico.
No sé qué me dolió más: que no me lo contara o que lo hiciera tan despreocupadamente. Como si él no fuera una amenaza. Como si yo no estuviera ahí, sintiéndome como un imbécil por enamorarme de la única persona que no debería.
— ¿Hablas con Nico? — le pregunté con un tono demasiado neutro para ser inocente.
Ella asintió sin mirarme, y yo asentí también. Y me fui.
Durante dos días, estuve frío. No sabía cómo manejarlo. No podía exigirle nada, no tenía derecho. Pero dolía. Maldita sea, cómo dolía. Ella intentó hablar conmigo, pero se encontró a un hombre silencioso y frío, el mismo que me obligué a ser en mis años fuera, cuando no la tenía a ella para hacerme sonreír.
Fue en la noche del tercer día, después de la marcha de Adrián, que la escuché gritar. Salí corriendo de mi cuarto como un loco y la encontré en el suelo del pasillo, una pierna estirada y la otra doblada bajo ella.
— ¡¿Estás bien?! —pregunté, arrodillándome a su lado.
— La alfombra — murmuró, frustrada y con los ojos brillando.
La levanté sin pensarlo. Su cuerpo encajó en mis brazos como si estuviera hecho para estar ahí. La llevé al sofá y me arrodillé frente a ella, revisando el tobillo con cuidado.
— No está hinchado — dije, con los dedos aún sobre su piel—. Pero debiste esperarme.
— No quería molestarte —susurró.
Levanté la vista. Sus ojos estaban demasiado cerca. Su boca también.
Y por un segundo, pensé en besarla de nuevo.
Pero no lo hice. Sabía que si lo hacía no habría vuelta atrás.
Solo le acaricié la pierna y me alejé, porque el deseo me estaba ganando demasiado rápido, y yo necesitaba controlar esto… lo que fuera esto.
Al día siguiente decidí llevarla a pasear al parque. No podía más con el encierro, ni con la tensión que flotaba entre nosotros. La senté en el asiento del copiloto, le puse su canción favorita y conduje sin rumbo.
Nos reímos mucho. Hablamos de su infancia, de cómo se refugiaba en el hielo cuando todo lo demás era demasiado. Me contó que nunca se sintió parte de ningún grupo, que se sentía invisible.
Y yo… yo la vi más viva que nunca.
Casi le dije lo que sentía. Tenía la frase en la garganta, en la lengua. Pero justo antes de soltarla, ella mencionó a Nico. Fue un comentario sin importancia, me alegraba que se sintiera parte de un grupo finalmente y que pudiera tener confianza en alguien. Pero me dolía que fuera él. Y me callé.
Esa tarde tenía revisión, por suerte el médico dijo que su recuperación iba bien, aunque aún tenía que evitar hacer esfuerzos. Mientras esperábamos en la sala, Nico apareció.