Capitulo 13 - Ariadna
Nunca imaginé que una simple conversación pudiera cambiarlo todo. Estábamos sentados en el sofá, apenas iluminados por la luz suave que entraba por la ventana, y sentía que el corazón me latía a mil por hora. Leo estaba frente a mí, con esa expresión seria pero cálida que me desarmaba.
— Ariadna — empezó, su voz temblando un poco —. Tengo que ser honesto contigo. No puedo seguir fingiendo que no siento lo que siento.
Mi respiración se detuvo por un segundo. ¿Era posible que él sintiera lo mismo? ¿Que todo ese tiempo, esos momentos robados, no fueran solo producto de mi imaginación?
— Leo... —mi voz salió casi en un susurro — ¿Qué quieres decir?
Sus ojos buscaron los míos con una mezcla de miedo y esperanza.
— Estoy enamorado de ti. Desde siempre, en silencio. Pero verte, tenerte cerca… ya no puedo callarlo.
Sentí un calor dulce que me invadía, y a la vez, una punzada de miedo que me recordaba todas mis dudas, todas mis inseguridades.
— Yo… también te quiero — confesé, dejando caer la barrera que había construido—. Pero tengo miedo. Miedo de no ser suficiente para ti, de que esto se rompa por todo lo que hay alrededor.
Leo tomó mis manos entre las suyas, sus dedos apretándolas con ternura.
— No quiero que tengamos miedo —dijo—. Quiero que vivamos lo que sentimos, sin pensar en el después. Solo el ahora.
Sentí que sus palabras me daban fuerza, que, en esa incertidumbre compartida, había un refugio.
Nos miramos, y sin necesidad de más palabras, nos acercamos. Su beso fue suave, primero, como una promesa. Luego, más intenso, lleno de deseo contenido y verdad. Era como si todo lo que habíamos guardado explotara en ese instante.
Cuando nos separamos un poco, respirando juntos, susurré:
— Quiero que seas mi primero, Leo. Que seas el único.
Él me miró con esa mezcla de sorpresa y ternura que me hizo sentir la chica más especial del mundo.
— Haré que sea perfecto para ti —prometió—. Con cuidado, sin prisa.
Nos desvestimos lentamente, cada gesto lleno de respeto y delicadeza. Sentí cómo su piel tocaba la mía con reverencia, y cómo mis miedos se disolvían en la calidez de su abrazo.
En cada caricia descubríamos nuevos caminos, en cada suspiro, nuevas certezas. No era solo un encuentro físico, era un bautismo de confianza, un regalo compartido.
Hubo momentos de duda, de risas nerviosas, de miradas cómplices. Pero, sobre todo, hubo amor. Un amor tierno y apasionado, que nos unía más allá de las palabras.
Cuando finalmente nos fundimos en un abrazo que parecía eterno, supe que nada volvería a ser igual. Estaba con él, con Leo, y eso era suficiente.
Después, nos quedamos recostados, estaba entre sus brazos, mi cabeza apoyada en su pecho, escuchando el latido de su corazón, como si fuera mi refugio.
Al día siguiente, la luz de la mañana se colaba tímidamente por la ventana cuando abrí los ojos. La sensación de estar envuelta en un abrazo cálido me hizo sonreír sin querer. Leo dormía a mi lado, su respiración profunda y constante me parecía música.
Me quedé allí un rato, mirando su rostro tranquilo, tratando de memorizar cada detalle: la curva de su mandíbula, las pestañas que rozaban sus mejillas, la manera en que su cabello caía desordenado sobre la almohada. No podía creer que esa cercanía, esa intimidad que siempre había soñado, ahora fuera real.
Pero junto a esa felicidad, apareció un hilo de inseguridad. ¿Sería suficiente para él? ¿Podría yo ser lo que él necesitaba, más allá de esta noche perfecta?
Me giré para no despertarlo y me levanté despacio. Caminé hacia la ventana y miré la ciudad que comenzaba a despertar. El día prometía ser largo, y con él, las decisiones que no podía seguir posponiendo.
Mientras me preparaba para enfrentar el mundo, me prometí que iba a luchar por esto. Por nosotros. Por mis sueños, sí, pero también por ese amor que comenzaba a florecer, aunque fuera frágil y nuevo.
Pensé en el pacto que hicimos: disfrutar el presente sin promesas, sin presiones, y eso me dio un poco de paz.
Más tarde, mientras desayunábamos, Leo me hizo reír con sus bromas torpes y sus gestos cariñosos. Esa risa compartida me recordó que no estaba sola, que podía permitirme confiar. Entre besos, bromas y risas estaba feliz y era realmente libre, no tenía que mentir para gustarle, me quería tal y como era.
Pero también sentí cómo el miedo a perderlo seguía ahí, latente, esperando un descuido.
Y entonces, apareció esa voz en mi cabeza que siempre había intentado silenciar: la de mis inseguridades, mis miedos, mis dudas.
¿Y si todo esto se terminaba antes de empezar? ¿Y si el amor no era suficiente?
No quería pensar en eso ahora. Quería vivir el momento, con toda la intensidad que me fuera posible.
Y así, con el corazón dividido entre el miedo y la esperanza, me sumergí en este nuevo capítulo, dispuesta a descubrir si el amor podía ser mi fuerza, o solo una dulce ilusión.