Bajo El Mismo Techo

Capítulo 12 — Leo

Capítulo 12 — Leo

La tarde se deslizaba lentamente entre sombras doradas cuando la encontré en la cocina, intentando preparar café con las manos un poco temblorosas. El silencio entre nosotros pesaba más que cualquier palabra no dicha, y sentí cómo la tensión acumulada se clavaba en mi pecho.

— ¿Todo bien? — pregunté, intentando que mi voz sonara casual, pero ella solo me devolvió una sonrisa débil.

  • Por favor, Ari, vamos a hablar. ¾ le supliqué.

Nos miramos, y en ese instante supe que ya no podíamos seguir evitando lo que había estado latente desde aquel beso robado. Nos sentamos frente a frente en el sofá, las manos entrelazadas, mirándonos a los ojos sin miedo a lo que podíamos encontrar. El silencio entre nosotros no era incómodo, sino cargado de todo lo que no habíamos dicho hasta ese momento.

—Ari —empecé, sintiendo cómo el nudo en mi garganta se hacía más fuerte—, nunca pensé que esto fuera a pasar. Que tú… que nosotros…

Ella me interrumpió suavemente con una sonrisa triste. Pero no la dejé continuar, necesitaba decir todo lo que llevaba años negando.

—Pero aquí estamos, y creo que ninguno de los dos puede negarlo más. Llevamos demasiados años callando esto, todavía no soy capaz de pronunciar lo que siento, pero sé que eres tú.

Bajó la mirada, insegura. Temblorosa.

—Tengo miedo. Miedo de no ser suficiente para ti, de que te canses, de que esto solo sea un capricho. No quiero ser una más en tu vida.

Apreté sus manos con suavidad.

—Nunca voy a cansarme de ti — dije con una sinceridad que me atravesó—. Pero también tengo miedo, Ari. Miedo a arruinar lo que tengo con Adrián, a hacerte daño, a equivocarme. No quiero arruinarte la vida, eres demasiado joven.

Suspiró, sintiendo que por fin podía abrirse sin máscaras. Solo nosotros.

—¿Y si esto no es suficiente? ¿Y si después de mi hermano esto se rompe? ¿Y si no funciona?

La miré fijamente, buscando las palabras correctas.

—No lo sé. Pero sí sé que no quiero vivir en la duda ni en el miedo. Quiero disfrutar de cada momento contigo, sin pensar en lo que puede pasar o no. Por primera vez quiero jugármela.

Tomó aire profundo y asintió.

—¿Entonces qué hacemos?

—Vivamos el ahora —respondí—. Disfrutemos lo que tenemos hasta tu competición. Sin promesas, sin planes, sin presiones. Solo nosotros. Después decidiremos si se lo contamos a Adrián o si no somos tan buenos como imaginamos juntos.

Una sonrisa tímida asomó en sus labios. Pero esas palabras me dolieron, claro que éramos buenos juntos. Los mejores. Pero si veía la más mínima duda en Ariadna, me iría.

— Me gusta ese pacto.

Nos acercamos lentamente, el miedo dejando paso a la esperanza. Fue un acuerdo silencioso, un compromiso de confianza que nos envolvía y nos liberaba a la vez.

— Entonces —susurré—, vamos a hacerlo bien. Con cuidado, con verdad. Sin miedos. Sin mentiras.

Asintió, y sentí que, por primera vez, podía dejarme llevar sin temor.

Y en ese instante, el mundo se redujo a nosotros, a nuestro pacto, y al latido sincero de dos corazones que se atrevían a amar.

Nos quedamos en silencio unos segundos, mirándonos, sintiendo cada latido. Y entonces, sin prisa, pero sin dudas, la besé. Fue un beso dulce, profundo, cargado de todo lo que habíamos callado.

  • Antes tengo que confesarte algo.
  • Lo que quieras Ari, confía en mí.
  • Verás…Nico y yo, todo era mentira. Me ha estado ayudando para darte celos.

Al escuchar su nombre me enfadé, no tenía hueco en nuestra vida y en nuestra conversación, pero después de saber el trato que hicieron, las verdaderas intenciones de Nico y todo lo demás. Solo pude reírme y admirar a la mujer que tenía delante, ella haría cualquier cosa por llamar mi atención. Lo que no sabe es que hace cinco años entró en mi mente y desde entonces no he podido dejar de pensar en ella.

Volví a besarla sin dudar. Ya no sentía miedo. Nos levantamos hasta que llegamos a su habitación, había entrado y dormido allí muchas veces, pero ahora se sentía diferente. No dejé sus labios en ningún momento, la necesitaba cerca de mí. El ambiente era suave, la luz tenue filtrándose por la ventana y pintando sombras cálidas en las paredes. La respiración de Ariadna era un susurro contra mi piel mientras la tomaba con cuidado, como si fuera la cosa más preciosa y frágil que había en el mundo. Sus ojos grandes y vulnerables me miraban con una mezcla de curiosidad y confianza, y sentí un nudo en el pecho que me decía que nada podía salir mal.

— Leo... — murmuró apenas —. Quiero que seas tú... el primero y el único.

La sinceridad de esa confesión me golpeó con fuerza. Nunca había estado con nadie, y ese “ser primero” tenía un peso sagrado que no estaba dispuesto a romper con torpeza. La acerqué más, mis manos recorriendo lentamente su espalda, explorando con ternura, sin prisa. Estaba asustado, iba a quitarle la pureza que tenía, iba a marcarla y hacerla mía para que nadie más pudiera tocarla, no quería que nadie más lo hiciera.




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