Capítulo 10 – Leo
Desde el beso, todo es diferente. No porque haya cambiado algo entre nosotros —al menos no oficialmente—, sino porque Ariadna ya no me mira como antes. No se queda sola conmigo. No me provoca con sus sonrisas tímidas ni me lanza miradas fugaces. Está... contenida. Como si hubiera retrocedido mil pasos de golpe. Y yo estoy atrapado en este limbo, entre querer abrazarla y no atreverme ni a rozarla. Porque si la toco de nuevo sé que no me podré contener.
Lo peor es que lo entiendo. El mensaje de Adrián, la culpa en sus ojos, la forma en que se apartó después del beso… No se necesita ser un genio para saber que ella siente que está traicionando a su hermano. Y la entiendo. Pero también me destruye. También siento que estoy traicionando a una de las personas más importantes de mi vida.
Intento perderme en el trabajo. Adrián y yo estamos avanzando con la expansión de nuestra empresa, cerrando acuerdos con una cadena de gimnasios que quiere implementar tecnología personalizada en sus rutinas. Debería estar emocionado, enfocado… pero mi mente está en otra parte.
En ella. En cómo camina descalza por casa. En su voz cuando se ríe de mis chistes tontos. En el beso que no puedo borrar y quiero repetir una y otra vez.
A veces me sorprendo revisando fotos antiguas, cuando ella tenía catorce y yo veintiuno. La hermanita de mi mejor amigo. Nunca pensé que pudiera pasar esto. Nunca pensé que me dolería tanto no poder besarla de nuevo. No sé en qué momento pasó, quizás llevaba enamorado de su alma toda la vida y no lo sabía.
Salimos esa tarde porque necesitaba una venda especial y algunas cosas para su tobillo. Estaba mejorando y finalmente mañana podría volver a ensayar con normalidad. En el camino, Ariadna está más habladora, como si intentara olvidar lo que ocurrió. Y yo juego a seguirle el ritmo, aunque cada palabra que dice me empuja más a querer decirle la verdad. Que estoy perdidamente enamorado de ella.
— ¿Recuerdas a Celeste? —me pregunta de pronto, justo cuando estaciono frente a la farmacia.
Al principio no entiendo. Hasta que la veo. Una rubia embarazada, radiante, cruzando la calle. Se para justo delante de nosotros con una sonrisa encantadora. Sino hubiera sido por Ariadna ni si quiera la habría recordado.
No me molesté en negarlo y Ariadna tampoco lo hizo. No me importaba que creyera que estaba con Ari, porque realmente ese era mi deseo. La charla fue corta. Notaba la incomodidad de Ariadna así que decidí despedir a Celeste rápidamente. Cuando volvimos a estar solos, las palabras cortantes de Ari volvieron a la carga.
— Saliste con ella en el instituto — dice Ariadna sin mirarme—. Era porrista.
Me río.
— Sí. Pero duramos poco. Creo que le gustaba más que fuera el capitán del equipo que yo mismo.
— Ella te besó el día de tu cumpleaños, en la fiesta en casa de Adrián.
La miro sorprendido. No sabía que Ariadna se acordaba de eso. Ni siquiera sabía que estaba allí esa noche. Es posible que bebiera más de lo normal ese día.
— No era un buen beso — bromeo, intentando aligerar el ambiente. Pero Ariadna no ríe. Mira hacia un lado y se muerde el labio. Algo en su gesto me estremece. ¿Está celosa?
Entra a la farmacia sola y yo me quedo afuera, viendo a Celeste alejarse mientras toca su vientre. Jamás la amé. Lo sé ahora. Porque lo que siento por Ariadna no tiene comparación.
Esa noche, camino por el pasillo y escucho su voz desde la habitación. Está hablando por teléfono. Me detengo sin querer hacerlo. Su tono es suave, casi vulnerable.
— No sé qué me está pasando, Nico. Siento que cada día me enamoro más y… me asusta. Porque no sé si es real, o si solo quiero que lo sea.
Siento que me falta el aire. ¿Está hablando de Nico? ¿Está enamorada de él? ¿Por eso se aleja de mí? No tiene sentido, veo el deseo en su mirada cada vez que estamos a solas.
Me voy a mi cuarto con el estómago revuelto y la garganta cerrada. De repente todo pierde sentido. Quizá el beso fue un error. O peor: una confusión. Quizás Ariadna nunca sienta lo mismo que yo.
Al día siguiente preparo su cena favorita: pasta con salsa cremosa de espinacas, pan tostado con ajo, y una copa de vino rosado. Cuando baja a la cocina, la ve servida y me mira con los ojos muy abiertos. Quería hacer las cosas bien. Cociné pasta, abrí una botella de vino, puse música de fondo. Ella apareció en la cocina con un vestido suelto, el cabello recogido en una trenza desordenada. Estaba preciosa.
— ¿Qué es esto?
— Un intento desesperado por redimirme — le digo con una sonrisa torcida.
— ¿Una cita? —preguntó divertida.
— No si no quieres —respondí.
— Y si quiero… ¿qué pasaría?
Durante la cena algo cambia. Volvemos a hablar con naturalidad. Me cuenta cosas de su infancia, de su primer par de patines, de cómo dormía con ellos bajo la almohada porque fui yo quien se los regalé. Yo le cuento como rompí mi primer contrato porque no quería perderme el cumpleaños de Adrián, y también la echaba muchísimo de menos. Aunque eso no se lo dije.