Bajo El Mismo Techo

Capítulo 9 - Ariadna

Capítulo 9 - Ariadna

No estoy segura de sí fue un sueño o si realmente lo sentí, pero anoche juraría que Leo estuvo en mi habitación. Algo en mi subconsciente se agitó cuando una sombra se detuvo en la puerta, cuando una manta fue acomodada con suavidad sobre mis piernas. Sentí un susurro que no alcancé a entender del todo, pero que se sintió como una caricia directa al pecho. Al despertar, el cuarto olía un poco a él. O quizá era mi deseo filtrándose en la realidad. No había vuelto a dormir conmigo y tampoco volvió a hablar de nuestro beso. Estoy segura de que se arrepiente de nuestro acercamiento, yo no soy la mujer que Leo desea.

He pasado la mañana caminando lo justo, recuperando movilidad en la pierna. Todavía tengo que usar la venda, y Leo insiste en que no me precipite. El médico dijo que podré volver al hielo muy pronto si todo sigue igual, pero tengo miedo. De lesionarme otra vez. De no volver a estar a la altura. De que todo este sueño termine como el resto de mis planes: a medio construir.

Nico me ha estado escribiendo. Me manda memes absurdos, videos de patinadores rusos y consejos de ejercicios que podría hacer desde casa. A veces me manda selfies con filtros ridículos solo para hacerme reír. Sabe que me siento mal, lo percibe a distancia. Me conoce bien. Y aunque es gay y siempre ha sido mi cómplice en la pista, sé que Leo no puede evitar tensarse cuando ve su nombre parpadear en la pantalla de mi teléfono. Eso me gusta más de lo que debería, al menos sé que no es indiferente. Podría confesarle que Nico no supone ningún peligro y que me ha estado presionando para que le cuente lo bien que besa Leo, a él también le parece el hombre más sexy que ha visto. Pero prefiero guardar mi pequeño secreto por el momento.

Esta mañana, cuando Leo pasó por el pasillo y vio que sonreía al ver un mensaje de Nico, frunció el ceño como si intentara no hacerlo. Fingimos que nada pasa, que somos amigos. Pero desde aquel beso todo cambió. O al menos, para mí lo hizo. Por qué ahora lo deseo más que nunca.

Frente al espejo, me quito la camiseta que uso para dormir. El vendaje cubre parte de mi muslo, pero no puedo evitar mirarme entera. La piel marcada, los muslos que me parecían demasiado anchos cuando tenía catorce años, el pecho pequeño, la cintura que nunca fue como la de las otras chicas del club. Me aferro al lavabo y respiro.

Recuerdo aquella vez en el vestuario del club, cuando tres niñas se burlaron de mi cuerpo. Dijeron que parecía "inflada", que mi uniforme me quedaba apretado. No comí durante tres días. Nadie lo supo. Ni Adrián. Ni mi madre. Ni Leo. Me escondía en el baño y fingía que había almorzado antes. Patinar me salvó de muchas cosas, pero también me exigió demasiado.

Hoy, en este espejo, veo cicatrices invisibles. Y a pesar de todo, también veo fuerza. Conseguí salir de todo eso hasta convertirme en la persona que soy hoy. Quizás no soy la mejor, ni la más fuerte, pero me he construido desde cero yo misma.

Leo está en la cocina cuando salgo. Lleva una camiseta negra y está preparando algo que huele a canela.

— Hice tostadas francesas — dice sin mirarme —. Y café, por si necesitas estar más despierta que yo.

Nos reímos. Me siento a la mesa, y durante unos minutos, fingimos que todo está bien. Me sirve el desayuno como si fuera un ritual. Habla de negocios, de una videollamada con Adrián, del nuevo trato que podría firmarse pronto. Yo finjo que escucho. Pero todo en mí está pendiente de él. De sus manos. De sus ojos esquivos.

Me armo de valor.

— Leo...

Me mira. Apenas. Pero sé que está atento.

— ¿Por qué me besaste?

Traga saliva. Deja el tenedor sobre el plato.

— No lo sé.

— Eso no es una respuesta.

Suspira. Mira a la ventana.

— No fue planificado. No fue justo. Y.… tal vez no debí hacerlo.

— Entonces ¿te arrepientes?

Se queda callado. Mi corazón se contrae. Me levanto.

— Sabes... No necesito que me protejas. Ni que me beses por compasión.

— Ariadna, no es eso...

— Entonces dime qué es.

Y no lo hace. Porque no puede. Porque tiene miedo. Porque hay algo más grande que nosotros: mi hermano. Su socio. El pasado. La culpa. El "no debería". Lo prohibido.

Subo a mi habitación sin mirarlo. Contengo las lágrimas en mis ojos. Ahora que sé lo que es besarlo no puedo soportarlo.

Cae la tarde. Estoy acostada de lado, mirando al techo. Cuando la puerta se abre, no me giro.

— No quiero hablar — digo, pero no suena firme.

Leo entra igual. Se sienta al borde de la cama.

— Yo sí.

El silencio entre nosotros es grueso. Casi duele.

— Me gustas desde hace años, Ariadna. Pero eras... eres intocable. Eres la hermana de Adrián. Eres jodidamente brillante. Y yo estoy roto.

Me siento. Lo miro. Él también.

— No estás roto.

— Tal vez no. Pero tengo miedo. De arruinarlo todo. De arruinarte. Mi infancia fue un desastre y jamás vi amor en mis padres, no sé lo que es ver a dos personas que se aman de verdad.




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