Bajo El Mismo Techo

Capítulo 11 — Ariadna

Capítulo 11 — Ariadna

Abrí los ojos lentamente, todavía entre la bruma cálida del sueño y la realidad. Sentí el peso de Leo a mi lado, su cuerpo relajado, su respiración pausada contra mi cuello. La luz de la mañana se colaba por la ventana, dibujando líneas doradas que acariciaban su piel. Por un momento, todo estuvo en calma, y pude pensar que tal vez, solo tal vez, había encontrado un lugar donde encajaba.

Pero entonces, el recuerdo de Adrián me golpeó con fuerza. ¿Qué pensaría él si supiera que Leo y yo habíamos cruzado esa línea? ¿Y si esto solo era un error? Mi pecho se apretó y una mezcla de miedo y culpa me invadió. El mío de que nada fuera real, de despertar de este sueño y también de esta pesadilla.

Me aparté con cuidado para no despertarlo y me senté en el borde de la cama. Miré mis manos, todavía temblorosas. ¿Cómo había pasado esto? ¿Cuándo dejé de ser la chica que solo soñaba con patinar para convertirme en alguien capaz de amar y ser amada?

Leo despertó, frotándose los ojos, y sonrió al verme allí, tan vulnerable.

— ¿Estás bien? — preguntó con voz ronca.

— Sí — respondí, forzando una sonrisa—. Solo... pensando.

Él se sentó a mi lado y tomó mi mano.

—No tienes que pensar sola, Ari. Estoy aquí. Siempre estaré para ti. No me arrepiento de nada, ¿de acuerdo?

Asentí. Pero mis dudas no se disiparon. Bajamos a la cocina, donde Leo ya estaba preparando café y tostadas. Era increíble cómo podía hacer que todo pareciera normal cuando sentía que mi mundo se desmoronaba. Todavía no tenía la seguridad en mí misma, no tenía un futuro claro y no sabía que deseaba hacer realmente con mi vida.

— ¿Quieres que te prepare huevos? — me preguntó, mirándome con esos ojos que parecían ver a través de mí.

— No, gracias. Solo con café está bien.

Nos sentamos a la mesa, y el silencio se volvió incómodo, como si una pared invisible nos separara. Intentaba encontrar las palabras para hablar de lo que había pasado, pero el miedo me bloqueaba.

En ese momento sonó mi teléfono. Era Nico. Respondí mientras me alejaba hasta mi habitación.

— ¿Hola? —contesté, tratando de sonar despreocupada.

— ¿Estás bien? — su voz era suave, preocupada—. Te noto tensa.

Suspiré.

— Ha pasado algo... con Leo.

Él no preguntó más. Solo me escuchó mientras le contaba a medias, sin revelar detalles.

— Cuando el amor se mezcla con la culpa, se vuelve más difícil, no más verdadero —me dijo, y esa frase caló hondo en mí.

— ¿Crees que Leo está realmente enamorado? — pregunté, casi en un susurro.

—Creo que sí, creo que está más enamorado de ti de lo que estás tú de él. —respondió—Y eso, amiga, ya es mucho decir.

Después de colgar, fui a buscar algo en la habitación y encontré una caja con viejos recuerdos. Dentro había una foto del primer día que fui a patinar. Ahí estaba Adrián y también mamá y papá. Me senté en el suelo y dejé que los recuerdos me invadieran. Mi primera clase, mi primera competición, cada una de mis caídas…

Recordé a esas niñas de la escuela, sus risas crueles, sus palabras hirientes sobre mi cuerpo. Cómo me sentí pequeña, fea, insuficiente. Recuerdo haber dejado de comer tres días, pensando que si cambiaba podría ser aceptada. Pero el patinaje fue mi refugio, mi único lugar seguro. Pero también fue mi cárcel durante algunos momentos.

Sentí una mezcla de tristeza y orgullo. Había sobrevivido, y aquí estaba, todavía luchando.

Leo me llamó para ir a la pista, quería distraerme. Llegamos al hielo y nos sentamos en las gradas vacías. Mañana podría volver a entrar en la pista, pero necesitaba volver antes de que la realidad me golpeara de nuevo.

— Esto no es lo que esperaba — dije, mirando el reflejo de las luces en el hielo—. Todo está tan frío, tan silencioso.

— A veces el silencio es necesario —respondió él—. Para escuchar lo que realmente sentimos.

Lo miré fijamente.

— ¿Y tú? ¿Qué sientes, Leo?

— Cansancio. Ganas de algo real. Pero también miedo. Pánico a no ser suficiente. No lo fui para mantener a mis padres unidos.

— ¿Miedo de qué? — pregunté, acercándome un poco más.

— De perderte. De no ser lo que necesitas. De robarte la libertad y la juventud que nunca recuperarás.

Mi corazón se aceleró.

— ¿Lo nuestro fue real o solo una distracción?

Él me miró, dolor y ternura en sus ojos. Pero no respondió.

Lágrimas rodaron por mis mejillas mientras me levantaba.

— Necesito un momento.

Cuando me marché escuché como respondía, pero no se atrevía a dar un paso adelante y enfrentar todo lo que estábamos sintiendo.

  • Es lo más real que he sentido nunca. ¾ lo escuché susurrar.

Salí al pasillo y traté de controlar mi respiración. Justo entonces sonó mi teléfono. Era Adrián.




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